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Hélène Carrère, de la Academia francesa, murió muy cristiana: católica y ortodoxa

Helene Carrere

No hay cosa más bella que tú. Gracias por haber existido”. (La Bomba radio)

Emmanuel Carrère, su hijo, es el autor de un libro, cuya primera edición es de febrero de 2026; en castellano se titula Koljós y en catalán Kolkhoz. El autor confiesa tener padecimientos mentales, confesión que le honra, a diferencia de otros que hacen de ello un secreto de familia. No quita dramatismo al peligroso padecimiento, el hecho frívolo de ser moda y motivo de presunción el decir a los demás, en conversación de club de élite, que se es bipolar; casi como decir, para presumir, que se tiene un hijo o hija de muy alta capacidad. 

Koljós

Hace once años, leí a un psicoanalista: “El 25% de los sujetos deprimidos están siendo vueltos a diagnosticar como bipolares o maníacos y depresivos. Es muy curiosa la comercialización de medicamentos”. Es menos preocupante, por ser de dinero, lo que el autor cuenta en la página 242: “Habré pasado unos treinta años en los divanes de psicoanalistas” ¡Con lo que debe costar eso! Por cierto, que “diván” viene de diwan, palabra persa -hoy lo persa está de moda- como tantas otras palabras, entre ellas paraíso, que es espacio muy religioso. Dicen que los divanes psicoanalíticos de hoy son de escay, sin tapices persas -Persia otra vez- a modo de cobertores como los de Freud, que, incluso, los llevó a Inglaterra cuando huyó de Viena por ser judío.    

Emmanuele Carrère, que parece querer ser al principio del libro, de una “brutal sinceridad”, que dijera un crítico, y duro contra su madre, acaba siendo de una ternura de hijo bien nacido. Ciertamente, que su madre es una matriarca, y eso lo complica todo. Ya se escribió: “Está ya comprobado los efectos dañinos del patriarcado sobre las mujeres, no habiendo aún estudiado el efecto dañino del matriarcado sobre los hombres”. Eso último, unido al padecimiento físico, hace dudar acerca de cuál es la real causa y cuál es el real efecto de la subida a los cielos (manía) y bajada a los infiernos (depresión) del caso de Emmanuel C.  

Una madre, Héléne, hija de rusa (Nathalíe) y de georgiano (Georges), ambos emigrantes pobres, sin bienes ni nacionalidad (apátridas) por culpa de los comunistas rusos (1917), e ignorando el francés en sus primeros años, todo eso y haber llegado a ser una figura fundamental de la sociedad francesa (secretaria perpetua de la Academia), acredita el poderío mental y los enormes atributos matriarcales de su madre (de Hélène Carrrère). No basta lo que dicen que la caracterizaba: Never complain, never explain, que tanto repitiera igualmente un británico político judío del siglo XIX (Disraeli). La alta capacidad de ella, Hélène arrastró al hijo a no querer separarse idealmente de ella, a llorar al enterarse que tenía un amante, y a gritar: ¡ya no nos quiere! El padre, esposo de ella, era, como suele ser habitual en estos casos, muy pasivo y muy conservador.  

Esa mujer, desde los años noventa del siglo pasado, me gustó también a mí, pero por otras razones: por formar ella un trio o triángulo con Marguerite Yourcenar, la número uno y con Jacqueline de Romilly, la número dos, mujeres excepcionales las tres, siendo las primeras en ingresar en la Academia francesa, tan misógina como la Academia española de la Lengua, en la que la condesa de Pardo Bazán, acaso por estar domiciliada en el Pazo de Meirás, en Galicia, no pudo entrar, y eso que estaba enchufada a Galdós, que la tenía bien agarrada por esos enormes “misterios móviles que hasta la inclinaban, con dolores de espalda. Dicen que Darío Villanueva, otro gallego, ex director de la Academia, anduvo por ahí pidiendo perdones y explicando lo de Meirás.  

El Rey Juan Carlos y Yourcenar

I.- La religiosidad de Héléne Carrère y su cristianismo doble

Ahora y aquí interesa, entre todo lo demás, la parte del libro de Emmanuel Carrère referido a la religiosidad cristiana, ortodoxa y católica, de su madre, académica desde 1990 y secretaria perpetua desde 1999. Marguerite Yourcenar fue académica desde 1980 y Jaqueline desde 1988. Es muy interesante la parte última del libro, desde las páginas 387 y siguientes, en las que el autor narra la última enfermedad e instantes previos a la muerte de su madre, hospitalizada en la Residencia Jeanne-Garnier (Paris), de cuidados paliativos, fundada, curiosamente, por el importante cardenal Lustiger, del que escribiré más adelante. 

Lo recuerdo perfectamente: la última vez que en fotografía observé a Hélène Carrère D´Encausse, de soltera Hèlène Zurabishvili (apellido georgiano del padre), fue en una foto de periódico dando la mano al Rey emérito Juan Carlos, foto del 11 de febrero de 2023, con ocasión de la recepción de Mario Vargas Llosa en la Academia francesa. Estaba ya muy delgada -moriría unos meses después, en agosto de 2023. Y siempre, como dice su hijo en la página 397, “con vestido estampado de aves del paraíso”.   

En foto posterior,   de mayo de 2023, con ocasión de la concesión días previos del premio Princesa de Asturias de las Ciencias sociales, publicada en el diario La Nueva España  de Asturias, apareció más desmejorada aún. Y hubo quien vio un abombamiento en su abdomen, característico de la acumulación de líquidos -la ascitis- en esa zona por secreción loca de células tumorales locas: ni hubo punción posible. De eso moriría el sábado 5 de agosto de 2023, a las 17, 15 horas, rodeada de sus tres hijos: Nathalie, Marina y Emmanuel.  Su esposo, como casi siempre, por las nubes.

Por la madre de Hélèna, de ascendencia germano-rusa, nacida en Florencia, y por su padre, de Georgia, aprendió su cristianismo inicial de la Iglesia Ortodoxa. Es sabido la importante emigración rusa a Francia, a consecuencia principalmente de la revolución roja de 1917; de ahí que en Francia se hayan construido bonitas iglesias ortodoxas en lugares de cierta aristocracia, entre otros, en Niza o en Biarritz, y con esas cúpulas con formas de cebolla tan coloridas. En el libro de Carrère se escribe del Padre Olympe Palmín, ortodoxo que hasta se matriculó en los cursos de teología del aún hoy importante Instituto ortodoxo Saint-Serge de Paris; también del sacerdote católico Benoist de Sinety, que administró a su madre, antes de morir, el Sacramento de la Unción de los enfermos. 

Emmanuel Carrère

En la página 400, E. Carrère escribe: 

Era estoica, pero no adepta al estoicismo. El suicidio, asistido o no, le repugnaba y chocaba de frente con sus PRINCIPIOS CRISTIANOS y, en los últimos meses, mantuvo discusiones bastante acaloradas con Marina (una de sus hijas), que dirigía un documental sobre el final de la vida, sobre el derecho a morir voluntariamente, sobre la ampliación de la ley Claeys-Leonetti, sobre la eutanasia, en definitiva, por la cual ella (Marina) milita abiertamente. Mi madre la rebatía con los argumentos de Michel Houellebecq”. 

En la página 414, continúa el hijo: 

Sus convicciones religiosas excluyen la posibilidad del suicidio asistido, pero aspira a que Dios la llame a su lado -como insistió que pusiéramos en la esquela- y no quiere por nada del mundo un encarnizamiento terapéutico”.

Y en la página 429, añade:  

“Pidió de forma expresa que, cuando llegara el momento, la ayudaran a morir –o que le facilitaran el tránsito, buscaba una fórmula evasiva para pedir que le ahorraran el sufrimiento sin renunciar a sus principios”. 

Con ocasión de la administración del Sacramento de la Unción de los enfermos, las dos hijas y el hijo, se plantearon la presencia de un sacerdote de la Iglesia ortodoxa, pues “ella es ortodoxa” y se preguntaron:” ¿Significa eso, la administración del Sacramento por un sacerdote católico, que ella va a morir en el seno de la Iglesia católica? Y ella misma, a las puertas de la muerte, lo aclaró todo: ”Siempre he sido partidaria delecumenismo”. 

Los últimos párrafos merecerían análisis en profundidad, pero dejo a los lectores y lectores que ellos solos vayan a las profundidades, o mejor, a las alturas con meditaciones de ejercicios espirituales. 

II.- Hèléne Carrère y el arzobispo y cardenal Lustiger

La amistad entre ambos era cosa sabida, destacándose los esfuerzos que hizo Hélène Carrère para que el cardenal y arzobispo de Paris ingresara en la Academia, y al que su condición de judío, para muchos, incluso clérigos católicos y rabinos judíos, era causa de oposición. Recuérdese que la Conferencia Episcopal francesa nunca designó presidente al eminente judío y pastor católico. Es que el antisemitismo francés no es solo de los tiempos de Petain. 

Ella conseguiría que Lustiger fuera elegido académico, y pronunció el solemne discurso de ingreso, pronunciando ella el discurso de respuesta, precisamente ella, Hèléne Carrère. Lustiger homenajearía a su antecesor en la Academia, el cardenal Albert Decourtray, fallecido en junio de 1994.  

Lustiger

Dispongo de ambos discursos al conservar el ejemplar del diario Le Monde, del sábado 16 de marzo de 1996, estando en las páginas 14 y siguientes los discursos. Me detendré en la respuesta de ella, que ahora, a nuestro efecto, juzgo más interesante, siendo reveladora de su cristianismo católico. 

Comenzó con las palabras que fueron tan trascendentes, pronunciadas por el papa San Juan Pablo II el 22 de octubre de 1978, día del comienzo del Pontificado: “No tengáis miedo de acoger a Cristo y aceptar su poder. No tengáis miedo”. “Esas palabras -añadió dirigiéndose al Cardenal- podrían serviros de divisa, pues alumbran vuestra vida y pensamiento”. 

Recordó que los primeros pasos de la vida del cardenal fueron especialmente difíciles, pues era hijo de emigrantes judíos, venidos de Polonia y llegados a Francia para huir de la miseria y de las persecuciones nazis; tiempos de la “civilización bárbara” y anticristiana, que era, según el importante papa, León XIII, una de las formas de lucha contra el cristianismo. Una Francia que no pudo evitar -dijo ella- “que vuestra madre muriese en Auschwitz”. 

Y ¡“Cristos´est emparé de vous”! exclamó ella y citó a escritores católicos franceses, a Paul Claudel, a André Frossard, hablando de las diversas e inesperadas vías por las que Cristo llama, recordando el episodio del encuentro que tuvo con Cristo en la catedral de Orleans un Jueves Santo, que tanto recuerda al encuentro de Paul Claudel en la catedral de Paris otro Jueves Santo. 

A continuación H.C. se extendió en cuestiones fundamentales de la polémica relación entre judiasmo y cristianismo, asegurando que Lustiger jamás dejó de ser judío, añadiendo al nombre judío, Arón, el católico de Jean-Martie al recibir el bautismo. Y copio a continuación el siguiente párrafo del discurso por su trascendencia:

“No sois un convertido a la manera de San Agustín, pues no “entrasteis” en la alianza divina: ya estabais en ella desde el nacimiento. Para vosotros, la Biblia se prolonga y recibe el pleno sentido en el Nuevo Testamento”.

Recordó más tarde que Lustiger utiliza con frecuencia el adagio: “El Nuevo Testamento está oculto en el antiguo y el Antiguo se revela en el Nuevo” y añadió: “Invocáis a San Agustín, autor de la Ciudad de Dios, a los Padres de la Iglesia, también la lectura de los Textos que se deben al cardenal de Lubac. 

Henri de Lubac

Después de manifestar la preocupación de Lustiger por la preparación de los sacerdotes, se refirió al Concilio Vaticano II como señal de un despertar de la Iglesia católica, un despertar de la Iglesia católica, y concluyó:

“Hoy, sin las escorias de los malentendidos y de las incomprensiones, la enseñanza del concilio puede al fin comenzar a producir sus efectos”

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