La visita del Papa y el papel de la Comisión Asesora del PRIVA: una desconfianza legítima
"Si así trata la Iglesia a las víctimas durante la visita del Papa, ¿qué confianza podemos tener en que actúe con neutralidad, transparencia y verdadera voluntad reparadora cuando intervenga en nuestros expedientes?"
Como víctima de abusos sexuales sufridos en el ámbito de la Iglesia católica y como persona que actualmente participa en el nuevo procedimiento de reconocimiento y reparación previsto en el acuerdo entre el Estado y la Iglesia, quiero expresar una preocupación que estos días se ha hecho todavía más evidente: si así trata la Iglesia a las víctimas durante la visita del Papa, ¿qué confianza podemos tener en que actúe con neutralidad, transparencia y verdadera voluntad reparadora cuando intervenga en nuestros expedientes?
La visita del Papa a España ha dejado una imagen muy difícil de digerir para muchas víctimas. En los discursos, palabras solemnes. En los titulares, referencias a la escucha, a la reparación, a la herida abierta de los abusos. En la práctica, un encuentro reducido, falta de transparencia, asociaciones y víctimas que se han sentido excluidas, solicitudes sin respuesta y un silencio especialmente doloroso en lugares donde la pederastia clerical no es una nota al pie, sino una herida abierta.
Una vez más, la Iglesia ha demostrado una habilidad extraordinaria para hablar de las víctimas sin escuchar a muchas víctimas.
No cuestiono que el Papa reciba a quienes haya recibido. Toda víctima merece ser escuchada. No hay víctimas de primera y de segunda por el hecho de ser recibidas o no. Mi crítica no va dirigida contra ninguna víctima, sino contra quienes organizan, seleccionan, callan, filtran y deciden quién merece ser escuchado y quién puede seguir esperando.
Porque lo ocurrido no es un simple problema de agenda. Para quienes hemos sufrido abusos dentro de la Iglesia, el silencio institucional nunca es neutro. Es una forma conocida de daño. Es el mismo eco de siempre: la víctima pide, la institución administra; la víctima habla, la institución filtra; la víctima espera, la institución decide si responde o no.
Durante décadas, muchas víctimas vivimos abusos, silencio, falta de protección, encubrimientos, minimización, incredulidad y abandono. Demasiadas veces la Iglesia española llegó tarde, mal o simplemente no llegó. Demasiadas veces protegió antes la imagen institucional que la dignidad de quienes habían sido dañados.
Ahora, en el presente, cuando el Papa visita España y toda la atención pública está puesta sobre la Iglesia y las víctimas, volvemos a ver una escena demasiado conocida: discursos correctos, gestos calculados, encuentros privados de alcance limitado, falta de explicación sobre los criterios y muchas víctimas otra vez fuera. Algunas asociaciones han denunciado exclusión. Víctimas independientes, que no pertenecemos a ninguna estructura organizada, también hemos visto cómo nuestras solicitudes pueden quedar sin respuesta.
Y aquí aparece el futuro inmediato: el nuevo procedimiento de reparación.
El protocolo de reconocimiento y reparación a víctimas de abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia católica prevé que, tras la valoración de la Unidad de Víctimas del Defensor del Pueblo, intervenga la Comisión Asesora del PRIVA/CPRIVA para emitir su criterio. Es decir, la Iglesia española no queda situada únicamente como institución responsable que debe reparar, sino que conserva un papel dentro del recorrido de valoración de las reparaciones.
Después de lo visto estos días, la pregunta es inevitable: si la Iglesia no es capaz de escuchar de forma plural, transparente y respetuosa a las víctimas durante una visita papal, ¿por qué deberíamos confiar en que actuará con plena sensibilidad y neutralidad cuando tenga delante la reparación concreta de cada expediente?
No es una desconfianza abstracta. Es una desconfianza aprendida.
No se trata solo de dinero. Se trata de cómo se trata a una víctima cuando vuelve a entregar su historia, sus informes, sus secuelas y su vida entera a una estructura vinculada al mismo mundo que la dañó
Quienes ya hemos pasado por el PRIVA sabemos lo que significa encontrarse con procesos poco claros, sin baremos públicos suficientes, con decisiones insuficientemente explicadas y con la sensación de que la institución que debía reparar seguía administrando el daño. No se trata solo de dinero. Se trata de cómo se trata a una víctima cuando vuelve a entregar su historia, sus informes, sus secuelas y su vida entera a una estructura vinculada al mismo mundo que la dañó.
La Iglesia española no debería estar en posición de evaluar a sus propias víctimas. No debería poder matizar, revisar, discutir o condicionar la valoración de una instancia independiente como el Defensor del Pueblo. Su papel debería ser mucho más sencillo y mucho más difícil a la vez: colaborar, aportar la documentación necesaria, asumir responsabilidades, acatar la valoración independiente y reparar.
Lo demás suena demasiado a lo de siempre, aunque se escriba con lenguaje nuevo.
Porque una cosa es decir ante los focos que los abusos son una llaga abierta, y otra muy distinta es mirar esa llaga cuando sangra delante. Una cosa es hablar de verdad, justicia y reparación en un discurso, y otra es responder a las víctimas incómodas. Una cosa es reunirse con un grupo reducido de personas, y otra escuchar a la pluralidad real de víctimas: asociadas, no asociadas, visibles, invisibles, cómodas, críticas, heridas, agotadas y muchas veces solas.
La Iglesia sabe organizar actos. Sabe cuidar símbolos. Sabe medir palabras. Lo que todavía no demuestra saber hacer es algo mucho más básico: responder a todas las víctimas con respeto.
No todas las víctimas pertenecemos a una asociación. No todas hemos pasado por proyectos eclesiales. No todas tenemos portavoz, estructura o respaldo. Algunas hemos caminado solas, pagando un coste personal enorme. Haber luchado de forma independiente no nos convierte en víctimas menores. Nuestro dolor no vale menos. Nuestra voz no es menos legítima.
Y tampoco las asociaciones críticas pueden ser tratadas como un estorbo. Muchas han sostenido durante años lo que la Iglesia no sostuvo: la memoria, la denuncia, el acompañamiento y la presión para que la reparación no quedara enterrada bajo buenas palabras.
Por eso lo ocurrido con la visita del Papa no es solo una decepción. Es una advertencia.
Si cuando todo el mundo mira se deja fuera a tantas víctimas, ¿qué pasará cuando cada una vuelva a estar sola ante su expediente?
Si cuando se habla de escucha se administra quién puede ser escuchado, ¿qué pasará cuando se hable de reparación económica, de tratamientos, de daño moral, de pérdida de oportunidades, de incapacidad, de secuelas y de vidas rotas?
Si la Iglesia sigue viendo a las víctimas como un problema de imagen, ¿cómo va a repararlas como personas?
La reparación verdadera exige independencia, transparencia y centralidad real de la víctima. Exige valorar el daño completo: psicológico, físico, social, familiar, económico, moral y vital. Exige reconocer no solo el abuso, sino todo lo que vino después: el silencio, la soledad, la desprotección, los tratamientos, la precariedad, la pérdida de oportunidades y todo lo que muchas víctimas no pudimos construir.
Pero también exige algo previo: que la institución responsable deje de colocarse en posición de poder frente a quienes fueron dañados.
La Comisión Asesora del PRIVA/CPRIVA no puede convertirse en un nuevo filtro eclesialsobre el dolor de las víctimas. No puede ser una puerta más, una demora más, una discusión más, una forma más de que la Iglesia matice lo que una instancia independiente ha valorado.
Se nos dice que, si no hay acuerdo, finalmente prevalecerá la valoración del Defensor del Pueblo. Bien. Pero antes de llegar ahí puede haber desgaste, informes, plazos, discusiones, matices y otra vez la sensación de que la víctima debe demostrarlo todo ante quienes deberían limitarse a reparar.
Y eso también revictimiza.
La visita del Papa ha mostrado una contradicción difícil de tapar con incienso: la Iglesia quiere hablar de las víctimas, pero le cuesta escuchar a las víctimas
La visita del Papa ha mostrado una contradicción difícil de tapar con incienso: la Iglesia quiere hablar de las víctimas, pero le cuesta escuchar a las víctimas. Quiere hablar de reparación, pero conserva mecanismos para intervenir en la reparación. Quiere aparecer como institución que reconoce el daño, pero sigue sin responder adecuadamente a muchas personas dañadas.
Quizá el problema no es que las víctimas seamos díscolas, molestas o difíciles. Quizá el problema es que algunas víctimas ya no aceptamos que nos sienten en la última fila de nuestra propia reparación.
Si la Iglesia quiere demostrar que esta vez va en serio, debe dejar de decidir sobre las víctimas y empezar a responder ante ellas.
El Defensor del Pueblo debe valorar de forma independiente. La Iglesia española debe acatar esa valoración y reparar.
Todo lo demás corre el riesgo de repetir, con otro lenguaje y otros papeles, la misma dinámica de siempre: la víctima habla, la Iglesia filtra; la víctima pide reparación, la Iglesia matiza; la víctima espera, la Iglesia administra los tiempos.
Y eso no es reparación. Es una vieja herida con membrete nuevo.