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Homilía del Papa en la parroquia de Sant Agustí

El Papa saluda a una religiosa adoratriz que trabaja con víctimas de la trata | RD/Captura

Estimats germans i germanes, Bona tarda! 

Agradezco al Cardenal Arzobispo la cordial bienvenida y las palabras que me ha dispensado, así como también al delegado de pastoral social y a quienes han compartido con nosotros sus testimonios sobre las realidades de caridad y asistencia diocesanas. Quisiera agradecer a Renzo su carta y las preguntas que me hace, intentaré responder algunas: 

Respecte a si m’agrada el futbol, t’haig de confessar que jo jugo al tennis i que m’agrada molt, però també aprecio el futbol; de fet, en els meus anys com a bisbe al Perú m’agradava seguir com anaven els equips locals; i ara, com a Papa he rebut també clubs de futbol i grups esportius. L’esport és important perquè ajuda a créixer sans de cos i de ment. Demà començarà el Mundial, i molts seguiran els partits. El futbol ens recorda quelcom que no podem oblidar: la vida no és una carrera per lluir-se en solitari, sinó un camí que aprenem a recórrer junts. Qui no sap passar la pilota, encara que tingui talent, no ha entès el joc. I qui no sap viure amb els altres i per als altres, encara no ha entès la vida.  

Em preguntes si de petit volia ser Papa. Bé doncs, Renzo, crec que no. Crec que mai ho vaig pensar. Però si que puc dir una cosa: des de petit vaig sentir el desig d’entregar la meva vida a Déu. No sabia encara del tot, el com ni per on em portaria el Senyor. Amb el temps vaig descobrir que Jesús em cridava a seguir-lo com a sacerdot, i que aquest camí passava per l’ordre de san Agustí. Però això no val solament per a mi. Cada nen és un somni de Déu. Tu també ho ets. Déu desitja la felicitat de tots i vol que, des de petits i durant tota la vida, conservem un cor com el dels nens (cf. Mt 18,3): capaç de confiar, ple de bondat; vol que siguem els seus amics i que no ens apartem d’Ell. Per això, més important que preguntar-nos si un serà sacerdot, metge, mestre, pare de família o qualsevol altra cosa, cal preguntar-se si vols ser amic de Jesús. Perquè l’amistat amb Jesús ens dóna alegria, ens fa lliures i ens ajuda a veure, pas a pas, la vocació i el camí que Déu ha pensat per cadascú de nosaltres. 

[Con respecto a si me gusta el fútbol, te confieso que yo juego al tenis y me gusta mucho, pero también aprecio el fútbol; de hecho, en mis años como obispo en Perú me gustaba seguir cómo iban algunos equipos locales; y ahora, como Papa he recibido también a clubes de fútbol y grupos deportivos. El deporte es importante porque ayuda a crecer sanos de cuerpo y de mente. Mañana comenzará el Mundial, y muchos estarán atentos a los partidos. El fútbol nos recuerda algo que no debemos olvidar: la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que aprendemos a recorrer juntos. Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida.  

Me preguntas si de pequeño quería ser Papa. Bueno, Renzo, creo que no. Yo creo que nunca lo pensé. Pero sí puedo decirte algo: desde pequeño sentí el deseo de entregar mi vida a Dios. No sabía todavía del todo cómo ni por dónde me llevaría el Señor. Con el tiempo fui descubriendo que Jesús me llamaba a seguirlo como sacerdote, y que ese camino pasaba por la orden de san Agustín. Pero esto no vale sólo para mí. Todo niño es un sueño de Dios. Tú también lo eres. Dios desea la felicidad de todos y quiere que, desde pequeños y durante toda la vida, conservemos un corazón como el de los niños (cf. Mt 18,3): capaz de confiar, lleno de bondad; quiere que seamos sus amigos y no nos apartemos de Él. Por eso, más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno.

No es fácil encontrar la respuesta a tu pregunta sobre por qué hay personas a las que les pasan cosas malas y, en cambio, a otras no. Pensar en la vida de Jesús nos puede ayudar. La Palabra de Dios nos dice que nuestro Señor «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38) y, sin embargo, sabemos que fue crucificado. Pero ahí no terminó la historia, porque resucitó al tercer día, y venció al mal y a la muerte. A través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, Él nunca abandona a ninguno de sus hijos, porque nos tiene preparada 

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una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor. Tengamos confianza, Jesús está con nosotros, nos ayuda y acompaña, y nos da fuerzas para atravesar los momentos difíciles que podamos encontrar en la vida.  

Sí, los abuelos son muy importantes en la vida de las familias. Nunca deberían quedarse solos. A menudo, ellos son los que cuidan a los nietos mientras los padres van a trabajar y así, con cariño y dedicación, ayudan a los niños a conocer el amor a Dios y al prójimo, para que eche raíces en sus corazones y un día lleguen a ser hombres y mujeres de bien. Y ¿cómo debemos corresponder al amor?, pues con amor. Es lo que Jesús quiere que hagamos. Cuidar y acompañar a nuestros abuelos en su vejez, así como ellos, a su tiempo, cuidaron de nosotros. No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste. Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos; y aunque no sean nuestros abuelos, no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos. Porque, si no queremos la soledad para nosotros, tampoco debemos permitirla para los demás. 

Con respecto a si debemos perdonar siempre, Jesús nos dice que sí. Un día Pedro le preguntó: «Señor, si alguien me hace daño, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22). Con eso quiso decir: perdona siempre. Pero hay que entender bien qué significa perdonar. Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón. Jesús nos pide perdonar porque es la única manera de experimentar la paz de Dios y de sanar heridas espirituales. Cuando perdonamos imitamos el ejemplo de Jesús, que perdonó a quienes lo crucificaban. Nuestra disposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios.  

Germans i germanes, 

Estar aquí, en aquesta església de Sant Agustí, obre el nostre cor a una veritat que el sant Bisbe de Hipona ens indica: ser cristians és abans que res, un regal, una gràcia. Fonamentats en Crist, que és la pedra vida, experimentem l’acció de l’Esperit Sant, amb la convicció de que tot esforç realitzat sincerament per a cooperar amb Ell a favor del proïsme serà beneit pel Pare celestial, en qui posem la nostra esperança. Com a membres del Cos Místic de Crist, estem realment units al destí d’aquells a qui Déu estima i convida a participar de la seva vida. 

Cridats a estimar Déu, i per amor a Ell, als nostres germans, som també enviats a sortir per trobar-nos amb tothom. El cristià, a més de ser bondadós i amable, ha de ser compassiu, estimar sense interès i buscar el bé dels demés, sabent que en cada germà i germana que sofreix hi trobem el mateix Senyor qui demana i rep, qui és acollit o rebutjat, estimat o menyspreat. 

[Hermanos y hermanas: 

Estar aquí, en la iglesia de Sant Agustí, abre nuestro corazón a una verdad que el santo Obispo de Hipona nos indica: ser cristianos es, ante todo, un regalo, una gracia. Cimentados en Cristo, que es la piedra viva, experimentamos la acción del Espíritu Santo, con la convicción de que todo esfuerzo realizado sinceramente para cooperar con Él en favor de nuestro prójimo será bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza. Como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, estamos realmente ligados al destino de aquellos a quienes Dios ama e invita a participar de su vida.  

Llamados a amar a Dios, y por amor a Él, a nuestros hermanos, somos también enviados a salir al encuentro de todos. El cristiano, además de ser bondadoso y amable, ha de ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás, sabiendo que en cada hermano y hermana que sufre es el mismo Señor quien pide y recibe, quien es acogido o rechazado, amado o despreciado.

La caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad  a la vida personal y comunitaria de todo cristiano. De ahí que cada comunidad eclesial diocesana,  movida por la caridad e instruida por el Espíritu Santo, está llamada a acercarse, según sus propias  posibilidades y capacidades, con discreción, delicadeza y perseverancia a las heridas y necesidades  de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza. Lo hace 

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imitando la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, por amor a nosotros, siendo rico, se hizo  pobre para enriquecernos con su gracia y su salvación, y nos llama también a reconocerlo y socorrerlo  en los más necesitados (cf. Mt 25,40). 

Por eso, es una alegría encontrarme esta tarde con todos vosotros que, de diferentes maneras, estáis concretamente vinculados a la asistencia, acompañamiento y promoción de quienes más lo necesitan, sobre todo en los tiempos que estamos viviendo, en los que parece haberse perdido el sentido de la dignidad sagrada del ser humano.  

Me gustaría subrayar que como cristianos estamos llamados a la tarea de hacer presente el amor de Dios por cada hombre y cada mujer, en el tejido concreto de la historia. El libro del Génesis nos narra que Dios creó «al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,27). En ello radica la dignidad inalienable de todo ser humano, que no depende de las capacidades que posee, de las riquezas que acumula o del rol que desempeña, sino del don que lo precede y lo excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla (cf. Magnifica humanitas, 50).  

El Señor, pues, nos invita a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano. Como hijos del mismo Padre, toda persona está constitutivamente hecha para la relación; ha sido pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación (cf. ibíd.). Una expresión singular de este anhelo divino la constituyen las realidades diocesanas de caridad y asistencia de las que vosotros formáis parte y que lleváis adelante con esfuerzo y dedicación, con la conciencia de que la persona humana está en el centro de la acción de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 24) y de que la caridad es «el mayor mandamiento social» (CCE, 1889).  

Us encoratjo, units amb els vostres pastors, a continuar animant aquests apostolats, donant testimoni de l’Evangeli i mostrant al món la bellesa de la vida cristina, que anticipa aquí i ara la justícia i la pau que seran plenes en el Regne de Déu. Sigueu, doncs, testimonis creïbles de l’esperança cristiana en el servei sol·lícit dels germans i germanes que, en una condició de vida precària, marcada per la privació, la fragilitat o la marginació, a més de l’ajuda material i el sosteniment moral, necessiten Déu, la seva amistat, la seva benedicció, la seva Paraula, els seus Sagraments i la proposta d’un camí de creixement i de maduració en la fe (cf. Evangelii gaudium, 200). 

[Os aliento a que, unidos a vuestros pastores, continuéis animando estos apostolados, dando testimonio del Evangelio y mostrando al mundo la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. Sed, pues, testigos creíbles de la esperanza cristiana en el servicio solícito a los hermanos y hermanas que, en una condición de vida precaria, marcada por la privación, la fragilidad o la marginación, además de ayuda material y sostén moral, necesitan a Dios, su amistad, su bendición, su Palabra, sus Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe (cf. Evangelii gaudium, 200).

Deposito a los pies de Nuestra Señora del Buen Consejo vuestro trabajo y vuestra entrega, para que su intercesión os acompañe y el Señor haga fructificar abundantemente todo el bien que procuráis. Que Dios os bendiga. Muchas gracias. 

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