De Lampedusa a Canarias
#sentipensares
Lo que la Iglesia ha aprendido mirando hacia el mar
Cuando el papa León XIV concluyó su reciente visita a España en las Islas Canarias, pensé inmediatamente en otro Papa y en otro mar.
En julio de 2013, pocos meses después de iniciar su pontificado, Francisco viajó a Lampedusa. No eligió una gran capital europea ni un centro de poder eclesial. Eligió una pequeña isla mediterránea convertida en símbolo de una de las mayores tragedias humanitarias de nuestro tiempo: la muerte de miles de personas migrantes en su intento por alcanzar un lugar seguro donde vivir.
Aquel viaje se convirtió en uno de los gestos más emblemáticos de su pontificado. Francisco denunció lo que llamó la “globalización de la indiferencia” y formuló una pregunta que aún hoy conserva toda su fuerza: “¿Quién ha llorado por estas personas?”.
Más de una década después, León XIV vuelve a dirigir la mirada de la Iglesia hacia el mar. Esta vez desde Canarias, otra frontera marcada por el sufrimiento, la esperanza y el desplazamiento humano. También allí recordó la dignidad de las personas migrantes y la responsabilidad moral de no acostumbrarnos a las tragedias que se repiten ante nuestros ojos.
No creo que se trate de una coincidencia. Tal vez estos dos gestos, separados por más de diez años, nos permiten observar un proceso más amplio: el desarrollo de una conciencia eclesial cada vez más profunda sobre la realidad migratoria.
Durante mucho tiempo, la migración fue percibida principalmente como un asunto político, económico o social. La Iglesia acompañaba a las personas desplazadas, ofrecía ayuda humanitaria y promovía iniciativas de solidaridad. Todo ello era necesario. Sin embargo, en las últimas décadas ha comenzado a emerger algo más.
La migración ha dejado de ser un tema periférico; se ha convertido en una de las claves desde las cuales la Iglesia está leyendo los signos de nuestro tiempo.
Francisco ayudó a visibilizar esta transformación. Sus constantes llamados a la acogida, la protección, la promoción y la integración de las personas migrantes ampliaron la conversación eclesial. Ya no se trataba solamente de organizar respuestas caritativas. Se trataba de reconocer rostros, historias y sufrimientos concretos. La cuestión migratoria dejó de ser un problema que resolver para convertirse en una realidad humana que interpela profundamente la conciencia cristiana.
Ahora bien, quizás el desarrollo más interesante apenas comienza. Hasta ahora hemos aprendido que las personas migrantes deben ser defendidas. Hemos aprendido que merecen ser acogidas. Hemos aprendido que su dignidad debe ser protegida. Todo ello es indispensable.
Pero tal vez la próxima etapa en esta evolución de la conciencia eclesial consista en una pregunta diferente:
¿Qué puede aprender la Iglesia de las personas migrantes?
La pregunta es importante porque modifica la relación.
La acogida sigue siendo necesaria, pero continúa siendo, en cierto modo, una relación asimétrica. Quien acoge conserva la iniciativa. Quien es acogido recibe. Incluso cuando se realiza desde la generosidad y el amor, la lógica sigue siendo la de quienes tienen algo que ofrecer a quienes lo necesitan.
El aprendizaje cambia radicalmente esa dinámica. Aprender implica reconocer que quienes llegan también traen algo. Traen experiencias. Traen sabiduría. Traen maneras particulares de comprender la fragilidad, la esperanza, la fe y la comunidad. Traen, incluso, una experiencia de Dios que puede enriquecer a toda la Iglesia.
A lo largo de los últimos años he tenido la oportunidad de escuchar a mujeres migrantes que han reconstruido su vida lejos de su país de origen. Muchas han experimentado pérdidas profundas. Han dejado atrás familiares, comunidades, proyectos y seguridades. Algunas viven con la incertidumbre permanente de no saber cuándo podrán volver. Otras saben que probablemente nunca regresarán del mismo modo.
Sin embargo, en medio de ese desarraigo han construido comunidad. Han creado redes de apoyo. Han sostenido la fe de sus familias. Han encontrado nuevas formas de pertenecer cuando las antiguas formas parecían haberse desmoronado.
Escucharlas me ha llevado a una convicción cada vez más fuerte: la experiencia migrante no sólo necesita una respuesta pastoral. También constituye un lugar desde el cual la Iglesia puede aprender algo sobre sí misma.
Las personas migrantes conocen de manera particular el significado de la incertidumbre. Han aprendido a reconstruir la esperanza cuando las seguridades desaparecen. Han descubierto cómo sostener vínculos a través de la distancia. Han creado comunidad en territorios desconocidos.
Estas experiencias no son únicamente situaciones que requieren acompañamiento pastoral. Son también fuentes de sabiduría para toda la comunidad cristiana. Quizás por eso la evolución de la conciencia eclesial respecto a la migración pueda describirse como un tránsito desde la asistencia hacia la escucha.
La acogida protege la dignidad del otro. El aprendizaje reconoce que Dios también puede hablarnos a través de él.
La Iglesia habrá dado un paso decisivo en su comprensión de la migración cuando pase de preguntarse únicamente cómo acompañar a las personas migrantes a preguntarse qué está diciendo Dios a través de ellas.
Porque la Escritura misma está llena de personas desplazadas, extranjeras y peregrinas. Abraham salió de su tierra sin saber hacia dónde iba. Israel conoció el exilio. Rut llegó como extranjera y terminó transformando la historia de un pueblo. Los primeros cristianos construyeron comunidades atravesando fronteras geográficas, culturales y lingüísticas.
La experiencia migrante no es ajena a la historia de la salvación; forma parte de ella.
Por eso, cuando Francisco miró hacia Lampedusa y cuando León XIV miró hacia Canarias, quizás no estaban observando únicamente una crisis humanitaria.
Quizás estaban señalando uno de los lugares donde la Iglesia está siendo llamada a renovarse.
Las personas migrantes necesitan una Iglesia que las acompañe y las defienda.
Pero tal vez la Iglesia también necesita escuchar a las personas migrantes para recordar quién es.
Tal vez el próximo paso en esta larga evolución de la conciencia eclesial consista precisamente en eso: pasar de la acogida al aprendizaje.
No solo mirar hacia las fronteras.
Aprender a mirar desde ellas.
Porque allí donde tantas personas buscan un lugar al que pertenecer, el Evangelio continúa revelando nuevas formas de comunión, esperanza y humanidad compartida.