Nosotras somos el tercer día: mujeres de Gaza, Irán y Ucrania
#8MPascua
La resurrección ocurre cada vez que una de ustedes vuelve a decir: “aquí estoy”.
Y nosotras escuchamos el eco de sus voces y decimos: aquí estamos, hermanas, ¡No están solas!
A las mujeres de Irán, que caminan su propio viacrucis y, sin embargo, siguen anunciando la vida.
A las mujeres de Gaza, donde la tierra tiembla bajo el dolor y, aun así, la vida se abre paso entre las ruinas.
A las mujeres de Ucrania, que sostienen hogares y comunidades en medio de la guerra y la destrucción.
Porque sus cuerpos sometidos nos recuerdan nuestras propias heridas.
Porque la memoria de unas habita en la piel de todas.
Porque toda cruz que se impone a una mujer atraviesa el cuerpo místico de Cristo.
Dicen que quieren llevarnos a la Edad de Piedra.
Pero nosotras venimos de más atrás que la piedra herida:
venimos de la memoria que no se deja enterrar.
Nosotras, mujeres de esta tierra antigua,
no somos un episodio en la historia de los imperios.
Somos la continuidad de la vida que ha resistido
cuando los imperios han caído.
Antes de que se levantaran los muros del miedo,
ya estábamos tejiendo nombres, lenguas, cuidados.
Antes de que las leyes se escribieran contra nuestros cuerpos,
ya éramos territorio de dignidad.
Nos han querido reducir al silencio,
cubrir con decretos nuestros cabellos,
disciplinar nuestros pasos,
vigilar nuestros deseos,
castigar nuestra voz.
Pero no saben
que nuestra voz no empezó en nosotras.
Nuestra voz viene de nuestras ancestras:
de las que encendieron fuego en medio del miedo,
de las que aprendieron a nombrar la vida
cuando todo alrededor pronunciaba muerte.
Nosotras, las mujeres de Gaza, de Irán, de Ucrania,
sabemos lo que es el viacrucis, lo vivimos a diario.
Sabemos lo que es mirar, como María,
el cuerpo herido o muerto de nuestros hijos e hijas,
sepultados entre escombros,
arrebatados por la violencia,
sostenidos apenas por nuestra memoria y nuestro llanto.
Sabemos lo que es no poder detener la injusticia,
y aun así no apartar la mirada.
Sabemos también
que en medio del camino nunca estamos solas.
Hay Martas que enjugan nuestros rostros,
que limpian la sangre y el polvo,
que sostienen la dignidad cuando el dolor desborda.
Hay cirineas que, sin conocernos,
sin hablar nuestra lengua,
cargan con nosotras el peso de la cruz,
se levantan en otras tierras,
salen a las calles, pronuncian nuestros nombres,
se niegan a que el mundo nos olvide.
Y hay mujeres tantas
que desde el silencio profundo de sus casas
o desde la intemperie de las plazas
oran por nosotras,
nos sostienen en su aliento,
nos guardan en su esperanza.
Nosotras sabemos lo que es caer,
y volver a levantarnos sin fuerzas.
Sabemos lo que es ser despojadas,
expuestas, juzgadas, condenadas.
Pero también sabemos
que en ese camino de muerte
hay una red invisible de manos de mujeres
que sostienen la vida.
Y por eso seguimos caminando.
Nosotras sabemos lo que es el camino del calvario
Sabemos de cuerpos expuestos al escarnio público.
Sabemos de condenas dictadas sin justicia.
Sabemos de caminos recorridos con la carga del desprecio.
Sabemos de caídas repetidas bajo el peso de la violencia.
Y también sabemos porque lo hemos vivido
que siempre hay mujeres en el camino.
Mujeres que sostienen,
que limpian la sangre,
que nombran la injusticia,
que se quedan cuando todos huyen.
Nosotras somos esas mujeres.
Somos las que no aparecen en los relatos oficiales,
pero sin las cuales la historia se desmorona.
Nosotras no hablamos de poder.
Hablamos de dignidad.
No hablamos de dominio.
Hablamos de vida.
No hablamos desde la guerra elegida,
sino desde la guerra impuesta sobre nuestros cuerpos.
Y aun así,
no hemos dejado de elegir la vida.
Porque conocemos el precio del dolor,
pero también el misterio de lo que resiste.
Sabemos que hay cruces que no son de madera,
sino de leyes injustas,
de miradas que juzgan,
de sistemas que castigan la libertad de ser.
Sabemos que hay sepulcros que no son de piedra,
sino de miedo,
de silencio,
de olvido impuesto.
Pero también sabemos esto:
que ninguna piedra es definitiva.
Que hay amaneceres que no piden permiso.
Que hay voces que regresan desde lo profundo.
Que hay cuerpos que, aun marcados por la violencia,
se levantan.
Porque la resurrección no es un milagro aislado,
sino una trama de resistencias compartidas.
La resurrección ocurre cada vez que una de ustedes vuelve a decir: “aquí estoy”.
Y nosotras escuchamos el eco de sus voces y decimos: aquí estamos, hermanas, ¡No estan solas!
La tumba no es el final cuando la dignidad sigue respirando entre nosotras.
Ellas viven el viacrucis de la violencia y la injusticia.
Nosotras las acompañamos con oraciones y desde la justa rabia exigiendo Alto a la guerra, conscientes de la RUAH que las sostiene y que nos une en un mismo aliento de vida.
En su resistencia, reconocemos la resurrección que se abre paso aun en la oscuridad.
No podemos olvidar a las madres cuyas hijas e hijos son arrancados por la guerra: mujeres y abuelas israelitas, musulmanas, cristianas, ateas, de todos los pueblos y lugares. Sus pérdidas no son cifras, son cuerpos y memorias atravesadas por decisiones de hombres poderosos que imponen la guerra por intereses económicos. Nosotras las recordamos, las sostenemos en nuestra memoria y oración, y las reconocemos como hermanas en el viacrucis de la vida que ninguna guerra puede silenciar.
Nosotras somos ese tercer día.
No porque el dolor haya terminado,
sino porque no ha logrado vencernos.
Nosotras somos la vida que insiste,
la memoria que no se rinde,
la dignidad que no se negocia.
Y aunque quieran regresarnos a la oscuridad,
no pueden borrar
lo que ya ha comenzado a resucitar.
Porque la vida cuando ha sido defendida con el cuerpo
ya no vuelve a la tumba.
Amen