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LUCHA EN MODO GETSEMANÍ

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Pero quiero creer que, después de atravesar mi pequeño Getsemaní, también llegará la luz.

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Hoy regresé de nuevo al hospital para recibir una dosis de quimioterapia.

Para quienes no son creyentes, Getsemaní es el lugar donde Jesús, sabiendo el sufrimiento que estaba por venir, oró al Padre: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).

En mi experiencia, quienes vivimos con cáncer caminamos nuestro propio Viacrucis. Como las estaciones que cuelgan en las iglesias y nos recuerdan el camino de Jesús, también nosotras avanzamos entre miedo, dolor, incertidumbre, cansancio y esperanza.

Y en ese camino aparecen las Verónicas.

Verónica pertenece a la tradición cristiana del Viacrucis: aquella mujer que, según la tradición, se acercó a Jesús y enjugó su rostro.

Yo las encuentro en la ternura de las enfermeras que administran mis medicamentos; en las ancestras que viven en otro plano y se hacen presentes en mi camilla; en la amiga, la comadre, la hermana o la hija que toma mi mano para sostenerme.

En mi caso, mi hermana Beticho Castro y mi hija Liliana Aragón Castro , que permanecen a mi lado durante horas; en la familia que está pendiente de mí, me envía vídeos y fotos que repaso en las noches eternas de insomnio.

Son mis Verónicas.

Y aparecen también los cirineos.

El Evangelio de Mateo nos dice: «Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y cargó la cruz de Jesús» (Mateo 27,32).

Mis cirineos son otras personas que viven con cáncer y que, con su tenacidad, sus consejos, su empatía y su fe, me enseñan que todavía es posible seguir caminando aun cuando el cuerpo pide detenerse.

En mi experiencia es Luis Raul Aragon Arvizo , el compañero de mi vida, que me cuida con amor, paciencia y alegría.

Y también están quienes oran por mí, quienes me mandan un mensaje, quienes me regalan un pensamiento amoroso. Las compañeras de la Red Miriam con la presencia semanal de María Antonia que nutren mi espíritu.

Yo creo profundamente en el poder de la oración. Sus oraciones y sus buenos pensamientos llegan hasta mí como una fuerza invisible que me sostiene, me acompaña y me ayuda a continuar.

Pero mientras escribo estas líneas pienso también en tantas otras personas que atraviesan sus propios Getsemaní, aunque su enfermedad tenga otro nombre.

Pienso en quienes viven con esclerosis múltiple, Parkinson, epilepsia, enfermedades autoinmunes, enfermedades raras o discapacidades; en quienes enfrentan dolor crónico, fibromialgia o enfermedades cuyos síntomas muchas veces no se ven; en quienes viven con enfermedades degenerativas o con demencias como el Alzheimer, y en quienes cuidan de ellas.

Pienso también en las personas neurodivergentes, porque la neurodivergencia no es una enfermedad, sino una manera diferente de experimentar, procesar y habitar el mundo.

Cada una de estas realidades tiene su propio camino, sus propios miedos, sus propios cansancios y también sus propios cirineos y sus propias Verónicas.

No quiero que nadie que lea este testimonio sienta que su sufrimiento vale menos porque su diagnóstico es diferente al mío.

Porque quizá eso también sea parte del misterio de Getsemaní: descubrir que no existe una sola manera de atravesar el sufrimiento.

Hay quienes llevan una enfermedad visible y quienes llevan una enfermedad que nadie puede ver. Hay quienes enfrentan el dolor físico y quienes viven con un cansancio que no se explica fácilmente. Hay quienes necesitan medicamentos, quienes necesitan rehabilitación, quienes necesitan ayuda para recordar, para caminar, para dormir, para comunicarse o simplemente para levantarse cada mañana.

Y hay quienes, aun cuando su cuerpo parece estar bien, libran batallas interiores que los demás no alcanzamos a imaginar.

Todas esas vidas merecen cuidado.

Todas esas personas merecen ternura.

Todas necesitan, en algún momento del camino, una Verónica que se acerque y un Cirineo que ayude a cargar la cruz.

Ahora me esperan tres días difíciles después de la quimioterapia: insomnio total, cansancio profundo y efectos secundarios que ponen a prueba el cuerpo y el espíritu.

Pero quiero creer que, después de atravesar mi pequeño Getsemaní, también llegará la luz.

Espero resucitar al tercer día y volver, poco a poco, a mi sencilla rutina, a mis pequeños milagros cotidianos.

Y hoy, viernes 21 de agosto del 2026, quiero pedir de todo corazón la sabiduría y la fortaleza para decir, como Jesús:

«No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Amén.

Lucha, en modo Getsemaní.

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