León XIV rezó por Haiti y Nepal y pidió a los creyentes que "partan y compartan el pan de la paz"
En los saludos, tras el ángelus, León XIV pidió por la gente masacrada en Haití, asi como por los damnificados por el aluvión de Nepal, al mismo tiempo que pedía a los fieles de todo el mundo que sean constructores de paz y "partan y compartan el pan de la paz"
Desde la Plaza de la Libertad de Castel Gandolfo (donde ayer el Papa celebró la eucaristía con posterior procesión marítima), el Papa rezó el ángelus y en su alocución recordó que, como a Pedro, "tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros". Por eso, no debemos interrumpir nunca el diálogo con el Señor y "no juzgar nunca el obrar de Dios".
Y concluyó: "Pidamos entonces al Señor que también nosotros tengamos en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad, aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas".
En los saludos, tras el ángelus, León XIV pidió por la gente masacrada en Haití, asi como por los damnificados por el aluvión de Nepal, al miso tiempo que pedía a los fieles de todo el mundo que sean constructores de paz y "partan y compartan el pan de la paz".
El papa León XIV ha reclamado este domingo la liberación "sin demora" de las personas secuestradas en Haití, a raíz de la masacre de Keinscoff, y ha emplazado a las autoridades a garantizar la seguridad de la población.
"Desde Haití llegan noticias dramáticas sobre la grave masacre perpetrada en Keinscoff, en la que han perdido la vida numerosas personas, mientras otras se encuentran secuestradas", lamentó el pontífice tras el rezo del Ángelus en la puerta de su palacio de descanso en la localidad romana de Castel Gandolfo (centro).
Acto seguido, el papa estadounidense expresó su "cercanía orante" a las víctimas y a sus familiares y reclamó la liberación de las personas que siguen secuestradas.
"Pido que los rehenes sean liberados sin demora y dirijo un preocupado llamamiento a todos los responsables para que se esfuercen concretamente en garantizar la seguridad de la población y poner fin a toda forma de violencia", solicitó.
"Aseguro mi oración a los afectados por el terrible aluvión en Nepal y el Tibet", declaró el pontífice tras el rezo del Ángelus en la puerta de su palacio de descanso en la localidad romana de Castel Gandolfo (centro), ante numerosos fieles que le escuchaban.
El papa emplazó así a rezar por quienes han perdido la vida, por los heridos y los desaparecidos, por sus familiares y por quienes se esfuerzan en las tareas de auxilio y búsqueda.
"Que la atención de todos pueda aliviar el sufrimiento y brindar la ayuda necesaria a la población", instó el papa, que ha enviado una ayuda económica a Nepal, cuya cuantía no ha sido especificada.
Y concluyó: "¡Que aumenten en el mundo quienes reparten con valentía el pan de la paz, superando las divisiones, promoviendo la justicia y practicando el perdón por el bien de todos".
Texto del discurso del Papa
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, que revela a sus discípulos el Misterio de su pascua inminente: el Mesías —dice— «tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).
Esta afirmación está muy lejos de lo que esperaban de un Mesías triunfante y poderoso, con cuya ayuda derrotarían y humillarían a sus enemigos (cf. Sal 108,14). Ya habían tenido el modo, en el tiempo transcurrido con Él, de maravillarse de muchos de sus gestos y palabras. Pero este último mensaje, fue más allá de toda perspectiva. Pedro, particularmente, manifiesta su desacuerdo y comienza a reprender a Jesús diciéndole: «“¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”» (v. 22).
Apenas hacía un instante que había reconocido en Él al «Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Ahora en cambio, sorprendido y quizá decepcionado de lo que había escuchado, en contraste con la hermosa profesión de fe que acababa de pronunciar, lo reprende. Parecería que le dice: “sí, creo que tú eres el Mesías, pero ese no es el modo de salvar al mundo”. Es un impulso de fervor, sin duda motivado por un amor sincero que, sin embargo, nos hace reflexionar.
Tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros. Entonces las tentaciones son, contra toda lógica de fe, pensar que sea el Señor el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o no se interesa por nosotros. Frente a esta incertidumbre Pedro, aun dentro de su impulsividad, nos enseña dos cosas importantes.
La primera es la de no interrumpir nunca, ni siquiera en estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien, manifestarle con confianza nuestra dificultad para comprender lo que nos pide. La segunda es la de no juzgar nunca el obrar de Dios, sino más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos está revelando a través de su accionar, aun cuando no corresponde a nuestras expectativas.
Y la grandeza del primero de los apóstoles se manifiesta también en esto.
Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 23), y les explica, a él y a los otros discípulos que, para seguir sus huellas, deberán negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo hará después de haberlo escuchado, asumirá el desafío y permanecerá fiel a las palabras del Cristo, al que ha reconocido como su redentor, por toda la existencia, hasta el martirio.
Pidamos entonces al Señor que también nosotros tengamos en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad, aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas.
Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús.