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Matrimonios monásticos: Una propuesta para integrar la vida matrimonial en la dinámica monástica (y II)

"Ofrecer la oportunidad de encontrarnos en directo, cada uno desde su casa, para unirnos al rezo de las horas de la Iglesia y formar una comunidad orante"

Ramón y Mariel

Publicada la primera parte, vamos ahora con la segunda parte del reportaje de Ramón Fandos y Mariel Massa sobre su novedosa experiencia de un matrimonio en la vida monástica.

Capítulo 4 – vida monástica

Tanto mi mujer como yo sabíamos bien qué era un monasterio de clausura. Ella más que yo, ya que fue monja trapense durante 30 años. Mi contacto con el monasterio fue continuo desde mi juventud, pero nunca llegué a ser monje.

Monjas y monjes

Los monjes y las monjas tienen un derecho y un deber inalienables que no hay que olvidar: el derecho y el deber de ser personas humanas, como los demás. No es justo pensar en ellos como personas perfectas, con un aura de santidad alrededor de la cabeza. Y no lo es porque esa idea se convierte en una exigencia cuando nos relacionamos con ellos, imponiéndoles una carga que nadie puede soportar.

Un monje, una monja, al igual que una persona casada, un soltero, una soltera, un viudo o una viuda son personas que han seguido una vocación concreta y hacen lo que pueden con su vida. La vida monástica es una opción para unos pocos y puede llegar a hacerse muy dura si algún día se apaga esa llama que la mantenía viva.

Por otra parte, sabemos de sobra que el Espíritu sopla donde quiere y reparte sus dones y carismas a voluntad. Unas veces por los cauces “normales” y otras veces lo hace de formas que parecen una auténtica locura, como la de ser personas casadas y monjes al mismo tiempo … y, sin embargo, ahí está. Si es el Espíritu quien la suscita, seguirá adelante; y si no lo es, tampoco importa demasiado, porque nuestras vidas —la de mi mujer y la mía— han cambiado desde que iniciamos este camino.

No solo se ha estrechado nuestra relación con Dios: también nos hemos acercado más el uno al otro, nos queremos con más hondura y más verdad, y hemos visto crecer también el cariño hacia nuestros amigos más íntimos. Es como si ese soplo del Espíritu, al abrirnos a una vocación inesperada, hubiera abierto también espacios nuevos en nuestro corazón para amar mejor.

Y quizá por eso mismo empezamos a ver con más claridad otras “locuras” que deberían hacerse realidad: la locura de dejar que Dios sea Dios, de permitir que el Espíritu sople donde quiera y no solo donde algunos creen que debe soplar. La locura de abrirnos sin reservas a su grandeza y reconocer, de una vez por todas, que todos los fieles compartimos la misma dignidad, que no existen intermediarios entre Dios y su pueblo, que no hay privilegios sacerdotales ni morales que coloquen a unos por encima de otros. Todos estamos llamados a lo mismo: a oler a oveja y a pastor, sin importar el género, la condición o la historia de cada uno.

Capilla de Valvanera

Más allá de interpretaciones, dogmas o creencias, por encima de todo está Dios, que ve en cada ser humano a su Hijo. Eso es lo que realmente nos une. Y ese debería ser el gran dogma de los cristianos. Solo cuando descubrí que el prójimo era de verdad mi hermano pude empezar a amarlo. Y pude ver hasta qué extremo es así en este monasterio, conviviendo con personas de otra cultura y con formas de aplicar el evangelio que a veces me desconcertaban.

Allí, con estos monjes, comprendí que juzgar a alguien por sus ideas —políticas, religiosas o de cualquier tipo— conlleva el peligro de dejar de verlo como persona. Y cuando dejamos de ver a alguien como persona, el amor se vuelve imposible. Entonces llegan la incomprensión, la distancia, el terreno donde nace el odio. Ese es el verdadero infierno: el que aparece cuando desaparecen el amor y la fraternidad. A eso deberíamos temerle más que a cualquier otra cosa.

Camper de Ramón y Mariel

Capítulo 5 – precariedad y felicidad

La vida en la camper es bastante precaria, pero es una experiencia que vale la pena vivir.

Me llamo Ramón Fandos, tengo 59 años. Soy católico por fe y por vocación; profesionalmente me dedico a la creación de contenido. Enseño inglés a través de mis canales en redes sociales. A día de hoy tengo unos 250.000 seguidores que van creciendo continuamente y millones de visualizaciones, pero eso no cambia lo esencial: soy una persona normal, con una vida sencilla. Estoy casado con Mariel y vivimos en una casa corriente, en un pueblecito de la provincia de Teruel con apenas 80 habitantes, en pleno campo. Allí somos felices. Mi trabajo va bien y llevamos una vida cómoda y tranquila.

Me presento así porque, en más de una ocasión, algunas personas han pensado que vivíamos en la camper por necesidad, como si no tuviéramos trabajo o un lugar donde estar. Nada más lejos de la realidad. La camper ha sido una elección: una forma de empezar a vivir de otro modo, de abrir caminos nuevos que puedan servirnos a nosotros y, ojalá, también ayudar a otros.

Ramón en Valvanera

Durante nuestra estancia en Valvanera, las dos claves que nos ayudaron a vivir intensamente la fe, fueron la oración y el trabajo, como ya he relatado. Pero hubo un tercer elemento que ayudó, y mucho: la sencillez de vida a la que te obliga vivir en un espacio reducido y con tan pocas cosas.

Nuestra camper es muy pequeña: una cama, un aseo diminuto con ducha, una cocina pegada a la cama y los asientos delanteros que giran para ganar un poco de espacio cuando estamos aparcados. Algunos armarios para lo básico y poco más.

Ese pequeño espacio era nuestro hogar y también mi lugar de trabajo. Allí dormíamos, cocinábamos, nos aseábamos, comíamos y, además, yo daba mis clases en directo y grababa mis vídeos. Todo ocurría en unos pocos metros cuadrados, lo que nos obligaba a organizarnos bien y a tener paciencia, pero funcionaba. Todo encontraba su sitio.

En invierno, a veces amanecíamos con nieve; otras, con barro hasta los tobillos porque el suelo del aparcamiento es de tierra. Había días de viento tan fuerte que la camper se movía entera, como si fuera una cuna. Y noches en las que el frío se colaba incluso con la calefacción encendida. Pero, sin duda, las peores eran las noches de lluvia: las gotas golpeaban la chapa con tanta fuerza que el ruido hacía casi imposible dormir. Era como intentar descansar dentro de un tambor.

El agua potable la recogíamos en una fuente cercana, y la del aseo salía del depósito del vehículo, que teníamos que rellenar con frecuencia. Y cada vez que necesitábamos ir a la ciudad, la operación se convertía en un pequeño ritual: al menos hora y media para asegurar cada objeto, reordenar todo y dejarlo preparado para que nada se moviera durante el trayecto. 

Mariel en Valvanera

A pesar de todo, esa forma de vivir nos ensanchó el espíritu. Es sorprendente descubrir lo poco que se necesita para ser feliz. Como si la grandeza interior creciera justo cuando las cosas materiales se reducen a lo esencial.

Era una vida sencilla, precaria en muchos sentidos, pero aun así —o quizá precisamente por eso— nos parece la mejor que hemos vivido nunca.

Capítulo 6 – Conclusión

Un camino que empieza a tomar forma

Cuando miramos hacia atrás, comprendemos que lo vivido en estos meses no ha sido un paréntesis ni una experiencia aislada, sino el comienzo de un camino que necesita ser discernido y encuadrado eclesialmente. En nosotros ha despertado una manera distinta de vivir el matrimonio: con un corazón disponible y consciente de que cualquier paso que trascienda lo estrictamente personal debe situarse en el marco de la Iglesia diocesana.

Sabemos que esta intuición no es habitual y que, para tomar forma, requiere un marco claro y una coordinación que no puede depender de iniciativas individuales. Por su propia naturaleza, corresponde a la Diócesis valorar, definir y, en su caso, articular los pasos necesarios para que algo así pueda desarrollarse con claridad y comunión.

Nosotros hemos dado un primer paso. Si este camino está llamado a continuar, será en la medida en que la Diócesis lo asuma, lo estructure y lo proponga como una posible vía para otros matrimonios que sientan esta inquietud como vocación. El crecimiento, la forma concreta y la coordinación no dependen de una iniciativa privada, sino del discernimiento y liderazgo de quien tiene la responsabilidad pastoral de integrarlo en la vida de la Iglesia.

Capilla de Valvanera

Una propuesta abierta para todos: rezar juntos la Liturgia de las Horas

Somos conscientes de que esta propuesta puede resultar exigente y de que no todas las personas, aun deseándolo, podrán llevarla a cabo por su situación concreta, la distancia u otras circunstancias. Por eso queremos abrir también una posibilidad más sencilla y accesible, con el mismo espíritu de servicio: crear espacios donde la fe pueda vivirse con mayor libertad, esperanza y humanidad mediante el rezo participativo de la Liturgia de las Horas a través de Zoom.

La idea es muy simple: ofrecer la oportunidad de encontrarnos en directo, cada uno desde su casa, para unirnos al rezo de las horas de la Iglesia y formar una comunidad orante. No hace falta experiencia previa ni pertenecer a ningún grupo; basta el deseo de rezar y compartir un espacio de fe con otros.

Esta propuesta se presenta también como una aportación abierta a las diócesis y a los órganos eclesiásticos competentes, para que puedan discernirla y, si lo estiman conveniente, darle la forma y el impulso pastoral que consideren más adecuados al servicio de los fieles.

Atardecer en Valvanera

Para ponerse en contacto con Ramón y Mariel pueden escribir al siguiente email: fandosrj@gmail.com

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