SU ROSTRO SE PUSO RESPLANDECIENTE COMO EL SOL Y SUS VESTIDURAS BLANCAS COMO LA NIEVE
#8MCuaresma
En la tradición bíblica y cristiana, la luz es un sema abierto que se expande en varias dimensiones pero que siempre nos acerca a ese Dios que se muestra en la zarza que arde sin consumirse.
El evangelio de Mateo esta semana nos habla de una experiencia mística de Jesús de Nazaret, su fusión con la Divinidad y cómo esa experiencia transforma momentáneamente su aspecto físico. Toda su persona y su inmediato contorno se llenó de una luz intensa que se proyectó hacia los otros y hacia su alrededor. Jesús se aísla, entra en contacto con su fondo más íntimo, con la Divinidad… y lo numinoso lo invade, lo plenifica, lo transforma. Lo Divino siempre habita en nosotros y nosotras, no se manifiesta porque no se lo permitimos, estamos demasiado absorbidos por lo inmediato y no nos detenemos en lo esencial, en lo sagrado. Si a través del despojo, el abandono, el recogimiento sobre nosotras mismas, tocamos su hálito. Este se hace perceptible para nosotras y para quienes nos rodean.
“Su rostro se puso resplandeciente como el sol”, nos dice el narrador… esa experiencia íntima lleva a Jesús a traslucir su esencia, su verdadero ser. Se trata de una experiencia que se produce y se ambienta en LA LUZ. En la tradición bíblica y cristiana, la luz es un sema abierto que se expande en varias dimensiones, pero que siempre nos acerca a ese Dios que se muestra en la zarza que arde sin consumirse. En las tradiciones de oriente la iluminación preside el horizonte de toda búsqueda espiritual.
Según el Génesis la vida empieza con la luz, antes de ella todo era informe y vacío… y vio Dios que la luz era buena… La luz nos lleva siempre a la potencia de la vida. Estar iluminado es estar en comunión con el Dios que está dentro y alrededor de nosotras, afirma Joan Chittister en su obra: “La vida iluminada”. El pasaje que llamamos “la transfiguración” nos deja ver a Jesús invadido por esa LUZ. No se trata simplemente de mostrarnos una experiencia única e irrepetible, se trata, por el contrario, de mostrarnos un camino hacia nuestro propio interior, hacia nuestra propia luz. En ese espacio íntimo se deja ver el Dios que nos transforma.
Estamos entrando a la Cuaresma, el tiempo en el que se nos invita a transformarnos… es necesario que en mitad de los agites de la vida sepamos encontrar el camino hacia el silencio. El texto nos dice que Jesús se apartó con un grupito pequeño y que luego se apartó nuevamente en soledad. La invitación es a que vamos hacia el silencio en una experiencia momentánea de corte, de ruptura… para buscar y encontrar la huella, la presencia de Dios en cada una.
Citada igualmente por Chittister, la abadesa Sinclética, desde el desierto nos invita: También debemos encender en nosotras el fuego Divino. Encender un fuego conlleva exigencias y condiciones muy concretas: avancemos hacia ellas, porque es la manera en que trascendemos nuestro propio camino y las limitaciones de nuestra vida que nos mantienen atadas al ras del suelo. En el horizonte vislumbramos “el sol resplandeciente” que nos puede transfigurar. Ese sol siempre está ahí, al alcance nuestro… pero en el camino nos distraemos y nos atrapa lo banal o las preocupaciones reales del diario vivir.
Vamos hacia el silencio, a un lugar apartado… encontremos la luz. Y después regresemos transformadas para que nuestras respuestas y nuestros caminos sean “resplandecientes” y muestren al Maestro galileo. Somos una chispa Divina, transformémosla en incendio abrasador.
Carmiña Navia Velasco