Así sabemos que Cristo nos está hablando a nosotros
“No meditemos una palabra desencarnada de la realidad. Que es muy fácil predicar un Evangelio que lo mismo puede sonar aquí en El Salvador, que allá en Guatemala, en África, Es el mismo Evangelio naturalmente, como es el mismo sol que ilumina a todo el mundo. Pero así como el sol se diversifica en flores, en frutas, según las necesidades de la naturaleza que lo recibe; también la palabra de Dios tiene que encarnarse en realidades, y eso es lo difícil de la predicación de la Iglesia. Predicar un Evangelio sin comprometerse con la realidad, no trae problemas, es muy fácil cumplir así la misión del predicador. Pero iluminar con esa luz universal del Evangelio nuestras propias miserias salvadoreñas y también nuestras propias alegrías y éxitos salvadoreños, esto es lo más bello de la palabra de Dios porque así sabemos que Cristo nos está hablando a nosotros.” (4 de junio de 1978)
Al darnos cuenta de la gran variedad de mensajes (sermones, prédicas, homilías, explicaciones, etc.) que se dan en los templos acerca de Cristo y su mensaje, uno se pregunta de verdad: ¿cómo saben los predicadores y las comunidades si es realmente Cristo quien nos habla hoy a nosotros? Se pueden escuchar y leer contradicciones totales. Los predicadores se contradicen unos a otros y cada uno pretende decir la verdad sobre Cristo. ¡Pobre Jesús!
Monseñor Romero nos ofrece en esta cita que comentamos unos criterios muy valiosos para discernir y saber si es Cristo quien nos habla hoy o si se trata de una manipulación para transmitir mensajes engañosos.
En primer lugar, hay que preguntarse (y es mejor hacerlo en comunidad) si la Palabra de Dios predicada está encarnada o desencarnada en la realidad histórica. «La Palabra de Dios tiene que encarnarse en realidades».
Un segundo criterio ayuda a discernir el primero: ¿la Palabra predicada y la manera de presentarla y hacerla oír llega con un mensaje tan general, tan teórico, tan doctrinal que no importa si se habla en El Salvador, EE. UU., la India o la luna? Monseñor dice que la Palabra de Dios encarnada ilumina «con esa luz universal del Evangelio nuestras propias miserias salvadoreñas, así como nuestras propias alegrías y éxitos salvadoreños». Y esas miserias, esperanzas y alegrías son muy diferentes en cada sector de la población, en cada pueblo, en cada región y en cada continente. Hay una gran diferencia entre las clases sociales. No se puede predicar la buena nueva del Evangelio con el mismo lenguaje y el mismo mensaje en la parroquia de San Benito, en la exclusiva zona de El Escalón, que en la comunidad marginal de La Fosa. Si se hiciera, estaría claro que no sería el mismo Cristo quien hablaría. El evangelio, la voz de Jesús, tiene un mensaje diferente según la vida real de la gente que lo escucha. Las llamadas a la conversión suenan diferentes y se centran en aspectos distintos dependiendo de si se trata de una comunidad en zonas rurales o urbanas, en barrios populares o zonas residenciales.
Monseñor nos aclara que es la luz del mismo sol que hace desaparecer la oscuridad y nos permite ver la gran variedad de flora y fauna, de obras humanas, de miseria y de lujo. Así es el Evangelio, la voz de Cristo hoy. Jesús, el Cristo, nos habla desde la realidad histórica concreta de su pueblo. Y esa predicación nos compromete con la realidad y con el Reino de Dios. Por eso surgen los problemas, las acusaciones falsas, las calumnias, las amenazas y los asesinatos. Monseñor lo vivió en carne propia.
«Predicar un Evangelio sin comprometerse con la realidad no trae problemas; es muy fácil cumplir así la misión del predicador». Esta es una advertencia muy fuerte y muy clara para cada uno de los que tienen la misión de «predicar el Evangelio». No pocos predicadores buscan el camino más fácil y cómodo: predican un texto muy general, vuelven a narrar el mismo texto del Evangelio o, en realidad, no dicen nada y concluyen el sermón con «amén». Algunos incluso copian sermones de otros. No tienen problemas con nadie y pueden volver a predicar el mismo sermón de años anteriores, porque nada ha cambiado en la teoría.
Pero el pueblo de Dios tiene un criterio muy claro para discernir si es Cristo quien habla o no: si se predica un Evangelio encarnado en la realidad histórica, que toca las heridas del pueblo, que da esperanza y ánimo para luchar por la vida y por el Reino.
Monseñor Romero preparaba sus homilías a partir de sus encuentros con la gente durante la semana, mediante consultas con teólogos y personas que le ayudaban a discernir los procesos políticos y a partir de su oración en medio de su pueblo, con sus angustias, esperanzas, luchas y sufrimientos. Así, podemos decir que cada predicador o predicadora debe buscar cómo escuchar el mensaje de Cristo desde la realidad histórica, confrontarlo con otros (en comunidad de fe) y hacer madurar su homilía desde el silencio de la oración.
Cita 9 del capítulo VII (La verdad)en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”