Matrimonios monásticos: Una propuesta para integrar la vida matrimonial en la dinámica monástica (I)
"Creemos que los matrimonios pueden aportar estabilidad, continuidad y un modo nuevo de vivir la espiritualidad compartida, enriqueciendo tanto la vida comunitaria como la propia experiencia familiar"
Soy Ramón Fandos, y junto con mi mujer Mariel hemos iniciado un proyecto que creemos puede interesar a vuestro medio. Mi mujer y yo hemos estado cinco meses inmersos en una experiencia novedosa, conviviendo con los monjes en un monasterio de La Rioja. Ha sido un tiempo intenso, lleno de descubrimientos que no esperábamos y que, sinceramente, nos han cambiado la vida.
Ahora sentimos que ha llegado el momento de compartir públicamente esta propuesta. Creemos que puede ser una oportunidad real para que muchas personas redescubran la fe y encuentren un sentido renovado para su vida. Hay algo valioso aquí, algo que merece ser contado.
Se trata de una experiencia que busca integrar la vida matrimonial en la dinámica monástica, con un objetivo muy concreto: apoyar a las comunidades que hoy están en peligro de desaparición. Creemos que los matrimonios pueden aportar estabilidad, continuidad y un modo nuevo de vivir la espiritualidad compartida, enriqueciendo tanto la vida comunitaria como la propia experiencia familiar.
No se trata de un movimiento nuevo, sino de una propuesta que busca simplemente integrarse en la diócesis, en plena comunión con la Iglesia.
Capítulo 1 – Amaos unos a otros…
Llevábamos unos días recorriendo España con una camper. La compramos con la idea de recorrer el mundo, aprovechando que mi trabajo online me lo permite. Carreteras, pueblos, paisajes… todo bien, sí, pero no nos llenaba. Estábamos haciendo realidad el sueño de nuestras vidas, pero faltaba algo.
Desde siempre, tanto mi mujer como yo hemos tenido una inquietud profunda: encontrarnos con Jesucristo Resucitado, con el que sea verdad para nosotros, más allá de los clichés, más allá de lo que puedan decir los teólogos o de lo que se espera que uno crea. Y tengo que decir que no nos ha ido mal. Cada paso que hemos dado en esa búsqueda nos ha llevado un poco más dentro, un poco más cerca, …
Con el tiempo, esa inquietud empezó a crecer y a tomar forma. Ya no bastaba con buscar a Dios para nosotros mismos: surgió una pregunta que no nos dejaba en paz. ¿Qué podemos hacer para manifestar este amor que lleva años transformando nuestras vidas? ¿Qué podemos hacer para que el Reino de Dios en la tierra pueda ser, aunque sea un poco, una realidad?
Se nos ocurrió incluir en nuestro trayecto varios monasterios cistercienses y carmelitas. Los visitábamos y pasábamos algunos días viviendo en la camper, asistiendo a los rezos y dejándonos empapar por el ritmo monástico. Y fue entonces cuando lo vimos con claridad: esto sí nos llenaba. Aquí sí había algo que resonaba con lo que buscábamos. Era esto lo que queríamos hacer.
Pero junto a esa alegría apareció también una tristeza conocida. De repente nos encontramos con la misma situación que ya sabíamos: muchos de estos monasterios están languideciendo, con comunidades muy envejecidas y cada vez más pequeñas. No entro a juzgar si está bien o mal que los monasterios vacíos se conviertan en bibliotecas u otros espacios. Lo que duele es ver cómo se va apagando un legado que viene de siglos, una tradición que ha sido un faro en medio de un mundo a menudo inhóspito, un refugio que ha ayudado a tantas personas a encontrar sentido en medio de vidas rotas por problemas y obstáculos.
¡Cuánto bien me hizo, en un momento decisivo de mi vida, poder aterrizar en un monasterio que me acogiera y me ayudara a curar mis heridas! Tenía 20 años, mi familia estaba rota, mis padres en pleno proceso de separación y yo sin fuerzas para seguir adelante. Me sentía perdido, sin rumbo, sin un lugar donde sostenerme. Allí me curé; mis heridas cicatrizaron y pude continuar con mi vida.
Un monasterio no es solo el lugar donde los monjes y monjas encuentran y realizan su vocación de soledad y oración; también es un lugar de acogida, de apertura al necesitado. Son una gran contribución a que el Reino de Dios pueda ser una realidad aquí, en esta vida. No solo en la siguiente.
Y es que el Reino de Dios del que hablaba Jesús tiene que ver con algo tan sencillo como construir una sociedad en la que todo el mundo tenga su lugar, en la que nadie sobre, en la que todos puedan tener un trabajo digno y ver crecer a sus hijos en paz, o simplemente vivir la vida que cada uno sueña sin tener que pedir permiso a nadie, ni ver peligrar su integridad por impuestos abusivos o guerras sin sentido.
Después de haber estado en varios monasterios por tierras de La Rioja, fuimos a un monasterio de carmelitas en el País Vasco. La pregunta de qué podíamos hacer para ayudar a construir el Reino de Dios seguía incrustada en nuestro corazón, y llegó a convertirse en una oración casi continua cada vez que rezábamos.
Entonces, allí con las Carmelitas, en medio del rezo de laudes, vino la respuesta. Una respuesta en forma de pregunta que suena a locura cuando la escuchas por primera vez: ¿Y si fuera posible ser monjes y casados a la vez?
Lo llamamos matrimonios monásticos.
Mi mujer y yo lo hablamos, y cuanto más lo hacíamos, más nos emocionaba la idea. Era una auténtica locura, pero ardía como fuego en nuestros corazones. Era como si toda nuestra vida hubiera sido una preparación para ese momento.
Y tomamos la decisión de poner nuestra vida a disposición del Señor, para que pudiera realizar su obra con instrumentos tan torpes como nosotros.
Entonces redactamos este pequeño manifiesto:
Compromiso maduro para una misión de esperanza
El objetivo de esta iniciativa no es crear algo nuevo, sino sumarse con humildad y generosidad al camino ya trazado por las comunidades monásticas existentes. Se trata de apoyarlas, fortalecerlas y, cuando sea necesario, habitar aquellos monasterios que hoy se encuentran vacíos o en riesgo de desaparecer, para que no se pierda el legado espiritual que han custodiado durante siglos.
No se propone asumir votos en el sentido tradicional, sino vivir un compromiso maduro, libre y profundamente cristiano, basado en el respeto a las condiciones particulares de cada comunidad y en la voluntad de integrarse con sencillez, obediencia y espíritu fraterno.
Esta llamada es para quienes, desde la madurez de la vida, sienten que aún tienen mucho que ofrecer. Personas que, habiendo recorrido el camino del matrimonio —ya sea en pareja o en viudez— y gozando de autonomía económica (bien por recibir una pensión o por tener un trabajo compatible con la vida en comunidad), desean entregarse sin reservas, vivir en comunidad, y ser testigos del Evangelio en medio de un mundo que clama por luz, consuelo y sentido.
Es una propuesta que nace del corazón de la Iglesia, como respuesta a la necesidad de reavivar la llama monástica, no con estructuras rígidas, sino con vidas disponibles, corazones abiertos y manos dispuestas a servir. Es una invitación a ser semilla del Reino, a transformar el silencio de los claustros vacíos en canto, oración y acogida.
Capítulo 2 – Dios, Padre de todos
Mi vida ha estado siempre marcada por algo tan sencillo como complicado: seguir a Jesucristo, intentando, sin conseguirlo muchas veces, buscar el justo equilibrio entre trabajo, familia, oración... Han pasado los años. Muchas cosas han cambiado o evolucionado, pero el deseo profundo, la sed de Dios, continúa con la misma fuerza.
El mensaje de Jesús sigue siendo también el mismo, pero quizás somos los cristianos los que no hemos sabido mantenerlo vivo y genuino. Un buen amigo mío me decía hace poco que el catolicismo está perdiendo toda su “clientela” y que movimientos más abiertos, como el budismo, el yoga o el zen, están creciendo exponencialmente. Las personas siguen teniendo hambre de espiritualidad y no dejan de buscarla.
Aquí hay un punto muy interesante, y también esperanzador: el cristianismo, como casi todas las religiones, tiene dos caras, dos maneras de vivirlo, de llevarlo a la vida concreta: la que conocen y siguen la mayoría de los fieles, y la que muy pocos descubren.
La primera es la del cumplimiento. Cumplo los mandamientos, voy a misa los domingos y fiestas de guardar, rezo tal o cual oración, ayuno, hago una novena, visito algún santuario mariano... Y ya me puedo llamar cristiano, católico y apostólico.
La segunda es la que viven aquellas personas que han experimentado su pobreza radical, su incapacidad absoluta para cumplir ninguna ley. En mi caso descubrí que todo ese esfuerzo por cumplir no solo no conseguía traerme la paz, sino que alimentaba mi orgullo y me convertía en juez de mí mismo y de los demás. Creaba en mí una conciencia de “cristiano practicante” para diferenciarme de los que no lo son, y muchas veces era la excusa perfecta para justificar una vida que no tenía nada que ver con vivir el amor de Dios.
Es más fácil cumplir unas normas para tranquilizar la conciencia que poner toda la vida a disposición de ese Dios que te llama a convertirte en obra suya, como dice San Francisco en Sabiduría de un pobre:
El hombre…ha creído que le bastaría con hacer esto o aquello para ser agradable a Dios, pero es a él a quien se exige. El hombre no es salvado por sus obras, por muy buenas que sean. Es preciso que se haga él mismo obra de Dios. Debe hacerse más maleable y más humilde en las manos de su Creador que la arcilla en manos del alfarero; más flexible y más paciente que el mimbre entre los dedos del que hace cestos; más pobre y más abandonado que la madera muerta en el bosque en el corazón del invierno.Solamente a partir de este estado de abandono y en esta confesión de pobreza, puede abrir a Dios un crédito ilimitado, confiándole la iniciativa absoluta de su existencia y de su salvación. Y entra entonces en una santa obediencia. Se hace niño y juega el juego divino de la creación. Más allá del dolor y del gozo, llega al conocimiento de la alegría y del poder. Puede mirar con un corazón igual al sol y a la muerte, con la misma gravedad y con la misma alegría.
Esta es la experiencia de los místicos, tan innumerables como desconocidos, porque viven sin hacer ruido y nunca salen en las noticias. Una experiencia que brota de un encuentro con Dios cara a cara, en medio de los sufrimientos de cada día, en medio de las dudas, de la fragilidad, de la debilidad. Un encuentro que transforma el corazón en la morada del Amado, que convierte al prójimo en hermano y que transforma toda la creación en tu hogar.
Tenemos que recuperar este tesoro: el misticismo no es cosa de unos pocos “privilegiados”, sino un don que todos llevamos dentro y que solo espera ser descubierto. Y aquí, precisamente, es donde todas las religiones tienen mucho en común.
Con esta disposición interior iniciamos nuestra estancia en el Monasterio de Valvanera. Durante años fue hogar de los benedictinos; hoy lo custodia la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Lo elegimos porque allí viven solo cuatro monjes, llegados desde Argentina, sosteniendo un monasterio enorme, desbordante para tan pocas manos. Nos pareció el lugar adecuado para comenzar: un sitio donde nuestra presencia, por pequeña que fuera, podía convertirse en el apoyo real que queríamos ofrecer.
No buscábamos salvarnos, ni rezar mucho para ser mejores cristianos. Buscábamos entregarnos a ese amor que nos desbordaba, a ese Dios que nos ama, a ese Jesús que se acabó en la cruz por empeñarse en liberarnos de una ley que no hacía más que aplastarnos e impedirnos vivir.
Capítulo 3 – ora… et labora
Llegamos a Valvanera a principios de septiembre. Los monjes nos permitieron instalarnos en el aparcamiento del monasterio. Todavía era temporada turística y decenas de coches, autobuses y visitantes subían y bajaban sin parar. El suelo de tierra levantaba una polvareda continua, y era imposible entrar o salir de la caravana sin que todo terminara cubierto de polvo. Y luego estaba el calor, que dentro de la camper se hacía todavía más intenso.
Pero al caer la tarde todo cambiaba. Los visitantes desaparecían, el silencio volvía a ocupar su lugar natural y la paz se extendía por todas partes como un manto. El calor se retiraba y dejaba paso al fresco limpio de la montaña. Ese contraste —el bullicio del día y la serenidad de la noche— compensaba con creces todo el ajetreo. Era como si el monasterio, por fin, pudiera respirar… y nosotros con él.
Empezamos a asistir a todos los rezos y organizamos nuestro día a día en torno a ellos. Nos levantábamos a las 6; a las 6:30 vigilias y laudes, media hora de oración en silencio y la Eucaristía hasta las 8:30.
A continuación, a las 9:15 tercia, a las 12:30 sexta y a las 15:15 nona.
Por la tarde, a las 7 oración en silencio y a las 8 vísperas. El día acababa a las 10 con completas.
Hay una sabiduría ancestral en este ritmo: Cada salmo, cada versículo de la Palabra, cada respiración en la oración silenciosa, cada suspiro, van cayendo como una gota de lluvia tenue, insignificante, imperceptible, aparentemente inocua, pero que con su goteo continuo acaba empapando el corazón, las emociones, los sentimientos, hasta llegar al alma e inundarla con la dulzura del amor de Dios.
Bien lo expresó san Juan de la Cruz:
“¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido…”
Este es el tesoro escondido que guardan todas las religiones. Cada una con sus particularidades, pero eso no importa. Cuando se experimenta este amor, la vida ya no vuelve a ser la misma, ni tampoco la percepción del mundo ni de Dios.
Bien, ya compartíamos los rezos, pero todavía faltaba algo más. La oración es esencial, pero no basta. Necesitábamos aquello sin lo cual la oración no llega a su plenitud: el trabajo. Ora et labora. Hablamos con el prior y le propusimos ayudar en lo que hiciera falta. La propuesta le sorprendió, incluso le incomodó un poco al principio. Era tan extraña como nuestra propia presencia allí. Y, siendo sinceros, no le faltaba razón: lo que hacíamos no era común y resultaba desconcertante.
Al final accedió, y nos asignaron a un monje que sería nuestro enlace. Él hablaba con nosotros y cada día nos decía qué trabajo había que hacer.
Nuestra rutina cambió. Ahora, además de los rezos, combinábamos las tareas de la camper —limpiar, cocinar, lavar la ropa, hacer las compras— con el trabajo que nos asignaban los monjes. Y yo, además, seguía con mi trabajo online como creador de contenido para enseñar inglés.
Esta se convirtió en una de las experiencias más enriquecedoras que vivimos allí. Trabajar sin esperar recompensa, ayudar en las tareas más sencillas —limpiar los lavabos, la iglesia, fregar suelos, limpiar ventanales, podar árboles — a cambio de nada, nos llenaba de una paz y una alegría serena difíciles de explicar.
Era la combinación perfecta: en la oración recibíamos el don del amor, y en el trabajo podíamos llevarlo a la práctica. Casi cinco meses viviendo así transformaron nuestras vidas, una vez más.