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El mundo de los pobres nos enseña - 1

“El mundo de los pobres con características sociales y políticas bien concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la Iglesia para evitar la falsa universalización que termina siempre en connivencia con los poderosos. .” (2 de febrero de 1980)

Esta cita es del discurso que monseñor Romero pronunció en Lovaina al recibir su doctorado honoris causa.Monseñor hace hincapié en la importancia que tiene el mundo de los pobres para la Iglesia.

Monseñor es consciente de que se corre el riesgo de caer en una «falsa universalización» que consiste en pensar que la Iglesia debe servir tanto a los ricos como a los pobres, que la salvación es un don de Dios para todos y todas, que la Iglesia no excluye a nadie, que la Iglesia abraza tanto a ricos como a pobres, etc.  Lo llama «una falsa universalización» porque, históricamente, se ha comprobado que «siempre termina en connivencia con los poderosos».Se habla, se predica y se enseña la universalidad de la proyección de la Iglesia y de su misión, pero, en la práctica, las autoridades eclesiásticas terminan siendo aliadas de los ricos y poderosos. De hecho, no son pocos los obispos que han vivido en palacios episcopales, que se han comportado como príncipes y que han llevado ropajes de lujo. Es de recordar que Jesús dijo con claridad que no se puede servir a Dios y al dinero (el poder) al mismo tiempo.  Monseñor desenmascara esos planteamientos universales (iguales para todos). «¿De qué sirve una Iglesia, un cristianismo, cuando su predicación y su ejemplo se han transformado en servilismo, adulación y en querer caer bien a todos? Sal insípida, luz apagada. ¡Qué fácil es estar bien con todo el mundo, pero qué ineficaz es ser una lámpara apagada! ¿Para qué sirve?». (Homilía del 5 de febrero de 1978).

En una reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe, el papa Francisco dijo: «Los obispos han de ser pastores cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre, pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, tanto la pobreza interior, que es libertad ante el Señor, como la pobreza exterior, que es simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”». Lo que vale para los obispos, vale para los sacerdotes, religiosos y religiosas, y animadores de comunidades, cada uno a su nivel. 

Monseñor Romero nos recuerda la durísima realidad del «mundo de los pobres, con características sociales y políticas muy concretas», que «nos enseña dónde debe encarnarse». La Iglesia, su personal, sus prioridades, su anuncio del Evangelio, su oración y su escucha de Dios deben encarnarse en la vida concreta de las personas pobres, en su miseria y en la inseguridad de su vida constantemente amenazada. Recordemos la pobreza, la sencillez y la humildad de monseñor Pedro Casaldáliga, obispo de Brasil, hermano de los pobres y signo de esperanza. Él ha sido un ejemplo muy claro y concreto de lo que significa «encarnarse en el mundo de los pobres». Ya en los años 70 soñaba con «amazonizar» la Iglesia, es decir, encarnarla en la vida y la cultura de los pueblos de la Amazonia.

En la Iglesia existe un gran temor a acercarse y a identificarse con los pobres. Cuando Juan XXIII habló de «una Iglesia de los pobres» al anunciar el Concilio Vaticano II, la gran mayoría de los padres conciliares no entendieron su mensaje. En América Latina no tardaron mucho en «corregir» la opción por los pobres por «la opción preferencial por los pobres». Nadie habla de excluir a los ricos y poderosos de la llamada a la conversión (quienes más que ellos tendrán que cambiar totalmente de vida). La Iglesia debe transformarse constantemente para encarnarse en el mundo de las y los pobres.Solo desde ahí podría tener un mensaje para la clase media y alta. ¿Quién entendería una llamada eclesial a la solidaridad y a la lucha por la liberación si la Iglesia no se ha enraizado en el mundo de las y los pobres? 

La población y los gobiernos europeos han olvidado que los resultados migratorios actuales desde países no europeos tienen su verdadero origen en las desastrosas políticas coloniales. Los colonizadores europeos destruyeron las redes sociales locales, sus economías, sus culturas, sus lenguas, sus fronteras y no debemos olvidar los tremendos baños de sangre y violencia. Crearon nuevas relaciones económicas totalmente dependientes y favorables para los países colonizadores. Tras los procesos de independencia, la mayoría de los nuevos gobernantes no han sido capaces de reconstruir el tejido social y económico; las riquezas siguieron y siguen fluyendo hacia los antiguos colonizadores y hacia las bolsas de los gobernantes locales. 

Hoy, ya en el siglo XXI, vemos las enormes olas de refugiados, migrantes, etc., que llaman a nuestras puertas en busca de «vida», de un poco de futuro.  En Europa, vemos cómo los partidos de extrema derecha alimentan los sentimientos de rechazo hacia esas personas necesitadas que buscan auxilio, que están dispuestas a hacer trabajos que nosotros no queremos hacer y que pueden fortalecer nuestras capacidades de desarrollo humano. Da miedo. De verdad da miedo ver cómo se alimenta el odio hacia las personas y las familias migrantes. Nosotros somos los buenos y ellos (muchas veces los más pobres) son los malos. Hay que expulsarlos. Monseñor Romero nos recuerda la durísima realidad del «mundo de los pobres, con características sociales y políticas bien concretas», que «nos enseña dónde debe encarnarse». 

Termino con una cita de José Antonio Pagola[1]: «El resultado es una sociedad instalada en el bienestar, compuesta por individuos respetables que se comportan correctamente en todos los órdenes de la vida, pero que viven encerrados en sí mismos, separados de su propio alma y apartados de Dios y de sus semejantes».Hay una manera muy sencilla de saber qué queda de “cristiano” en este individualismo moderno: si todavía nos preocupamos por los que sufren. Jesús lo dejó muy claro: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Ser cristianos no consiste en sentirse bien o mal, sino en sentir a quienes viven mal y sufren, y reaccionar ante su impotencia sin refugiarnos en nuestro propio bienestar. No debemos dar por supuesto que somos cristianos, pues puede que no sea verdad.No basta con preguntarnos si creemos en Dios o si lo amamos. Hemos de preguntarnos si amamos como hermanos a quienes sufren».

Cita 8.1 del capítulo IV (Los pobres) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”

[1] José Antonio Pagola, El camino abierto por Jesús. Mateo 1,2010,PPC, Madrid, p. 252

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