Angelo Roncalli, íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal
"La fascinación espiritual es la señal más cierta de la santidad"
"Conservo de mi encuentro con él un signo indestructible en mi alma"
(Loris Francesco Capovilla)Hay hombres que te fascinan por la agudeza de su inteligencia. Los hay que te atemorizan por la brillantez de las empresas, o te encantan por el rigor de sus razonamientos y el ímpetu arrollador de su dialéctica. Otros producen admiración por el éxito material que antecede y sigue a sus proyectos.
Cuando uno de ellos circula a tu lado, por mucho que le estreches la mano, la mayoría de las veces lo sientes extraño a ti. Si te dirige la palabra, su voz llega apagada a tu intimidad: no deja de resultarte extraño.
Pero también hay seres humanos a los que nadie prestaría atención. Casi dan la impresión de pedir excusa por ocupar un espacio, pero basta con cruzarse una mirada con ellos una sola vez para que te sientas íntimamente exultante: tienen la mirada límpida y profunda, la palabra calurosa y persuasiva, la sonrisa luminosa y cordial, el caminar pausado y sin ruido, el acercamiento que desbloquea las situaciones más encrespadas. Son aquellos que "cantan amor y justicia, que marchan por la senda intachable, que proceden en la inocencia del corazón" (Sal 101, 1-3).
A tenor de un riguroso protocolo civil -¡líbrenos Dios de que también eclesial!- se los sitúa entre los últimos. Pero tú, que lees el Evangelio, sabes que caminan con seguridad hacia los primeros puestos en el Reino que no es de este mundo.
Pertenecen a la estirpe de los pastores de Belén: anónimos, silenciosos, atentos, disponibles para todo salvo para la ficción y la ventaja personal, el engaño y la injusticia.
"Florecen como palmeras, se alzan como cedros del Líbano; plantados en la casa del Señor, florecerán en los atrios de nuestro Dios. Aún en la vejez llevarán fruto, se mantendrán lozanos y floridos" (Sal 92, 13-15).
Podemos con razón reconocer que "esta fascinación espiritual es la señal más cierta de la santidad: es alegría íntima, flor de inocencia, de sencillez, de gracia" (Angelo G. Roncalli, 1940).
Ocúrreseme preguntar al buen lector si no habrá tenido nunca la suerte en su vida de cruzarse con un ser humano de parecido talante. Porque a mí, sí. En plena juventud tuve la de encontrarme con el Arzobispo Angelo Giuseppe Roncalli. Resultaría difícil intentar una explicación detalla del misterio. Hasta el día de hoy, he caminado en su compañía durante 75 años. Puedes, amigo lector, hacerte una idea de que conservo de tal acontecimiento un signo indestructible en mi alma.
Si tú también hubieras de tener la felicidad de encontrarte con uno, tú entonces que "el pan que comes es como la ceniza, y más lágrimas mezclas a tu bebida, tú cuyos días son como la sombra que declina, y ya te sientes saco como el heno" (Sal 102, 10-12), tú que te sientes abatido por una sensación de inferioridad e impotencia, podrías trasponer el umbral de la "casa del pan" y cada día se abriría para ti resplandeciente como una estrella, prometedor cual primavera, cálido como la esperanza.
ORACIÓN A JUAN XXIII
(En el 10º Aniversario de su Beatificación)
¡Oh Beato Juan XXIII!
Damos gracias a la Trinidad Santa
por haberos enviado a nosotros
como hermano amable y maestro sagaz.
Ascendido al Monte de las Bienaventuranzas,
en todo y siempre os habéis dejado guiar
por la Voluntad de lo Alto
niño de la aldea campestre de Sotto il Monte
y Obispo de la Iglesia Universal.
Pedid hoy para nosotros
al Padre de todo consuelo
la gracia de acoger la Buena Nueva
y de permanecer firmes en la fe inconmovible
en la esperanza que no se quiebra
en la caridad sin límites
de que aceptemos la pobreza serena y bendita,
de que sirvamos en silencio con perseverancia,
de que deseemos los bienes del Cielo
desapegados de los de la Tierra
para que abramos nuestras mentes
a las exigencias de la Iglesia
y de la humanidad de nuestros días.
Obtenednos la sabiduría del corazón
para amar a todos como hermanos,
para perdonar y reabrazar a los que yerran,
para optar por lo que abate las barreras
de la incomprensión entre los hombres y los pueblos,
lo que suprime los egoísmos
y despierta la fecunda unión de los espíritus.
Con el apoyo de la Madre Celestial,
dedicaremos nuestras preferencias
al Nombre, al Reino, a la Voluntad de Dios.
Humildad y mansedumbre
resplandecerán en nuestros rostros.
Comprenderemos que justicia y bondad
consisten en permanecer, como los justos,
en la infancia espiritual
que poco a poco se desarrolla en nosotros
a tenor de la fidelidad a nuestra vocación.
Amén.
L.F.C
3.9.20.10 (10º Aniversario de su Beatificación)
Loris Francesco Capovilla es arzobispo emérito y fue durante diez años secretario de Angelo Roncalli