Richard Gallagher, después de su visita a Moscú: "Tengan valor, abracen el camino de la paz, tengan la esperanza de creer en un día mejor"
Al término de la misión en Moscú, el secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales habla con los medios vaticanos y hace balance de la misión diplomática que acaba de concluir
(Stefano Leszczynski-Vatican News).- En Moscú brillaba el sol el viernes a primera hora de la tarde cuando el responsable de la diplomacia de la Santa Sede subió a bordo del vuelo que lo llevó de regreso a Roma, vía Estambul, para regresar al Vaticano a altas horas de la noche. Un viaje largo y bastante complicado. La suspensión de las conexiones directas entre Rusia y los países de la Unión Europea restringe, en efecto, las opciones para llegar a Moscú y obliga a los pocos vuelos regulares a dar un largo rodeo por Europa, que desde Estambul lleva a atravesar los Balcanes, bordear las fronteras ucranianas y, finalmente, atravesar los cielos de Bielorrusia. Al menos doce horas, entre vuelos y escalas, para un desplazamiento que antes de 2022 requería unas cuatro horas de vuelo.
“Ha sido un largo viaje – confirma monseñor Paul Richard Gallagher -, pero también esto adquiere una dimensión simbólica – antes de 2022 se llegaba a Moscú en pocas horas, hoy, en cambio, el camino se ha hecho más largo. Este viaje es indicativo de la voluntad de diálogo que la Santa Sede quiere llevar adelante. Un diálogo que hemos iniciado desde hace años, tanto a través de la embajada de la Federación Rusa ante la Santa Sede, como a través del trabajo del nuncio apostólico Giovanni d’Aniello en Moscú. Esto subraya el compromiso y la importancia que hemos atribuido a este viaje, que se ha emprendido en nombre de la Santa Sede y con la bendición del Papa”.
P: Ha habido un evidente reconocimiento por parte de las autoridades rusas a su viaje a Moscú, que se puso de manifiesto en las conversaciones institucionales con el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov y el consejero Ushakov. El tema de la guerra en curso con Ucrania ha acaparado gran parte de la atención. Usted ha subrayado en varias ocasiones que el único camino para poner fin a las hostilidades es el regreso a la diplomacia.
R: Sí, es un diálogo no fácil, porque cuanto más avanza la guerra, más difícil será poder restablecer las relaciones: hay muchas víctimas, muchas heridas abiertas. Pero sabemos muy bien que históricamente todos los conflictos, todas las guerras terminan con una negociación, con un acuerdo, y luego se comienza a restablecer las relaciones entre los antiguos beligerantes. En este sentido, la diplomacia ofrece y promete una posible solución. Esto es también lo que nosotros, como Iglesia, tenemos la responsabilidad y el deber de proclamar. Fuimos a Moscú para hablar de paz, para alentar a las almas inquietas a causa de la guerra, y decir: tengan valor, abracen el camino de la paz, tengan la esperanza de creer en un día mejor. Y creo que este, esencialmente, ha sido nuestro mensaje.
D: Después del encuentro bilateral, el ministro Lavrov dijo en una entrevista que durante las conversaciones usted se limitó más bien a un llamamiento genérico a poner fin al conflicto lo antes posible.
R: Sí, es verdad, esta es precisamente nuestra línea, que siempre hemos mantenido. La Santa Sede no entra en los detalles de las negociaciones, ni propone soluciones técnicas, porque esta es responsabilidad directa de las partes beligerantes. La Santa Sede, en cambio, recuerda esta responsabilidad e invita a mostrar buena voluntad para iniciar seriamente un diálogo. Y lo hace dirigiéndose tanto a la Federación Rusa, como a Ucrania, como a otros países, pidiendo que no se escatime ningún esfuerzo para crear espacios de diálogo.
P: Ante los sufrimientos de las poblaciones civiles a causa de la guerra, usted ha defendido la necesidad de reforzar las acciones en el ámbito humanitario, también de cara al viaje que el cardenal Matteo Zuppi hará a la Federación Rusa. ¿Cuáles son las prioridades?
R: Esta dimensión es fundamental y en este ámbito la Santa Sede ya está ofreciendo su propia contribución, un compromiso que hasta ahora ha sido muy apreciado. También el Santo Padre, antes de partir, me dijo: hay que insistir en la dimensión humanitaria. Y así lo hemos hecho.
Nosotros esperamos que la misión de paz del cardenal Zuppi continúe y que pueda regresar prontamente a Moscú, también para ser testigo de lo que la Iglesia local y las comunidades católicas están haciendo.
P: La Santa Sede ha ofrecido sus buenos oficios para reabrir una vía de diálogo y de negociación. ¿De qué manera ha sido acogida esta oferta y cómo podría concretarse?
R: Es una oferta que ya hemos hecho en el pasado y hasta ahora no se ha concretado. No parece que se desee una participación directa por parte de nuestras oficinas diplomáticas. Sin embargo, el gesto ha sido apreciado, el hecho de que nosotros no nos lavemos las manos. El mensaje en este sentido es claro: en el mundo de hoy nadie puede resolver algo por sí solo. Tanto Rusia como Ucrania necesitan de la comunidad internacional, necesitan de sus alianzas, y al ofrecer nuestros buenos oficios decimos a ambas partes que la Santa Sede está disponible para ayudar de cualquier manera. Basta con que lo pidan y nosotros pondremos a disposición todos nuestros recursos, que son modestos, lo reconocemos, pero es un gesto que hacemos de buena fe.
P: Usted también tuvo la posibilidad de reunirse con una parte del mundo diplomático aquí en Moscú y todos mostraron interés por la capacidad de la diplomacia de la Santa Sede para conseguir dialogar al mismo tiempo con Ucrania y Rusia. Una rareza en este momento.
R: Sí, los encuentros que hemos tenido aquí en Moscú con diversos representantes de las misiones diplomáticas sirven para reforzar la iniciativa de la Santa Sede de mantener abierta la vía del diálogo, estamos convencidos de que este es el camino que hay que seguir y de que aislar a las personas, a los países, francamente, no ayuda. Esta es nuestra opinión, obviamente cada Estado tiene todo el derecho a decidir autónomamente su propia estrategia. Al venir aquí a Moscú y hacer lo que otros en este momento no hacen, invitamos a reflexionar sobre si las estrategias aplicadas hasta ahora están dando resultados para resolver esta tragedia.
P: Entre los temas tratados con el Ministro Lavrov se encontraban aquellos que afectan a los cristianos en diversas partes del mundo. ¿Cuáles son las prioridades en este ámbito?
R: Mantenemos un canal de comunicación abierto con el Ministro Serguéi Lavrov desde hace años, y no se trata solo de la guerra en Ucrania. Rusia está profundamente arraigada en su tradición cristiana ortodoxa, y compartimos la preocupación por todos los cristianos que enfrentan dificultades en diversas partes del mundo. Hay países donde, si bien no es técnicamente correcto hablar de persecución, sí existe inseguridad, discriminación, prejuicios y marginación, y Rusia también está preocupada por estos problemas. Es un ámbito en el que buscamos renovar nuestro compromiso compartido.
P: Durante su misión, también tuvo la oportunidad de reunirse con la comunidad católica en Rusia y los exhortó a ser constructores de paz. En este sentido, ¿cuál debería ser el compromiso de la Iglesia Católica?
R: En mi conversación con los religiosos y religiosas, les dije que ya son constructores de paz, y lo son en su vida diaria, cada vez que construyen pequeños puentes. Tienen un impacto en la sociedad, son vecinos, realizan las obras de caridad de la Iglesia y están presentes a través de nuestras instituciones educativas y sanitarias. Esta es una manifestación tangible del compromiso de la Iglesia con la reconciliación y la paz. Esto es infinitamente más elocuente que cualquier palabra.
P: También tuvo la oportunidad de reunirse con altos funcionarios del Patriarcado de Moscú, específicamente con el Metropolitano Antonio de Volokolamsk, presidente del Departamento de Relaciones Eclesiásticas Exteriores.
R: Existe una relación muy cordial y fraterna entre el Metropolitano Antonio y la Santa Sede. Con frecuencia viene a reunirse con el Santo Padre, el Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, y conmigo. Lo que tuvimos no fue una reunión de diálogo ecuménico en el sentido estricto, que es responsabilidad del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, pero consideramos oportuno reunirnos para tratar diversos temas, incluidos los relacionados con la situación actual. Fue una reunión muy alentadora, que demostró que compartimos muchas cosas, aunque diferimos en algunos asuntos. Al mismo tiempo, buscamos animarnos mutuamente a seguir el camino del Evangelio.
P: Volviendo a la labor de la Iglesia en Rusia, el compromiso caritativo de la Iglesia Católica en el país es muy importante.
R: Es evidente: donde la Iglesia está presente, siempre debe haber caridad y solidaridad con los más desfavorecidos, y me parece que la Iglesia Católica aquí siempre ha seguido este camino. Me impresionaron los testimonios que surgieron durante el encuentro con los religiosos y religiosas, porque, a pesar de los recursos muy limitados de estas comunidades —y su reducido número para un país tan inmenso—, hacen lo que pueden con gran perseverancia. No escuché a nadie quejarse de su situación; al contrario, percibí su alegría por el servicio que prestan hoy aquí en Rusia.
P: El último día de su viaje a Moscú, usted presidió la solemne Misa en la Catedral de la Inmaculada Concepción. Fue una celebración eucarística concurrida, con muchos jóvenes presentes, y también atrajo gran interés de los medios de comunicación. ¿Qué fue lo que más le llamó la atención?
R: Es cierto, fue una misa muy concurrida. Se percibía una auténtica intensidad de la experiencia religiosa, lo cual es alentador, porque uno podría tener una impresión superficial de los pequeños grupos católicos dispersos por esta vasta ciudad, pero verlos reunidos en esta hermosa catedral para presenciar la vitalidad de su fe fue realmente impresionante.
Fue una verdadera demostración de afecto, especialmente hacia el Santo Padre, y se puede apreciar que estos lazos de amor, lazos con el Sucesor de Pedro, son muy fuertes aquí. Esto es, sin duda, motivo de inmensa satisfacción.
P: Las misiones oficiales siempre implican un momento de gran concentración y compromiso. Sin embargo, al final de estos viajes, siempre hay un componente emocional. ¿Qué se lleva usted personalmente de vuelta a Roma?
R: Hay cierta tristeza al dejar una comunidad como esta. Nuestro mensaje es: no los dejaremos solos, regresaremos a Roma para hablar con quienes nos enviaron y permaneceremos muy cerca de ustedes. Creo que esta es la esencia de lo que debemos hacer: en estos años difíciles en esta región del mundo, la Iglesia universal debe considerar cómo apoyar mejor a estas comunidades, animando a sus pastores y fieles, y manteniendo los lazos espirituales. Cuando viajo a cualquier parte del mundo, luego regreso a casa, pero las personas y comunidades que conocí siempre permanecen en mis oraciones. Puedo decir lo mismo del aspecto diplomático de la misión. Siempre acompaño, y esta vez también, los deseos de paz y justicia con mis oraciones, porque, en definitiva, la paz es un don de Dios. Nos corresponde prepararnos para acogerla.