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Contra la lógica del mundo: las bienaventuranzas

#LectioDivina Feminista

Mateo 5, 1-12

Lectio Divina ciclo A 2026

Lectio (Lectura)

Este domingo se nos invita a leer “el Sermón del Monte” donde Jesús comienza su oficio como Maestro. Nos da las Bienaventuranzas. Mientras escuchamos, dejemos que una frase nos toque más que las demás. No elegimos con la cabeza, sino con el corazón.

Preguntémonos en silencio:

Repetimos interiormente la palabra o frase que nos ha sido dada y la guardamos como semilla.

Meditatio (Meditación)

Iniciamos esta meditación invocando a la divina Ruah, para abrir nuestra mente y nuestro corazón a la reflexión sobre las lecturas de este domingo.

Este es uno de los pasajes más comentados a lo largo del tiempo. Sin embargo, no ha quedado del todo claro y sigue siendo motivo de replantearse, una y otra vez, su sentido.

Como siempre, conviene ponerse en contexto narrativo, social e histórico del texto. En primer lugar, el capítulo 5 de Mateo concentra el corazón de su Evangelio. Después de los capítulos del nacimiento y del llamado a la misión de Jesús, se nos presentan los primeros acercamientos de los discípulos y el llamado “Sermón del Monte”. Este episodio, presente también en Lucas, tiene diferencias notables según los contextos propuestos.

Primero, se mencionan ocho frases que comienzan con la palabra “Felices”, evocando la felicidad y la alegría. Después, la multitud se acerca a Jesús y le sigue al pie de la montaña: no en una llanura, sino en un monte, donde Jesús toma la palabra como Maestro y evoca una nueva Alianza con el Dios de Israel. Es importante notar el intento de Mateo por homologar este discurso con el de Éxodo 19, donde Moisés sube en solitario a lo alto del monte, en representación de todo el pueblo, para hacer un pacto con Dios.

Jesús, entonces, se propone como un nuevo intermediario entre Dios y el pueblo, no aboliendo la Ley, sino dándole plenitud, como más adelante dirá en el mismo Evangelio. Lo verdaderamente revolucionario es la imagen de Jesús subiendo al monte, como Moisés, a la más alta intimidad con el Padre-Madre, pero esta vez de la mano de la multitud. Toma la palabra y pronuncia ocho frases —en clara resonancia con el decálogo— donde no “manda” ni condena, sino que promueve un acto de esperanza.

Sería un acto suicida tomar literalmente las ocho bienaventuranzas. ¿Jesús diría hoy al enfermo, al hambriento o al perseguido que sea dichoso en medio de sus necesidades elementales? ¡No! La propuesta de Jesús va más allá de lo inmediato y de lo más cercano al ser humano, pues en primera instancia reconoce todas sus fragilidades y nos invita también a reconocerlas.

En este sermón de Jesús, la racionalidad pura no tiene cabida. ¿Sería entonces aceptable pensar que Dios, como Padre-Madre que es, se regocija ante la injusticia, la desolación y el abandono de sus hijas e hijos? ¡De ninguna manera! Entonces, ¿a qué apunta el sentirse feliz y dichoso en medio de las tribulaciones?

Recordemos que Jesús viene de una experiencia fundante en el desierto, donde, después de reconocerse como Hijo del Padre-Madre, aparecen las tentaciones sobre hacia dónde dirigir su mensaje: no al poder, no a la imagen y mucho menos a la riqueza. ¿Sería válido que un Jesús en comunión con Dios diera preceptos de negación, diciendo: no alabes tu imagen, no alabes al poder, no alabes al dinero? ¿O no será que las bienaventuranzas son una forma amorosa de decirlo?

Y aunque suene descabellado —porque roza el concepto de “romantizar la pobreza”—, claro está que no tiene nada de romántico tener hambre o ser perseguido.

Entonces, ¿a qué va todo esto?

El Papa Francisco decía que las bienaventuranzas son el carnet de identidad de los cristianos. “Ser pobre de corazón” no simboliza despojarse de todo hasta quedar en los huesos, sino ser humilde y no ambicionar los bienes del mundo. Frente a un mundo voraz, bombardeado por el placer, la felicidad instantánea y la diversión como únicos valores de vida, se cubre —como con una lona pesada— todo aquello que incomoda: la pesadumbre, la enfermedad, el dolor. Muchas veces estos sentimientos se invisibilizan, se tapan las situaciones dolorosas como si no existieran: “el mundo no quiere llorar”.

Pero también es importante hacerlo: reconocer que muchos otros factores impactan en nuestro ser y que podemos sostenernos en la esperanza que ofrece Jesús: el consuelo, la tierra, la justicia, la paz y el Reino.

“Somos un ejército de perdonados”. Solo quien es capaz de sentir el dolor del otro puede reconocer su propia herida. Solo en la misericordia nace el verdadero sentido de la solidaridad.

Recapitulando, tenemos ocho frases divididas en dos bloques. El primero nos habla de la dureza de la realidad humana: la pobreza, el dolor, el abuso, el hambre y la sed del oprimido. Debemos ser conscientes de que Jesús no nos invita a vivir en la desdicha disfrazada de bendición; se trata de un anuncio que enardece el corazón sin incitarlo a la ira o a la revuelta, una forma de desactivar el placer que el opresor siente al humillar al oprimido. El segundo bloque habla del compromiso y el trabajo que tenemos para cambiar esta realidad, para hacer el Reino de Dios: aquí y ahora.

¿Qué más puede quitar el opresor a quien no tiene ni un bocado para comer? La esperanza es lo único que verdaderamente nos pertenece, y con ella la fe. El pobre sería aquel o aquella que ya no tiene nada en que confiar, salvo en Dios.

Pero aquí está la trampa: no se trata de una falsa espiritualización que invite a que todos nos volvamos mártires felices. Se habla de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Aquellos que quisieran salir de su pobreza y no pueden son los que Jesús considera bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser más humanos.

Otra trampa sería pensar que se trata de una promesa de felicidad solo después de esta vida terrenal. Pero no: Jesús propone una felicidad aquí y ahora, porque todo ser humano tiene la capacidad de encontrar la paz interior y vivir con verdadera plenitud, en un equilibrio que elimine las diferencias entre todos los seres humanos.

Las bienaventuranzas son, entonces, un recordatorio de la elección fundamental: el placer inmediato que ofrece el mundo o la confianza en el Reino de Dios. En el primero, seguiremos al dinero, que nos conduce a la injusticia y a la infelicidad. En el segundo, encontramos el amor y la comunión entre hermanas y hermanos.

Quizá sea una forma de decir:

es mejor ser pobre que empobrecer al otro;

es mejor llorar que hacer llorar al otro;

es mejor pasar hambre que ser la causa de que otros pasen hambre.

Es mejor sentirse dichoso no por ser oprimida u oprimido, sino por no ser opresores.

Contemplatio (Contemplación)

Busca un espacio tranquilo y pacífico, cierra los ojos. Imagina a Jesús que sube al monte acompañado por la multitud, tú estás en esa multitud. Síguela y siéntate en un lugar cerca de Él.

Observa como Jesús no se separa de la multitud, donde tú estas, no habla desde arriba,

habla desde dentro de la historia humana.

“Felices…”

No porque la vida sea fácil,

no porque el dolor sea bueno,

sino porque Dios no abandona

a quienes viven la fragilidad en carne propia.

Escucha las Bienaventuranzas que salen de su boca ¿qué sientes? ¿Cómo es el lugar? ¿Qué te llama la atención? Al mismo tiempo trata de responder:

Pídele que te ayude a responder y a convertir esas respuestas en dicha.

Jesús no nos invita a huir del sufrimiento, sino a no dejar que el sufrimiento tenga la última palabra.

Oratio (Oración)

Jesús, Maestro del Reino,

enséñanos a elegir como Tú elegiste.

Que no busquemos la felicidad

en el daño del otro,

en la acumulación,

en la indiferencia.

Danos un corazón pobre de soberbia,

hambre de justicia,

sed de paz verdadera.

Haznos capaces de llorar con quienes lloran

y de no ser causa del llanto ajeno.

Que nuestras manos no oprima,

que nuestra voz no humille,

que nuestra fe no se acomode.

Queremos ser reconocidas y reconocidos

como tus discípulos,

no por lo que decimos,

sino por cómo amamos.

Amén.

Actio (Acción)

La Palabra no termina en la escucha, se vuelve vida cuando se transforma en gesto.

Las bienaventuranzas nos colocan frente a una elección diaria:

¿vivir desde el Reino o desde la lógica del mundo?

Por eso, hoy nos comprometemos a un acto concreto:

Que esta semana nuestras acciones digan más que nuestras palabras.

Que nadie pase por nuestra vida sintiéndose menos humano.

Porque ser bienaventurados no es soportar la injusticia, sino no reproducirla.

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