Se cumplen trece años de la histórica renuncia de Benedicto XVI, que abrió la puerta a la primavera de Francisco
Benedicto XVI fue más tiempo Papa emérito que en ejercicio, y durante ese tiempo fue fiel a su promesa de no interferir en el pontificado de su sucesor, por mucho que sus colaboradores, y otros representantes de la Iglesia tradicionalista quisieron meterle en una refriega que, tal y como sabemos hoy, estaba en buena medida financiada por Epstein y Bannon
“Después de haber examinado repetidamente mi conciencia ante Dios, he llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a mi avanzada edad, ya no son adecuadas para el ejercicio del ministerio petrino”. Tal día como hoy, el Papa Benedicto XVI sorprendía al mundo al anunciar, en perfecto latín, al término de una audiencia con cardenales, su renuncia al solio pontificio.
Una dimisión histórica, sin parangón en la historia de la Iglesia moderna, que se hizo efectiva tres semanas después: el 28 de febrero, un helicóptero llevaba a Ratzinger hasta CastelGandolfo, iniciando una sede vacante que llevó al cónclave que cambió para siempre la dinámica de la Iglesia católica de Roma, que eligió como Papa al primer jesuita y latinoamericano de la historia, Jorge Mario Bergoglio. Y es que, paradójicamente, la 'primavera' de Francisco fue posible gracias a la renuncia de Benedicto XVI.
Trece años después, muchas cosas han cambiado: el pontificado de Francisco supuso una revolución tanto al interior de la Iglesia (la denuncia al clericalismo, la reforma de la Curia o el gobierno sinodal han llegado para quedarse) como para el exterior, con un pontífice que no necesitaba mediadores, cercano a las crisis -medioambientales, política, sociales y culturales- que azotaban, y azotan, al mundo, y que supo poner siempre la ternura, la reforma y la apuesta por los más débiles en el centro de una institución acosada por los escándalos.
No lo tuvo fácil Ratzinger; tampoco, Francisco. Pero la semilla plantada por Bergoglio, y que sin lugar a dudas tuvo su origen en la renuncia del Papa teólogo, sigue brotando. Benedicto XVI fue más tiempo Papa emérito que en ejercicio, y durante ese tiempo fue fiel a su promesa de no interferir en el pontificado de su sucesor, por mucho que sus colaboradores, y otros representantes de la Iglesia tradicionalista quisieron meterle en una refriega que, tal y como sabemos hoy, estaba en buena medida financiada por Epstein y Bannon.
Con su renuncia, Ratzinger puso las bases de la reforma. Francisco las puso en marcha. Y León está llamado a culminarlas. Trece años después, el proceso sigue su rumbo.