El Papa reitera en la audiencia general su petición de paz en Ucrania, Palestina e Israel La receta de Francisco contra la tristeza: "La fe echa fuera el miedo"

Francisco, en oración antes de iniciar la audiencia general
Francisco, en oración antes de iniciar la audiencia general RD/Captura

No de la "tristeza amiga, que nos lleva a la salvación", sino de la que "es una enfermedad del alma", trató la catequesis del papa Francisco en la audiencia general de este miércoles, 7 de febrero, en donde advirtió de los efectos de un sentimiento que, "de ser una emoción natural, puede convertirse en un estado de ánimo maligno"

"Es un demonio astuto, el de la tristeza -prosiguió el Papa-. Los padres del desierto la describían como un gusano del corazón, que erosiona y vacía a quien la alberga. Pero se puede combatir fácilmente custodiando el pensamiento de la resurrección de Cristo"

A la hora de los saludos, antes de finalizar la audiencia, el Papa volvió a pedir "no olvidar las guerras, no olvidar a la martirizada Ucrania, Palestina, Israel, a los rohingya y a tantas personas que sufren en todos lados... La guerra es siempre una derrota, oremos por la paz, necesitamos la paz"

No de la "tristeza amiga, que nos lleva a la salvación", sino de la que "es una enfermedad del alma", trató la catequesis del papa Francisco en la audiencia general de este miércoles, 7 de febrero, en donde advirtió de los efectos de un sentimiento que, "de ser una emoción natural, puede convertirse en un estado de ánimo maligno".

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"Es un demonio astuto, el de la tristeza -prosiguió el Papa-. Los padres del desierto la describían como un gusano del corazón, que erosiona y vacía a quien la alberga. Pero se puede combatir fácilmente custodiando el pensamiento de la resurrección de Cristo" porque, enfatizó, "por muy llena que esté la vida de contradicciones, de deseos vencidos, de sueños no realizados, de amistades perdidas, gracias a la resurrección de Jesús podemos creer que todo se salvará".

En este sentido, aseveró que "la fe echa fuera el miedo, y la resurrección de Cristo quita la tristeza como la piedra del sepulcro. Cada día de los cristianos es un ejercicio de resurrección", por lo que exhortó a que "el Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a vencer la tristeza con la santidad".

Un grupo de matrimonios espera la bendición del Papa en la audiencia general
Un grupo de matrimonios espera la bendición del Papa en la audiencia general RD/Captura

A la hora de los saludos, antes de finalizar la audiencia, el Papa volvió a pedir "no olvidar las guerras, no olvidar a la martirizada Ucrania, Palestina, Israel, a los rohingya y a tantas personas que sufren en todos lados... La guerra es siempre una derrota, oremos por la paz, necesitamos la paz", concluyó.

Finalmente, en los saludos a algunos de los invitados, Francisco conversó un instante con el obispo de Mallorca, Sebastià Taltavull.

Taltavull saluda al Papa tras la audiencia
Taltavull saluda al Papa tras la audiencia RD/Captura

Texto de la audiencia general

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro recorrido de catequesis sobre los vicios y las virtudes, hoy nos detenemos sobre la tristeza, entendida como un abatimiento del alma, una aflicción constante que impide al ser humano experimentar la alegría en su existencia.

Ante todo, hay que señalar que, respecto a la tristeza, los Padres hacían una distinción importante. Hay en efecto una tristeza que es propia de la vida cristiana y que con la gracia de Dios se transforma en alegría: ésta, por supuesto, no debe rechazarse y forma parte del camino de conversión. Pero hay también un segundo tipo de tristeza, que se insinúa en el alma y que la hace caer en un estado de abatimiento: es este segundo tipo de tristeza el que hay que combatir resueltamente y con todas las fuerzas, porque procede del Maligno. También encontramos esta distinción en San Pablo, que escribiendo a los Corintios dice lo siguiente: «Esa tristeza, de Dios, produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar; en cambio, la tristeza del mundo produce la muerte.» (2 Cor 7,10).

Hay, entonces, una tristeza amiga, que nos lleva a la salvación. Pensemos en el hijo pródigo de la parábola: cuando toca el fondo de su degeneración, experimenta una gran amargura, y esto le impulsa a recapacitar y a decidir volver a la casa paterna (cf. Lc 15, 11-20). Es una gracia gemir por los propios pecados, recordar el estado de gracia del que hemos caído, llorar porque hemos perdido la pureza en la que Dios nos soñó.

Obispos asistentes a la audiencia general del Papa Francisco
Obispos asistentes a la audiencia general del Papa Francisco RD/Captura

Pero hay una segunda tristeza, que es una enfermedad del alma. Surge en el corazón humano cuando se desvanece un deseo o una esperanza. Aquí podemos referirnos al relato de los discípulos de Emaús, en el Evangelio de Lucas. Aquellos dos discípulos salen de Jerusalén con el corazón desilusionado, y se confían al forastero, que en cierto momento los acompaña: «Nosotros esperábamos que fuera él – o sea Jesús - quien librara a Israel.» (Lc 24,21). La dinámica de la tristeza está ligada a la experiencia de la pérdida. En el corazón del ser humano nacen esperanzas que a veces se ven defraudadas. Puede tratarse del deseo de poseer algo que no se puede conseguir; pero también de algo importante, como la pérdida de un afecto. Cuando esto sucede, es como si el corazón del ser humano cayera en un precipicio, y los sentimientos que experimenta son desánimo, debilidad de espíritu, depresión, angustia. Todos pasamos por pruebas que nos generan tristeza, porque la vida nos hace concebir sueños que luego se hacen añicos. En esta situación, algunos, tras un tiempo de agitación, se apoyan en la esperanza; pero otros se revuelcan en la melancolía, dejando que ésta se infeste gangrenandose en sus corazones. La tristeza es el placer del no-placer.

El monje Evagrio cuenta que todos los vicios persiguen el placer, por efímero que sea, mientras que la tristeza disfruta de lo contrario: adormecerse en una tristeza sin fin. Ciertas tristezas prolongadas, en las que una persona sigue engrandeciendo el vacío de quien ya no está, no son propias de la vida en el Espíritu. Ciertas amarguras resentidas, en las que una persona tiene siempre en mente una reivindicación que le hace adoptar el disfraz de víctima, no producen en nosotros una vida sana, y menos aún cristiana. Hay algo en el pasado de todos que necesita ser sanado. La tristeza, de ser una emoción natural, puede convertirse en un estado de ánimo maligno.

Es un demonio astuto, el de la tristeza. Los padres del desierto la describían como un gusano del corazón, que erosiona y vacía a quien la alberga. Pero se puede combatir fácilmente custodiando el pensamiento de la resurrección de Cristo. Por muy llena que esté la vida de contradicciones, de deseos vencidos, de sueños no realizados, de amistades perdidas, gracias a la resurrección de Jesús podemos creer que todo se salvará. Jesús ha resucitado no sólo por sí mismo, sino también por nosotros, para redimir toda la felicidad que ha quedado insatisfecha en nuestras vidas. La fe echa fuera el miedo, y la resurrección de Cristo quita la tristeza como la piedra del sepulcro. Cada día de los cristianos es un ejercicio de resurrección. Georges Bernanos, en su famosa novela Diario di un curato di campagna, hace decir al párroco de Torcy lo siguiente: "La Iglesia dispone de la alegría, de toda esa alegría que está reservada a este triste mundo. Lo que han hecho contra ella, lo han hecho contra la alegría". Y otro escritor francés, León Bloy, nos dejó esta maravillosa frase: "No hay más que una tristeza, [...] la de no ser santos". Que el Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a vencer la tristeza con la santidad.

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