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Hermana Carmen Abad: “He aprendido a escuchar el mundo desde la clausura” 

A sus 86 años, esta religiosa cisterciense reza, escucha y aprende de los visitantes que pasan por el monasterio: “Desde la hospedería se puede evangelizar”

La religiosa Carmen Abab

La participación de la hermana Carmen Abad en el documental “Libres”, sobre la vida monástica, no dejó indiferente a los espectadores por su testimonio sencillo y profundo. Con más de 50 años de vida religiosa, la hermana Carmen, desde la portería y la tienda del monasterio de Vico (Arnedo), en plena Rioja, ha visto pasar durante décadas a viajeros, creyentes y curiosos que en ocasiones solo buscaban ser escuchados. La hermana Carmen reconoce que, aunque vive retirada del mundo, desde el claustro nunca ha dejado de comprenderlo

Está convencida de que la oración sigue siendo una fuerza transformadora, aunque muchos ya no crean en ella, y repite que las monjas “hacen falta” porque rezan por un mundo que sienten también como suyo. Basta sentarse unos minutos frente a la Hermana Carmen para comprender por qué tantos viajeros alargan la visita al monasterio de Vico, sólo para conversar un rato más. Esta religiosa cisterciense de la Estricta Observancia tiene la capacidad de escuchar sin prisa y responder sin imponer, como si hubiera aprendido que las palabras solo sirven cuando llegan después del silencio. 

Pregunta.Hermana, da la sensación de que, aunque permanece en el claustro desde hace más de cincuenta años, se mantiene usted actualizada y entiende a la sociedad…

Respuesta. He aprendido a escuchar el mundo desde la clausura. Llevo veinte años en la portería y en la tienda. Ambas me han permitido estar en contacto con el mundo; también con los jóvenes. Tenemos que dar nosotros más pasos hacia ellos, que ellos hacia nosotros. Un día vino un grupo juvenil y pensé: yo les tengo que hablar de Dios porque han venido a un monasterio. Les dije: “Os voy a dar un consejo. Vosotros sois el futuro del mundo. Así que no os olvidéis de Dios. No os digo más que eso”. Yo tengo la obligación de decir algo. Hay que hablarles un poco de Dios.

Sor Carmen Abab, en el monasterio de Vico

P.Habrá conocido a muchas personas en esos veinte años como portera y encargada de la tienda del monasterio... 

R. Yo aprendo mucho de quienes pasan por aquí. Me enriquecen mucho. También influye que tengo curiosidad y lo que no sé, lo pregunto. El otro día alguien comentó:” Vivimos en una sociedad líquida”. Y pregunté qué significaba. Me ha quedado claro. Que se fluye demasiado. Vivimos en una sociedad en la que estamos perdiendo las raíces; estamos flotando demasiado y no vamos a ninguna parte. Nos estamos quedando vacíos. No nos podemos agarrar a nada; a nada de fundamento. Vamos y venimos. Nos agarramos a lo último que nos dicen. Allá vamos. Si nos gusta bien, si no nos gusta, lo dejamos y vamos a otro sitio. 

Desde la hospedería se puede evangelizar; también escuchar. Algunas personas que pasan por aquí me cuentan sus cosas. Una tarde en la tienda una señora entró y me dijo: “Buenas tardes, hermana ¿me puede escuchar?”. Le pedí que entrara a la portería

P.¿Se puede evangelizar desde el monasterio? 

R. Claro. Desde la hospedería se puede evangelizar; también escuchar. Algunas personas que pasan por aquí me cuentan sus cosas. Una tarde en la tienda una señora entró y me dijo: “Buenas tardes, hermana ¿me puede escuchar?”. Le pedí que entrara a la portería. Me contó su vida; una historia para no dormir. Y sólo pude contestarle: “Lo siento, hija, yo te escucho, pero ¿qué puedo hacer por ti? Voy a rezar mucho por ti. Me gustaría poder ayudarte, pero claro, ¿cómo lo hago yo?”. Ella me respondió: “Hermana, ¿le parece poco? me ha escuchado”.

La religiosa Carmen Abab

R.  Ahora la gente va por la calle con los cascos, con el móvil. Ya no nos miramos a los ojos. Cuando lo hacemos, al final sabemos si la persona que tenemos enfrente está alegre, si le pasa algo. Eso lo hemos perdido. Un valor precioso. 

P.¿Dónde encuentra usted la felicidad?

R. La felicidad la llevamos dentro. Si no queremos ser felices, nosotros mismos nos hacemos daño. Esta tarde estaba escribiendo una frase que leí: “Si buscas encontrar a alguna persona que te ayude a cambiar, mírate al espejo”. Y eso hay que tenerlo muy en cuenta. Me gustaría decir a la gente que seamos todos más pacificadores. Que no nos fijemos tanto en lo negativo. Que la gente tiene muchas cosas positivas. En eso hay que trabajar.

R. El momento presente es el que tenemos seguro, porque no sabemos lo que va a pasar después. Tendríamos que vivir el momento presente “a tope”. Pero no es así. Somos así de chocantes. Estamos siempre pensando dónde vamos a ir después.

La religiosa, ante la Virgen de Vico

P.¿Ha pensado en escribir un libro con estos pensamientos acerca de su experiencia desde el Claustro?

R. He escrito mucho, pero lo rompo todo. Yo ahora estoy preparando el encuentro con el Señor. Estoy esperándolo. Ya estoy en la recta final. Porque “al final de la jornada, aquel que se salva, sabe. Y el que no, no sabe nada”.

La oración tiene mucho poder; mucho. La gente no se lo cree. Pero es cierto. Y nosotras hacemos falta en la Iglesia. Somos necesarias. Por eso tenemos que ser muy consecuentes y coherentes con nuestra vida

P.¿Cómo surgió su vocación?

R. Mi vocación estuvo forjada por los valores de mis padres y dedicada a la fe y el servicio a los demás. Mi madre siempre decía: “Que se os meta en la cabeza: un pobre tiene que remediar a otro pobre”. Nosotras, dentro de nuestras posibilidades ayudábamos lo que podíamos. Antes iban los pobres a pedir a las casas cada semana. Nuestra madre decía: “Sacad una moneda y se la dáis, pero después también un beso”. Eso hacíamos: una moneda, un beso y hasta el domingo siguiente. 

R. Quiero mucho a los pobres porque yo he sido pobre toda la vida. Entonces me llaman mucho la atención. Y me ponen mala las injusticias. Pero yo no puedo hacer nada. Rezo. Eso sí. La oración tiene mucho poder; mucho. La gente no se lo cree. Pero es cierto. Y nosotras hacemos falta en la Iglesia. Somos necesarias. Por eso tenemos que ser muy consecuentes y coherentes con nuestra vida. Si no, estamos defraudando a la Iglesia y a la sociedad. 

P.¿Cómo era su vida antes de ser monja?

R. Yo empecé a trabajar a los 19 años de cajera en unos grandes almacenes de electrodomésticos de Palencia. Si no hubiera sido monja, me habría gustado ser profesora de lengua y literatura. Tras el trabajo, iba al hospital a ver a los enfermos, me subía a la sexta planta, que era donde estaban los enfermos de pulmón. Mi madre me decía: “Vas a coger lo que no tienes. Bueno, pues si lo cojo, ya lo dejaré”, respondía. También iba todos los días a rezar a las nazarenas, que tienen el Santísimo expuesto las 24 horas. 

P.¿El valor familiar de ayudar al necesitado fue decisiva para su vocación religiosa?

R. Cuando yo daba dinero a los necesitados, ese dinero no era mío; era de los pobres. Porque nosotras, de pequeñas, lo pasamos mal. Sabíamos lo que era la necesidad material. Pensé: “Yo me voy a un monasterio. Y allí tengo el mundo entero para rezar por él”. Y me dije: aquí solo puedo atender a dos y desde el monasterio a todo el mundo. Y es verdad, así lo hago yo. Me levanto muy temprano y rezo por todos; rezo por todo el mundo. 

P.Cuando llaman al monasterio y atiende usted la llamada, ¿se convierte su escucha en una especie de Teléfono de la Esperanza?

R. Sí, sí, sí, un poco sí. Personas con problemas de salud, familias con niños enfermos... Yo pido por todos ellos. Y luego vuelven a llamar para dar las gracias. Y siempre digo que las gracias se las tienen que dar a Dios. Yo no he hecho nada; bueno, he rezado. Yo, sobre todo, rezo. Y siempre digo al Señor: “Si quieres lo puedes hacer; si no lo haces, es porque no nos conviene”. 

P.Después de 57 años de vocación monástica, ¿ha llegado a alguna conclusión?

R. He llegado a la conclusión de que he elegido lo mejor para mí. Hay que florecer allí dónde Dios te ha plantado. Florecer es dar la vida cada día y cada minuto. Estoy muy contenta donde estoy. En el mundo de ahora no podría vivir. Sé cómo funciona, pues estoy al día. Viene mucha gente a la tienda y a la hospedería. Tenemos mucho contacto con el exterior. A la sociedad, aunque se extraña de esta vida monástica, le atrae también. Se demostró cuando se estrenó el documental “Libres”, por la gran acogida de público que tuvo.

P.Usted que ha conocido tantos Papas, ¿con cuál se queda?

R. Cada uno ha llegado en el momento en que la Iglesia y el mundo necesitaba su mensaje. Tenían estilos distintos, pero todos han sido profetas para el mundo y la sociedad en que vivían.

P.¿Cómo ve el papel de la mujer en la Iglesia?

R. Me encanta que cada vez esté más integrada la mujer en la Iglesia. Porque la mujer tiene que aportar su feminidad, y así existe complementariedad. Y tiene que ser escuchada para que se enriquezca la Iglesia. Pero sin luchar por el sacerdocio ministerial.

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