LA RUAH SE DERRAMA SOBRE ELLAS
#LectioDivinaFeminista
Las mujeres en la Iglesia respiran con calma y al mismo tiempo con parresía, levantando la voz para denunciar proféticamente que ese soplo que ha sido insuflado sobre todos y todas sin ninguna mezquindad, sigue domesticado en las estructuras patriarcales
«Dicho esto, sopló sobre ellos [ellas] y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”»
Pentecostés, memoria viva y experiencia transgresora, que irrumpe con la fuerza novedosa en los espacios cerrados y rígidos para confirmar que la Ruah Divina se derrama sobre todas y todos. Sí, también sobre ellas: las mujeres renovadas por Pentecostés.
Cuando las puertas de la institucionalidad continúan cerradas, ya no por temor a los judíos, como lo expresa el evangelio de este día, sino por miedo y terror a los cambios que deben irse dando en la Iglesia, la Ruah Divina, que sopla donde quiere y como quiere, lejos de derramarse en los centros clericales y patriarcales, en los lugares de culto, decide abrirse camino en la vida sencilla de una casa, en la vida cotidiana de quienes miran la existencia con ojos renovados y corazón transformado.
Sopló sobre ellos, ellas… evoca una nueva creación, el aliento vital en las narices de lo humano. Soplo femenino que se cuela en las entrañas y engendra la vida, porque la Ruah en hebreo es femenina y es un viento suave pero vital, un aire donde se respira a gusto y que es universal. En este sentido, hace mucho bien pensar y sentir a la Iglesia como hija de “la Ruah”, de manera que, lejos de ser ese espacio asfixiante por la institucionalidad, el clericalismo, el dogmatismo y el machismo sofocante, pueda ser un lugar que permita a las mujeres y a los hombres respirar con libertad, experimentando con naturalidad y sin ninguna exclusión el hálito del amor, la igualdad y la misericordia.
Una de las imágenes potentes en los últimos años de la Historia de la Iglesia es la presentada por el Papa Juan XXIII, quien, al convocar el Concilio Vaticano II, deseaba abrir las ventanas de la Iglesia para que entrara un aire fresco. Lo anterior señala que el aliento debe venir de afuera y recrear lo de dentro. El viento enclaustrado y enmohecido en el interior de una iglesia rígida, legalista y distante de la realidad humana, necesitaba un soplo refrescante que permitiera la puesta al día (“aggiornamento”), una respiración acorde a los signos de los tiempos, una bocanada de aire sanador y evangélico. Una de las mayores certezas que se tiene es que Dios sigue derramando su aliento en cada tramo de la historia, en la Iglesia, y no deja de recrearla a pesar de las resistencias que sofocan, pero no alcanzan a asfixiar la fuerza dinámica de la Ruah Divina. De este modo lo expresa Ruiz de Galarreta: «Creer en el viento de Dios es una hermosa profesión de fe en que Dios no está ausente, sino presente y activo de una manera muy concreta: alentando, empujando».
Las mujeres en la Iglesia respiran con calma y al mismo tiempo con parresía, levantando la voz para denunciar proféticamente que ese soplo que ha sido insuflado sobre todos y todas sin ninguna mezquindad, sigue domesticado en las estructuras patriarcales que no posibilitan aires frescos y nuevos en las diversas instancias en las que se toman las decisiones de la Iglesia. En un encuentro con otras colegas teólogas, después de analizar la misión de la mujer desde una perspectiva sinodal, se sentía con indignación que muchos espacios, como los ministerios ordenados, siguen respirando con un solo pulmón, el masculino, y que ante cualquier abertura que posibilita la entrada de un aire femenino, de inmediato se busca el modo de taponarlo y sellarlo. En definitiva, que la celebración de Pentecostés ventile las estructuras, derribe los muros y recuerde que es el soplo universal de la Ruah, derramándose con una generosidad radical sobre todas y todos, posibilitando la liberación, la indignación y la transformación de lo que está paralizado y muerto. La Ruah siempre es posibilidad de nuevas noticias, de aire fecundo que se gesta en la realidad de los invisibles de la historia, en forma de vendavales de esperanza, porque, como lo expresa Anita Nair en el libro El vagón de las mujeres, “nos aguardan aspectos de la plenitud que apenas sospechamos”. Que esta festividad, que caldea lo más profundo del ser y alienta los sueños de las mujeres por una Iglesia aireada, refrescada, abrazada por la novedad creadora de la Ruah, como nos lo susurra Vicky Irigaray, “nos empuje siempre hacia afuera, rompiendo nuestros ensimismamientos, nuestros pequeños círculos, cualquier tipo de frontera, ensanchando horizontes y sentido”.
Oremos
“Al Viento del Espíritu que sopla en todas partes, libre y haciendo libre a otros, libre y trayendo la Liberación, victorioso sobre la Ley, y sobre el Pecado y la Muerte.
Al Viento del Espíritu que penetró en Jesús y lo envió a los pobres para anunciarles las buenas nuevas y la libertad de los cautivos.
Al Viento del Espíritu que reinó en Pentecostés eliminando prejuicios e intereses y el temor de los Apóstoles, abriendo de par en par las puertas del cenáculo para que la comunidad de los seguidores de Jesús siempre pueda estar abierta al mundo, libre en su palabra, coherente en su testimonio, insuperable en su esperanza.
Al Viento del Espíritu que siempre barre los miedos de la Iglesia y que quema a todos los poderes, excepto el poder del servicio fraternal y que purifica la iglesia a través de la pobreza y el martirio.
Al Viento del Espíritu que echa en las cenizas la arrogancia, la hipocresía y la lujuria y alimenta las llamas de la justicia y la liberación y que es el alma del Reino para que seamos el Viento en el Viento, hermanas y hermanos”.
Pedro Casaldáliga
Luz Milena López Jiménez. FMA
Teóloga-Colombia