50-90 d.C. (= 2026-2066 d.C.) Cuarenta años para refundar la iglesia

50-90 d.C. (= 2026-2066 d.C.) Cuarenta años para refundar la iglesia

Son años que debemos tomar “simbólicamente”, tanto los antiguos (del 50 al 90 d.C, primera misión independiente de Pablo, con su primera Carta, 1 Tes, hasta la redaccón Efesios y Mateo, de Lucas y primera versión de Juan), como los actuales (del 2026 al 2066…).

  Al comienzo de la Iglesia hubo /(del 50 al 90 d.C.)) una intensa experiencia de Jesús, de varias formas en varios caminos, con una intensísima experiencia de comunión entre las iglesia. Fueron los 40 años fundaciones…. Hacia ael 90 d.C, las iglesias estaban ya básicamente establecidas.

 Ahora, desde este año 2026… parece abrirse un nuevo período constituyente, con uno 40 años que ser.an fundamentes… O se recrean de raíz las iglesias… o la semilla del evangelio de Dios en Jesús se secará en la tierra.

  No puedo trazar caminos de futuro, pero puedo recordar los del pasado… como vengo haciendo en algunos de mis libros.

Año 49/50 d.C. Concilio de Jerusalén…  Faltan al parecer los fundamentos (Magdalena, la madre de Jesús…). Pero hay tres varones que asumen la tarea y camino de Jesús: Pablo, Pedro y Santiago, hermano de Jesús. Ellos están en la raíz de nuestras iglesias conciliares de varones, hasta hoy año 2026

A los tres años de su «conversión» (cf. Gal 1, 18), en torno al 35 d.C., Pablo vino a Jerusalén, como él dice, para hablar básicamente con Pedro, añadiendo que no vio a ningún otro de los apóstoles, que, por comparación con 1 Cor 15, 5-7 pueden ser los Doce o los primeros helenistas (que no estarían ya en Jerusalén), para advertir después, como de pasada, que vio también a Santiago, el hermano del Señor. Este pasaje supone que Pablo tiene algo en común con Pedro, con quien ha venido a conversar directamente, pero también con Santiago, a quienes visita, dialogando con uno y con otro sobre la manera entender a Jesús y de edificar la Iglesia, en la que ellos aparecen, en esta perspectiva, como primeros líderes[1].

Aquí aparecen ya los tres «líderes varones» (valga esa expresión) del cristianismo antiguo, que marcan la primera generación de cristianos. Es evidente que ellos representan experiencias distintas (pero no excluyentes) de Jesús, al que cada uno ha conocido y entiende desde su propia perspectiva: uno como discípulo directo, que ha convivido con él durante el tiempo de su vida pública (Pedro), otro como hermano, que le ha conocido en familia, viviendo en su propia casa, aunque no haya creído en él (Santiago), otro como antiguo perseguidor de los cristianos (Pablo).

 

Pedro, Santiago y Juan habían formado parte del grupo más antiguo de los Doce, acompañando de un modo especial a Jesús en Galilea. Así les hallamos en los sinópticos, a veces solos (cf. Mc 5, 37; 9, 1; 13, 2 par) y otras veces acompañados por Andrés, hermano de Pedro (formando así un grupo de cuatro: cf. Mc 1, 19; 13, 3 par). Es evidente que esos tres (o cuatro) tuvieron un tipo de liderazgo en la primera comunidad (de Juan Zebedeo se sigue hablando todavía en el «concilio de Jerusalén», el año 49 d.C.; cf. Gal 2, 9).

Estos tres (a quienes se vincula a veces Andrés, hermano de Pedro) aparecen con frecuencia en las tradiciones de Marcos, vinculados a los Doce, pero con una cierta independencia y protagonismo. Es evidente que ellos aparecen como portadores privilegiados de la tradición evangélica, en los quince primeros años de la Iglesia (hasta la muerte de Agripa). Ellos actúan, según eso, como transmisores de la experiencia eclesial. La imagen que ofrecen de ellos los sinópticos parece reflejar lo que ellos han hecho (y han querido hacer) en el comienzo de la Iglesia.

En este fondo puede y debe recuperarse la historia de Marcos… Pues bien, entre aquel primer triunvirato, formado por Pedro y los dos zebedeos, que terminó con el ajusticiamiento de Santiago Zebedeo en los años 41/44 d.C., y el segundo triunvirato de Pedro y Juan Zebedeo con el otro Santiago (Hermano del Señor), en el «concilio» del año 49 (cf. Gal 2, 9), se ha dado en Jerusalén (y en el resto del cristianismo) una profunda transformación, como evocaremos destacando algunas referencias fundamentales.

En ese momento del concilio permanece Pedro, aunque no se le cita ya como el primero y a su lado sigue estando Juan Zebedeo, que después desaparece de la memoria de la Iglesia (Gal 1, 9; cf. Hech 15, 13), a no ser que le vinculemos con el Discípulo Amado del evangelio de Juan). Como autoridad fundamental emerge Santiago, pero no el Zebedeo ajusticiado (Hch 12, 2), que era uno de los Doce, al lado de Pedro y de Juan, sino el hermano de Señor. Frente a Santiago emerge Pablo, que se presenta a sí mismo en Gal 2, 1-10, como inspirador de esta reunión (o de otra muy semejante) y que aparecerá después como referencia obligada del futuro cristianismo, en varias de sus vertientes.      

Parece que termina así el proyecto primero, vinculado a Pedro y a la Doce, y en su lugar destacan, por un lado, Pedro y Juan, por otro está Pablo y finalmente, de un modo especial, está Santiago, el hermano del Señor. Ellos aparecen como representantes e impulsores básicos del proyecto de Jesús, sin que se cite ya a las mujeres, ni al resto de los Doce, ni a los galileos.

 Como sucede en muchos casos, los portadores del primer proyecto, los protagonistas del principio, desaparecen, no por fracaso, sino porque han cumplido su misión carismática. Han iluminado por un tiempo la vida de la Iglesia, pero después deja paso a nuevos protagonistas, que suelen ser menos carismáticos. Éstos son los datos básicos de ese momento[2]

Queda Pedro… en camino, coo Pablo

Tuvo que salir de Jerusalén en torno al año 41, porque no formaba parte del grupo de Santiago el hermano del Señor, sino que estaba más vinculado a Santiago Zebedeo a quien mataron (Hech 12, 1-2) y porque su forma de entender el proyecto de Jesús resultaba peligrosa para cierto judaísmo saduceo (cf. Hch 12, 1-18). Tuvo que salir, pero mantuvo el recuerdo de Jesús y promovió el crecimiento de las iglesias del entorno de Judea, garantizando con su presencia el valor de los nuevos caminos cristianos, en una línea cercana a los helenistas. Ya en un tiempo anterior pudo haber viajado entre Jerusalén y Galilea, promoviendo la memoria de Jesus en los dos lugares fundantes del movimiento cristiano. Ahora tiene que dejar Jerusalén, al menos por un tiempo. ¿Dónde ha ido?

El libro de los Hechos dice simplemente que fue «a otro lugar» (12, 17), que podría relacionarse con su misión en las ciudades de la costa de Palestina (a la que alude Hch 9-11), pues su presencia en Antioquía parece posterior (cf. Gal 2, 11). Posiblemente ha seguido relacionado a Galilea, pues allí se ha mantenido el recuerdo de su casa de Cafarnaum, que puede evocar su misión postpascual en el entorno del lago donde Jesús había realizado su misión (cf. Mc 1, 29). De todas maneras, es posible que tras la muerte de Agripa (el 44 d.C.) Pedro haya podido volver a Jerusalén, aunque ya no sea la figura dominante de la comunidad, presidida de hecho por Santiago, el hermano del Señor.

Resulta muy significativa su vinculación a Juan Zebedeo, con quien aparece vinculado como “una de las columnas” de la Iglesia, en un triunvirato formado por Santiago, Pedro y Juan (el año 49 d.C., en el Concilio). Después de ese año a Pedro le encontramos en Antioquía (cf. Gal 2, 11-14); de Juan ya no sabemos nada.

Emerge Pablo desde Antioquía,

 iniciando allí (como profeta y delegado de esa Iglesia, en compañía Bernabé: cf. Hch 13, 1-3) una misión abierta a los gentiles, desligada de la Ley nacional del judaísmo. En este momento, él actúa como «apóstol» de la Iglesia de Antioquía, que así aparece como centro de la nueva misión helenista cristiana, que se abre desde Siria hacia Chipre y el sur de Asia Menor (Panfilia, Psidia y Licaonia). Como hemos visto en el capítulo anterior, doscientos años antes (hacia el 175 a.C.), la ciudad de Antioquía, metrópoli helenista del rey Antíoco de Siria, quiso transformar el status social y religioso de Jerusalén, haciendo que los judíos de la capital se volvieran «antioquenos», disolviendo así su novedad israelita en la universalidad del helenismo.

La vieja Jerusalén había resistido al embate de Antioquía (del rey Antíoco) y ahora, tras doscientos años, unos judíos mesiánico venidos de Jerusalén descubren y despliegan en Antioquía su novedad religiosa, llamándose (o dejándose llamar) por ver primera «cristianos» (cf. Hch 11, 26). Así comienza, desde la metrópoli de la Alta Siria, por medio de Pablo y Bernabé (y de otros misiones cuyo nombre ignoramos), la gran misión a los gentiles, que participan, por Jesús, de las promesas y esperanzas del judaísmo cristiano sin tener que circuncidarse, es decir, sin formar parte del judaísmo nacional (cf. Hch 13-14).

3. Santiago crea su iglesia en Jerusalén.

El hermano del Señor pudo haber tenido su propia teología (su visión del judaísmo) antes de la muerte de Jesús, de quien se distinguió por talante y teología. Pero en un momento dado, tras la muerte de Jesús, le ha «visto» (1 Cor 15, 7), reinterpretando de esa forma no sólo su propia teología, sino la de su hermano, desde la perspectiva de la santidad de Jerusalén, donde ha instalado su iglesia, como representante de un judaísmo mesiánico, de carácter sagrado que, por ahora, no parece peligroso para los sacerdotes del templo. En eso se distingue del otro Santiago, el Zebedeo, a quien el rey mandó matar como a peligroso, y también de Pedro.

Da la impresión de que Santiago interpreta a Jesús, su hermano, como un Mesías básicamente judío e instaura su Iglesia a modo de comunidad mesiánica de «pobres», cumplidores de una Ley más rigurosa, de una justicia que es mayor que la justicia de los escribas y fariseos, como ratifica de manera programática Mt 5, 20, que recoge esta visión eclesial de Santiago y de su grupo. Pablo se opondrá al deseo de aquellos que quieran «exportar» esa Iglesia de Santiago e imponer su judeo-cristianismo en comunidades de origen pagano, pero nunca negará la autoridad de Santiago, ni el valor de su visión eclesial, que ha quedado en parte recogida en el evangelio de Mateo.

Seguimos teniendo, por tanto, dos «iglesias claras», una de Santiago y otra de los helenistas de Pablo, con un espacio más difuso en el que pueden encontrarse otros grupos, más vinculados a Pedro (y quizá a los galileos). Surgen así Iglesias distintas y hasta opuestas, pero no contradictorias. Son comunidades “completas” (capaces de anunciar y preparar la venida de Jesús, a quien todos esperan), pero desde una perspectiva posterior falta en todas ellas algo que hoy nos parece esencial: una visión de conjunto de Jesús, unas narraciones fundadores (que se desarrollarán después en los evangelios). Esas iglesias tienen un mensaje de Jesús y esperan su vuelta, pero les falta (no han necesitado) un «evangelio», es decir, una visión unitaria de lo que ha sido la vida y tarea de Jesus.

En principio del 49/50 hemos citado el llamado «concilio de Jerusalén»,  del que se conservan dos versiones (la de Pablo en Gal 2 y la de Hch 15), con perspectivas distintas. La causa directa de la disputa entre los líderes (y las iglesias que ellos representan) no es la figura de Jesús, sino la forma de entender su movimiento, en relación con las leyes «nacionales» del judaísmo, que habían sido ya causa de disputa y guerra en el tiempo de los macabeos (circuncisión, normas de comida y de pureza familiar). El problema no es Jesús, sino la forma en que su mensaje y su vida se inscribir en el contexto del judaísmo nacional, pero haciendo posible una misión universal. Esta división de las iglesias no es tampoco un problema entre judíos más centrados en sí mismos (los de Santiago, hermano del Señor) y otros más abiertos a los gentiles (los de Pablo), sino entre formas distintas de entender el judaísmo y la novedad de Jesús.

Todos los primeros «líderes cristianos» eran judíos y aceptaban las tradiciones fundantes de Israel. Pero unos y otros (y en especial Pablo y Santiago) entendían de formas distintas la relación entre el movimiento de Jesús y las normas de convivencia del judaísmo nacional. (a) Algunos, de la línea de Santiago, querían que todos los cristianos procedentes del paganismo se circuncidaran, para hacerse así plenamente judíos y cristianos. (b) Pablo, en cambio, defendía la «libertad» e independencia de los cristianos procedentes del paganismo, que podían y debían ser plenamente cristianos (de Jesús, judíos mesiánicos en el sentido profundo) sin circuncidarse, ni hacerse judíos nacionales. (c) En medio va emergiendo la figura de Pedro, que puede aparecer como portador de una función mediadora (como supondrá Hch 15; cf. caps. 11 y 13).

Tras el concilio: Años 50– 90 d.C. Consolidación. Los primeros cristianos

Los cuarenta años que siguieron al «concilio», pueden definirse como tiempo de despliegue del primer «cristianismo», no sólo en Antioquía (cf. Hch 11, 26), sino en otros lugares de la tierra del Israel y del Imperio de Roma. Fueron años de pactos y crecimientos, en los que se configuran y definen las tres grandes tendencias eclesiales que, simbólicamente, hemos relacionado con Santiago, Pedro y Pablo.

Santiago siguió presidiendo la iglesia de Jerusalén, en un intento de vincular el mensaje de Jesús con la tradición nacional del judaísmo, manteniendo su comunión con Pedro y Pablo. Por su parte, Pablo realizó su misión a los gentiles y escribió sus cartas, que servirán de orientación para todo el cristianismo posterior.

Pedro, en fin, va trazando un camino en el que pueden vincularse Pablo y Santiago. Pero esa situación acabó, pues, tras un tiempo, murieron los líderes (en torno al 62-64 d.C.) y poco más tarde cayó la ciudad de Jerusalén (70 d.C.) en manos de los soldados romanos, que destruyeron su templo, de manera que a partir de entonces se configuran las líneas eclesiales, sin tener una referencia central (sin Jerusalén) ni unos líderes reconocidos.

De esa forma, tras el año 70 d.C., comienza una etapa nueva, marcada por el deseo de recuperar los orígenes y de reinterpretar el pasado, una etapa que, simbólicamente, he querido simbolizar, al fin de este libro, con dos textos que serán fundamentales (normativos) para la tradición de las iglesias posteriores.

(a) Por un lado, Mateo recupera desde la autoridad de Pedro la tradición de la iglesia judeo-cristiana de Santiago, para formular una misión universal del cristianismo desde Galilea (no desde Jerusalén).

(b) Por otro lado, Lucas escribe la «historia de los primeros cristianos», recuperando desde el pasado las figuras de Pedro y de Santiago, pero destacando la autoridad de Pablo, en Roma. Éstos son algunos de los momentos y acontecimientos más destacados de esos años:

Años 50-64 d.C. Tiempo de líderes varones vivos..  

e consolida y culmina la función de los líderes (Santiago, Pablo, Pedro), que definen y marcan el final de la primera generación cristiana (que puede extenderse del 30 al 60 d.C.). Ciertamente, ellos no fueron los únicos portadores del mensaje de Jesús (lo hacen también los galileos y las mujeres y otros como Apolo alejandrino: cf. Hch 18, 24), pero son muy significativos y en este momento desarrollan una tarea básica para la iglesia posterior.

(a) Santiago se consolida en Jerusalén y desde allí es capaz de enviar emisarios para retocar o culminar la misión de Pablo (creando conflictos que aparecen evocados en la correspondencia paulina).

 (b) Pablo realiza su misión en Asia Menor y Grecia, creando iglesias de origen pagano y escribiendo una serie de cartas esenciales para entender el cristianismo. (c) Pedro (a quien Pablo sigue reconociendo como autoridad cristiana: cf. 1 Cor 1, 12) ejerce una función mediadora, que ha quedado recogida de un modo especial en el evangelio de Mateo.

En torno al año 58-59 d.C., acabada su misión de oriente, queriendo llegar después al otro extremo del mundo conocido (España), Pablo sube a Jerusalén donde encuentra a Santiago, como dirigente de la iglesia (cf. Hch 20-26). No sabemos dónde está Juan Zebedeo, quizá ha sido martirizado como su hermano Santiago el Mayor lo había sido uno años atrás (así parece suponerlo Mc 10, 35-45). Tampoco sabemos dónde se halla Pedro, aunque es probable que esté vinculado a la iglesia de Antioquía (de donde parece que ha viajado luego a Roma). El encuentro de Pablo con algunos dirigentes de la iglesia de Jerusalén puede haber sido tenso, aunque no parece que él haya sido rechazado por Santiago. Perseguido por algunos judíos (¿judeocristianos?) extremistas, Pablo apela a Roma donde le llevan prisionero.

En torno al año 62-64 d.C., mueren los tres líderes,

al parecer, ajusticiados: Santiago es condenado por el Sumo Sacerdote de Jerusalén; Pablo y Pedro parecer haber muerto al mismo tiempo en Roma, donde han vuelto a encontrarse sus caminos. Con ellos acaba la etapa fundante de la iglesia, tiempo de pactos básicos con el judaísmo (Santiago), de apertura universal (Pablo) y de mediaciones, que parecen representadas por Pedro. Sólo entonces, una vez muertos los líderes, se puede hablar de una maduración o estabilización de las iglesias. Comienza así la segunda generación de los cristianos (60–90 d.C.)

2. Años 65-70. Conflicto en Israel, destrucción del templo. La guerra judía, con la destrucción final del templo, constituye un acontecimiento fundamental para la visión de las iglesias que, de una forma u otra, habían estado estrechamente vinculadas con el mensaje judío del Reino de Dios (entendido siempre, de algún modo, en perspectiva israelita) y con lo que había significado y significaba Jerusalén. Hasta ese momento, las iglesias podían sentirse integradas dentro del gran proyecto del judaísmo, tomando como referencia la ciudad sagrada donde Jesús había subido a proclamar el Reino y donde muchos decían que tenía que volver. Pero después todo cambió. La muerte de los líderes coincidió básicamente con el final del viejo equilibrio político del judaísmo dentro del Imperio. Poco después llegará la caída de Jerusalén, que significará un cambio radical, no sólo para el judaísmo sagrado de los sacerdotes (que pierden su templo: año 70), sino para los cristianos que tendrán que replantear sus relaciones con la matriz judía (y apocalíptica), en el sentido tradicional del término.

La configuración de las Iglesias había quedado de algún modo preparada en los durísimos años anteriores (del 50 al 60 d.C.), en los que se fue haciendo inviable el proyecto de convivencia nacional pacífica de los judíos nacionalistas con Roma. Fueron años de gran tensión apocalíptica, marcada por el surgimiento de aquellos que aparecen en los evangelios como «falsos cristos y falsos profetas» (cf. Mc 13, 22 par), distintos de Jesús, a quien los cristianos entienden como único y auténtico Cristo. Fueron años de identidades escatológicas, de esperanzas de transformación inmediata, años en los que se puede aguardar de inmediato la venida de Cristo, no sólo en la tierra de Israel (cf. Mc 13), sino en la misión helenista (cf. 1 Tes 4)[3]. Pero después, con la muerte de los líderes y la caída de Jerusalén todo eso cambiará de un modo intenso.

3. Años 70-90 d.C. Sucesores de los líderes. Evangelios sinópticos, cartas postpaulinas (Col y Efesios).

Como he dicho, ellos desaparecen casi al mismo tiempo, pero su recuerdo no sólo permanece (con el de Jesús), sino que se afianza y configura, en un proceso que continuará tras el 90 d.C. En ese sentido, podemos decir que el cristianismo no es sólo la memoria de Jesús, sino también la de aquellos que han dirigido su movimiento.

En esa línea, la pervivencia más clara es la de Pablo, en cuyo nombre se escriben, ya en este tiempo, las dos cartas de la cautividad (Colosenses y Efesios; las pastorales son posteriores). También parece clara la pervivencia de Pedro en la primera carta que lleva su nombre, escrita probablemente al final de este período, en torno al 90 d.C. (2 Ped es muy posterior y hablaremos de ella en el siguiente libro). Finalmente, la memoria de Santiago se ha mantenido y expandido en diversas líneas, no sólo en la carta que lleva su nombre (Sant), sino en escritos de tendencia gnóstica, de los que trataremos en el siguiente libro.

 Otra tarea eclesial muy importante en estos años ha sido la fijación de la «biografía mesiánica» de Jesús, tal como aparece en los sinópticos. Todo nos permite afirmar que antes no había podido escribirse una «biografía» que fuera aceptada por todos los grupos cristianos, pues las perspectivas eran muy distintas y, además, bastaba el kerigma básico (que aparece en la misión de Pablo); bastaba también, quizá, una reinterpretación mesiánica de la Ley (que podía hallarse en el fondo de la Iglesia de Santiago, tal como muestran quizá algunos textos de Mateo).

Más que la biografía mesiánica de Jesús, había interesado su figura como Mesías apocalíptico, cuya «parusía» se esperaba de inmediato. Por otra parte, entre las comunidades de Galilea (y quizá también en las de Siria e incluso en Jerusalén) podía haber circulado ya el documento Q, en alguna de sus versiones más antiguas (quizá no escritas), con su vinculación de elementos apocalípticos y sapienciales. Pero el Q no era biografía de Jesús, ni podía entenderse como libro fundante de una iglesia, en el sentido posterior de la palabra. Pues bien, ahora, tras la muerte de los líderes y el distanciamiento de las iglesias respecto al tiempo de Jesús, al final de la segunda generación cristiana, se escribirán los evangelios sinópticos como testimonio básico de identidad y de la misma historia de las iglesias. En ese fondo quiero destacar la importancia de Marcos, para desembocar en las dos grandes interpretaciones evangélicas de esta historia de los primeros cristianos, la de Mateo y la de Lucas[4].

Es aquí, en torno al año 90 d.C., donde acabará la historia de Los primeros cristianos, que no es una, sino varias historias unidas, que pueden culminar de formas distintas: unos piensan que la Iglesia de Jesús debe abrirse al mundo entero desde Galilea, sin pasar por Roma (Marcos y Mateo); otros piensan que ella debe abrirse al mundo entero desde Roma (Lucas).

[1] En este contexto resultan muy significativas dos ausencias: (1) Pablo no habla de los Doce, a los que aluden en 1 Cor 15, 5, lo que supone que no existían ya en Jerusalén como grupo organizado o que no eran importantes. (2) Tampoco habla de las mujeres, ni del testimonio posible de la tumba vacía (ni de los cristianos de Galilea, una zona por donde pudo haber pasado, en el camino de Damasco a Jerusalén).

[2] En general, tras la primera frustración, suelen llegar las imposiciones y las dictaduras, de manera que los primeros líderes desaparecen del todo. En nuestro caso eso sólo fue cierto a medias, porque cumplida su primera función, Pedro seguirá siendo importante y tendrá una nueva función en el camino de la Iglesia. Ciertamente, tuvieron que acabar y acabaron los Doce, como grupo simbólico, pero no desaparece Pedro, sino que queda y cumplirá una función importante, con los dos nuevos líderes.

[3] Entre los años 50 al 58, Pablo había esperado que Cristo vendría muy pronto, antes que él muriera. Pero a Pablo le mataron y su esperanza no se cumplió. En esos mismos años, y en los inmediatamente posteriores (del 55 al 70), miles y miles de judíos esperaron la llegada del Mesías de Dios y su juicio, luchando contra Roma. Pero ese Mesías no llegó y lo que vino fue, en cambio, la muerte para muchos de esos judíos. En ese contexto de posible fracaso apocalíptico (que los judíos nacionales y los cristianos vivieron de formas distintas) empezaron a trazarse las grandes líneas de lo que serán después el judaísmo rabínico y el cristianismo.

[4]El evangelio Mateo (donde desemboca la tradición de Mc/Q) asume ciertos elementos paulinos (recibidos sobre todo a través de Marcos), para vincularlos con los recuerdos de Galilea (recibidos tanto a través del Q como de Marcos), pero recoge y transmite también para la Gran Iglesia (que surgirá después) un número considerable de aportaciones de la comunidad de Santiago. En ese sentido, Mateo es el evangelio más judeo-cristiano, pero no culmina ya en Jerusalén (donde los de Santiago habrían debido quedar hasta el final, esperando la vuelta del Mesías), sino en Galilea, para expandir desde allí el camino de la Iglesia a todas las gentes, a partir de la enseñanza y los signos/sacramentos de Jesús, no desde la ley del judaísmo nacional (cf. Mt 28, 16-20).

La obra de Lucas (Lc-Hech) asume los mismos elementos galileos de Mc y del Q, pero los reinterpreta desde la visión universal de Pablo y de su camino misionero que ha culminado en Roma. Por eso, la trayectoria de Lucas no puede acabar en Galilea (para ir desde allí al mundo entero, como quiere Mateo), ni tampoco en Jerusalén (como habría querido Santiago), sino en Roma (con Pablo anunciando allí el evangelio: cf. Hch 28). En ese sentido, desde una perspectiva histórica, Lucas-Hechos ha podido recuperar muchos elementos de la iglesia de Jerusalén, pero sabiendo que ellos forman parte del pasado. En ese momento, hacia el año 90 d.C., iglesia ha de extenderse desde Roma, por medio de Pablo, a todo el mundo conocido

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