MARÍA Y SU ENCUENTRO CON JESÚS RESUCITADO
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Yo, María Magdalena, deseo pasar mis días testificando, atestiguando la experiencia vivida a tu lado, en tu compañía
Dolida y triste por tu partida me preparé muy temprano por la mañana, mi intención era visitar tu cuerpo, ungirlo, pero también necesitaba sentirte mientras lloraba por tu partida, ¿Cómo pudieron matarte? ¿Qué ganaban con matarte? ¿A caso tu muerte les traería paz? pero la pregunta más difícil de responder ¿Cómo vivir con tu ausencia? Es mucho dolor mi Señor.
Camino en dirección al sepulcro, con cada paso mi corazón se oprime más y más, las lágrimas no pueden detenerse, y parece que se secaran mis ojos y mi alma por ello; al fin llego al lugar pero no soy capaz de entrar, me quedo afuera, sostenida de una roca sobre la cual sigo llorando, seco mis ojos y me asomo a ver dentro del sepulcro, creo que estoy alucinando ¿Acaso mis ojos han perdido visibilidad de tanto llorar? ¡No entiendo qué es lo que estoy viendo! No es tu cuerpo, no eres tú ¿Dónde estás mi Señor? ¡No entiendo qué sucede!
Veo dos personas, una de ellas me pregunta ¿Por qué lloro? Y no sé por dónde empezar a explicar mi dolor, lloro por la forma tan injusta en que te mataron, lloro por tu muerte, lloro por tu ausencia pero también lloro porque ahora no veo tu cuerpo; ¿Dónde está tu cuerpo mi Señor? Cubro mi rostro con mis manos, estoy desconsolada, pero intento secar mis lágrimas para responder la pregunta y mi sorpresa es que te veo a ti, mi Jesús amado, pronuncias mi nombre, tú, me llamas por mi nombre ¿Acaso es un sueño? ¿Es real que te estoy viendo? ¿Es real que me estás hablando? ¿He enloquecido? ¿Cómo es esto posible? Déjame tocarte mi Señor, déjame sentir que eres real, que esto es verdad.
Me pides que no te retenga mi Señor, que aun tienes cosas por hacer, pero sí de mí dependiera, quiero quedarme contigo a tu lado una eternidad, contarte de mi dolor, contarte de la angustia que sufrí por tu ausencia, no me pidas que te deje ir, más bien yo te pido que te quedes conmigo para siempre. Después entiendo que debe pedirme algo, me pides que vaya a dar la noticia de que no estás muerto pero que deber ir a reunirte con nuestro Padre Celestial, pero, ¿Qué hago si no me creen? ¿Y si no quieren escucharme? Olvidas acaso que soy mujer ¿Cómo podré dirigirme a ellos?
Mi Señor no dudes haré lo que me pides, iré con ellos y les contaré, les daré detalles de nuestro encuentro, les contaré la forma en que cambiaste mi lamento en alegría, les contaré la maravillosa noticia de que estás vivo, que nisiquiera la maldad en conjunto pudo acabar con tu legado. Gracias Jesús por el privilegio de verte, por nombrarme, por tomarme en cuenta para una labor tan especial e importante, por hacerme sentir especial en un mundo donde no soy más que un objeto que obedece a las conveniencias de quien me posee.
He llorado mucho pero el privilegio de verte ha borrado todo el llanto, ha disipado el dolor de tu ausencia y si bien físicamente no te quedaste conmigo para siempre, estas en mi corazón, un corazón en el que existe amor y gratitud pero también compromiso de compartir tu legado, aquello que sembraste con ejemplos con acciones en favor de los vulnerables, de los olvidados, de los menospreciados, de los condenados, entre ellas yo.
Yo, María Magdalena, deseo pasar mis días testificando, atestiguando la experiencia vivida a tu lado, en tu compañía. Compartiendo el aprendizaje obtenido y los tesoros de amor acumulados. Hasta el sol de hoy y por siempre... Vivificado en otras generaciones, en otros corazones, en otras emociones, un legado perpetuo.