Mi maternidad como espejo del amor de Dios
#8MCuaresma
Dios es la Madre que da su vida (y entiéndase el verbo "dar" como donación: gratis, sin espera de restitución) para compartirla con quienes ama.
Recuerdo que alicaída, una tarde lejos de mi ciudad, caminaba rumbo al trabajo pensando en si estaba tomando las decisiones correctas en mi corta vida: si tomar un posgrado en otra ciudad, o regresar al trabajo donde había comenzado. Me senté a la sombra de un árbol que estaba justo en la esquina de un camellón, vértice de una bifurcación del camino. Eran acaso las ocho de la mañana y el ajetreo citadino comenzaba a ceder. Cerré los ojos y le pedí a Dios que me mostrara el camino, porque yo no sabía qué hacer. La bifurcación del camino era, sin saberlo, también metáfora de lo que estaba por venir.
Casi un mes después me enteré de que estaba embarazada. Entre el nerviosismo y la ansiedad, comencé la travesía del embarazo y la construcción de mi entonces pequeña familia. Catorce años después entiendo que Dios no me respondió señalando el camino que yo esperaba, sino abriéndome uno completamente distinto. Al igual que María, dije sí a la maternidad: no solo a engendrar en el vientre a un ser humano diferente, sino a acompañarlo, a crecer junto a él, y a comprender, desde adentro, la naturaleza de quien es Padre y Madre al mismo tiempo.
Creo que Dios es amor. Que nos mira con ternura y espera el momento en que nos dejemos rodear por sus brazos. Que somos hijas e hijos tercos, capaces de expulsarnos del Edén por la ilusión de la autosuficiencia, por la creencia de que podemos controlarlo todo, cuando ni siquiera somos capaces de controlar nuestros propios pensamientos. Hijas e hijos que exigimos al Padre-Madre lo que creemos que merecemos, la herencia de la vida para irla a malgastar como el hijo pródigo.
Dios es la Madre que despierta todas las mañanas a preparar el almuerzo de sus pequeños, impregnando de amor todo aquello que sabe que les nutrirá. Dios es la Madre que acompaña a la escuela y entrega en las manos de quienes han de educar, con confianza y esperanza. Dios es la Madre que se desvela porque sus hijos no se enfermen, no sufran, no se lastimen, y que aun así sabe que el dolor forma parte del crecer. Que nada de lo que hagan sus hijos podría retirarle el amor, porque ama sin condición, sin espera de recompensa, por el simple hecho de que son suyos. Dios es la Madre que añora una llamada, un mensaje, un "buenas noches" entre la vida ajetreada, no porque lo necesite, sino porque el amor desea presencia.
Dios es la Madre que da su vida (y entiéndase el verbo "dar" como donación: gratis, sin espera de restitución) para compartirla con quienes ama. Que trabaja para que sus hijas e hijos puedan vivir en un mundo mejor, con más oportunidades. Que sueña, como toda madre, con verlos sentados alrededor de la misma mesa, sin guerras, sin rencores, compartiendo el mismo banquete.
He descubierto que la enseñanza teológica y espiritual más profunda que he recibido no ha venido de ningún libro, sino del ejercicio cotidiano de ser madre. En la inocencia de mis hijos he aprendido a ver el mundo con ojos nuevos. En el acto de darme y compartirme he entendido, desde el cuerpo y no solo desde la mente, lo que significa amar sin medida. Como Dios, convivo con ellos y comparto las enseñanzas de acuerdo con su edad, a su tiempo, a su capacidad de recibir. Como dice el Eclesiastés: hay tiempo para todo, y un tiempo para amar (Ec 3:1,8).
Me he descubierto como espejo de Dios. No un espejo perfecto ni sin fisuras, sino uno que, en su misma fragilidad, refleja algo verdadero. En mi maternidad puedo reconocer los rasgos del amor divino: la entrega, la paciencia, la ternura, el deseo de que el otro florezca. Y en ese reconocimiento encuentro también la certeza de que, en cada acto de amor auténtico, somos co-creadoras y co-creadores de un mundo mejor.