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Pasolini: "El mundo necesita ser salvado a través de la partitura de la cruz"

León XIV reza tendido en el suelo de la basílica vaticana por la Pasión de Cristo, como hizo Francisco hasta 2022, mientras el predicador pontificio realiza las reflexiones de los Oficios. Adoración, toda la que queremos, pero si no hay implicación, si el evangelio no se convierte en una palanca de transformación social y de vida, nos alejamos del Dios de Jesús y acogemos la lógica del mundo donde aplica una sordina global hacia los desheredados y sufrientes del mundo

Prevost ora en el suelo al inicio de los oficios
José Miguel Martínez Castelló, Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO
03 abr 2026 - 19:20

La misa crismal del Viernes Santo representa uno de los puntos culmen de la Pasión de Jesús. Todos los focos y los alientos se contienen porque durante años el capuchino Cantalamessa dejó el listón muy alto. Transmitía paz, pero desde una alta exigencia evangélica. El año pasado, Roberto Pasolini lo sustituyó, en su estreno ante el mundo entero, con la mirada enferma del papa Francisco que diez días después nos dejaría e iniciaba así el viaje al Padre.

Este año, al igual que el pasado, Pasolini dirigió una serie de catequesis a la Curia, en forma de meditación, como preparación a la Cuaresma. En 2025 nos sorprendió a propios y extraños, sin titubear, con un lenguaje a mano y de la calle. Este año nos volvió a sorprender y nos cogió con el pie cambiado. El 6 de marzo en el Aula Pablo VI, el título a trabajar y a meditar: “La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad”. Y lo sorprendente viene después: “En días nuevamente marcados por el dolor y la violencia, hablar de pequeñez podría parecer abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad, es una responsabilidad concreta. Ligada al destino del mundo”. No hay tema más conveniente que este en la actualidad que nos rodea y nos abruma. ¿De dónde sale la paz si no? De personas concretas, de carne y hueso, que se hacen pequeñas, que dicen, BASTA, dan un paso atrás, oponiéndose a la tentación del odio, la venganza y la opresión. Todo ello desde una figura como la de san Francisco de Asís, el santo de la paz con su himno de fraternidad universal más repetido de la historia: “Haz de mí un instrumento de tu paz..”.

El predicador de la Casa Pontificia

Hoy, hace siete días, y siempre ante la mirada atenta de León XIV, finalizaba estos ejercicios con una reflexión sobre el dolor y la libertad. Desde que Francisco murió tenemos una sensación de que la locura humana se ha acelerado, donde la historia parece haber virado hacia la sin razón, sin principios, sin límites y ante una evaporación de la verdad. ¿Qué decir y qué pensar sin caer en el pesimismo y sostener la luz que Jesús propaga a toda la humanidad? Estableció el camino común entre el dolor y la alegría. En el mundo de hoy se tornan incompatibles porque acogemos los placeres momentáneos y externos como guía de vida. Pasolini apunta a una diferencia clave:

“La felicidad no es protegerse de la realidad, sino aprender a acogerla incluso cuando duele, sin dejarnos abrumar por ella. Es ahí donde la vida cristiana se vuelve concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo van las cosas, sino de cómo elegimos vivirlas. La verdadera alegría, por tanto, no es la ausencia de heridas, sino la libertad de no dejarse definir por ellas. Eas una libertad que no borra el dolor, pero le impide tener la última palabra”.

En otras palabras, para Pasolini la verdadera alegría, y aquí está una de las claves de la enseñanza de hoy de Jesús clavado en la cruz, está “en la forma en que reaccionamos ante las circunstancias adversas, cuando somos rechazados y excluidos”. De la misma forma, la verdadera alegría y felicidad de una persona cristiana está en dar voz a aquellos que son crucificados, clavados en situaciones que los devoran y trituran, como Jesús padeció camino al calvario. Adoración, toda la que queremos, pero si no hay implicación, si el evangelio no se convierte en una palanca de transformación social y de vida, nos alejamos del Dios de Jesús y acogemos la lógica del mundo donde aplica una sordina global hacia los desheredados y sufrientes del mundo.

Oficios de Viernes Santo

Con todas estas credenciales, ¿qué diría, pues, el Viernes Santo donde parece que la cruz y la muerte hayan vencido la partida sobre la esperanza y la vida? Después de las lecturas de Isaías, el Salmo y la Pasión de San Juan y ante esa mirada sencilla y de recogimiento de León XIV que ya nos acompaña y comienza a sernos muy cercana, su comienzo, sorprendente. La cruz, la muerte de Jesús, no es un rito más, algo repetitivo a lo que nos acogemos y damos su vez al Sábado Santo para conducirnos a la Pascua, sino que hay que acogerla desde su sentido más profundo. La cruz representa un encuentro con Dios durante toda la vida de Jesús, escuchándolo, durante un camino humano y divino. En la liturgia de esta semana lo podemos aprender, podemos asumirlo como nuestro camino existencial y vital de fe de la mano de Isaías, nos enseña Pasolini. Jesús asumió lo que el profeta adelantó de Él, sin excusas, con todas sus consecuencias: “Isaías nos enseña un camino de purificación del hombre que cargó sobre sí todo el pecado del mundo para salvarnos de las tinieblas de la prisión que nos encadenan y condenan, pero sin alzar la voz”. Su respuesta al mal fue no aplicar ni llevar a cabo ninguna violencia, ningún tipo de destrucción. Ese fue su comienzo, su carta de presentación. Recordemos a Isaías en el Domingo de Ramos: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mis barbas. No escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”.

El siervo profetizado por Isaías debe buscar, asumir y entender la vida sin agresión y violencia. Esto va en contra de nuestra lógica humana, de nuestra lógica cotidiana y diaria. Nuestra carta de presentación es la opuesta. Para resolver nuestras cosas, nuestros asuntos pendientes, recurrimos a la crítica, a la venganza, al señalamiento, para demostrar que siempre tenemos razón y queremos que los demás sepan que el otro se ha quedado desnudo, sin nada, y depende de mi voluntad. Mostrar mi fortaleza enseñando la debilidad ajena. Sin embargo, Jesús nos invita, en todo su camino de vida hasta la cruz, que debe preservar la paz como la única brújula que guíe nuestra vida. No viviremos la Semana Santa y la Pascua cristianamente si este anuncio no lo concebimos como el reto que tenemos que asumir e interiorizar como propio.

Oficios de Semana Santa en Roma

Pasolini habla del peligro de creer que todo esto caiga en vano, que quede en agua de borrajas, que estemos ante algo que no pueda llevarse a cabo, que no se muestre, que quede negado y anegado por la fuerza del odio. Puede que, incluso como expresa Isaías, las tinieblas no dejen paso a la luz del amor y de la salvación. Jesús se alza como contra ejemplo en la medida en que siguió su camino a pesar de las dificultades, de las traiciones, de sus decepciones. Y aquí encontramos una de las claves del Viernes Santo de la mano de Isaías: “Cómo muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano”. Pasolini hace una relectura de dicha desfiguración con el mundo actual: “Hoy la violencia desfigura el rostro de las personas, los hace irreconocibles, pero Jesús ante esto no lo devuelve con otro mal. Nuestro instinto es saldar cuentas, pero el siervo, Jesús, no es alcanzado por el mal, porque ante él se detiene y no sigue su espiral”.

“Hoy la violencia desfigura el rostro de las personas, los hace irreconocibles, pero Jesús ante esto no lo devuelve con otro mal. Nuestro instinto es saldar cuentas, pero el siervo, Jesús, no es alcanzado por el mal, porque ante él se detiene y no sigue su espiral”

El mal sólo se alimenta de nuestras reacciones, cogiendo fuerza y disfrazándose, en ocasiones, como invencible, es decir, el único camino que la humanidad puede explorar. La respuesta de Jesús es clara y firme: silencio, perdón y amor al enemigo. La cuestión estriba, a juicio de Pasolini, que la voz de Dios ya no se escucha porque es una más entre tantas que prometen el placer, la tranquilidad, el individualismo. Voces que no llenan, satisfacen al momento, pero no edifican cimientos nuevos y sólidos para vivir de forma plena y verdadera. Necesitamos, pues, un canto, una palabra que una a este mundo herido por la injusticia, con millones de víctimas inocentes que vertebre a la humanidad entera.

Ante los poderosos de este mundo que se lo quieren repartir a pedazos, como si de un puzle se tratara, la voz de Dios, aunque silenciada, sigue escuchándose en lo más profundo de los corazones de personas que hacen posible lo que Jesús nos enseñó hasta el pie de la cruz, que abrazan cruces y heridas y las hacen suyas. No es algo abstracto, es una realidad concreta. La Semana Santa nos tiene que servir para despertar ante tanto bien que todavía se da en el mundo, pero que se evapora al son de las guerras publicitarias. En cada rincón de nuestras calles hay personas que sirven hasta la extenuación, sólo cabe mirar y escuchar de otra forma, sin prisa, sin inmediatez, con ojos evangélicos. Pasolini, les da nombres y apellidos: “Gracias a ellos el mal no tiene la última palabra y los cantos de esperanza todavía resuenan en la partitura de sus vidas”. En este reconocimiento, en esta imitación de aquellos que hacen que el mal calle y se posponga, está el misterio y el rostro de Dios, que se muestra débil, azotado, flagelado, insultado y crucificado. Depongamos en nuestro corazón las armas que nos destruyen y llenar de amor nuestras relaciones. Isaías describió al Siervo, Jesús lo actualizó, lo hizo posible, en algo concreto, más allá de abstracciones y formalismos sin vida y sin sentido.

Hoy el mundo, recordaba Pasolini, “necesita ser salvado a través de la partitura de la cruz porque no hay un enemigo tal que nos impida amar y servir, crecer en la bondad frente a la tiniebla del pecado”. Por el contrario, contemplamos en nuestros días como hay poderosos que eligen la partitura de la guerra en nombre de Dios para justificar y divinizar sus acciones. El Siervo de Isaías, Jesús mismo, aborta dicho camino, porque nuestra vida sólo la podemos poner al servicio de los demás. Apostemos, pues, por la partitura de la cruz en la que se reconocen las notas del amor más grande. Ahora sólo nos queda decidir si queremos asumir esas notas, interpretarlas y llevarlas a las zonas más oscuras de la humanidad para que resurja la luz del amor y de la paz.

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