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El verdadero predicador de Cristo es la Iglesia de los pobres.

“El verdadero predicador de Cristo es la Iglesia de los pobres para encontrar en la pobreza, en la miseria, en la esperanza del que reza en el tugurio, en el dolor, en el no ser oído, un Dios que oye, y solamente acercándose a esa voz se puede sentir también a Dios. Os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¡Qué bien lo decía el campesino: ¡la ley es como la culebra, sólo muerde a los que andan descalzos! (3 de noviembre de 1978)

¿Cómo descubrir al Dios que escucha, al Dios cercano, al Dios todomisericordioso, al Dios de Jesús «en la pobreza, en la miseria, en la esperanza del que reza en el tugurio, en el dolor, en el no ser oído»? Durante los años de pandemia, nos preguntábamos cómo descubrir a ese Dios de vida en medio de la lucha por la supervivencia en los hospitales, en el duelo que no se puede vivir, en el miedo a contagiarse o a contagiar a los demás. ¿Cómo encontrar a ese Dios de vida en familias que llevan semanas o meses sin ingresos (sin salario, sin remesas), sin posibilidad de vender en la calle, con sus siembras perdidas por las inundaciones, sin hogar por los efectos de la tormenta o comunidades a quienes les han robado el agua de sus ríos?  

Todo lenguaje honesto acerca de Dios debe enfrentarse a estas preguntas. A finales de los años sesenta apareció un librito titulado “Sincero para con Dios”, del obispo anglicano John A. T. Robinson. Ser sinceros con Dios significa buscarlo donde se deja ver y oír: «en la pobreza, en la miseria, en la esperanza de quien reza en el tugurio, en el dolor, en el no ser oído». Si alguien nos pregunta qué es «la Iglesia de los pobres», la respuesta es que es la Iglesia que escucha al Dios de Jesús en la vida de las y los pobres.Recordando que, en el Antiguo Testamento, los hebreos guardaban los mandamientos y el arca de la alianza en una tienda de campaña, podemos decir hoy que Dios ha puesto su «tienda de campaña» entre los empobrecidos, excluidos y quienes sufren.

Esto puede molestar a muchos hoy en día, así como molestó a muchos en tiempos de Jesús. Experimentamos como una blasfemia las palabras de bienvenida en un templo con «Bienvenidos a la casa de Dios». El templo es la casa de la comunidad creyente, donde Dios está presente si lo buscan, ahí donde se deja ver y oír: «en la pobreza, en la miseria, en la esperanza del que reza en el tugurio, en el dolor, en el no ser oído». La casa de Dios es el pobre. En términos evangélicos, son los que tienen hambre y sed, los enfermos, los encarcelados, los extranjeros (los migrantes), «las viudas y los huérfanos».Y, como decía monseñor Romero, «solamente acercándose a esa voz —la de los pobres— se puede sentir también a Dios». Esto molesta de verdad a muchos cristianos.  Porque es tan cómodo tener un dios de bolsillo, un dios en su trono arriba, una religión «light» de solo culto y adoración. Sin embargo, ahí no está el Dios de Jesús. 

«El verdadero predicador de Cristo es la Iglesia de los pobres» y cada animador o animadora de comunidades, cada religioso o religiosa, cada sacerdote u obispo tendrá que insertarse en esa Iglesia de los pobres para aprender a ser «el verdadero predicador de Cristo».  En la Iglesia tenemos como gran problema: la gran mayoría de los responsables de la pastoral no hemos experimentado la pobreza en la propia vida y por eso, nos toca todos los días ir a la escuela de las y los pobres, la escuela de la Iglesia de las y los pobres, para aprender a ser solidarios. Esto no se aprende en el seminario, ni en el templo ni en ningún retiro espiritual. Esta escuela es del pueblo, pero hay que tener el valor de estar en el barro, de mojarse, de sudar, de cargar con el dolor, de buscar juntos caminos de vida y de luchar por romper las cadenas injustas. Ahí escucharemos al Dios de Jesús. El mismo que luego nos hablará en la intimidad de nuestra conciencia. 

Fijémonos en la gran verdad de la última frase de esta cita de monseñor Romero: «¡La ley es como la culebra, solo muerde a los que andan descalzos!». Las leyes suelen ser elaboradas por políticos que viven lejos de los pobres (los que van descalzos). Solo se acercan a ellos en tiempos de campaña electoral para darles regalos y, sobre todo, promesas bonitas. No son compromisos, sino chantaje para conseguir votos.  Y las leyes que elaboran o adaptan muchas veces responden más a los intereses económicos y privilegios de las clases pudientes. Los legisladores están acostumbrados a elaborar leyes con puertas traseras para que quienes tienen poder y riqueza puedan escapar.Los pobres no tienen propiedades o bien tienen propiedades muy precarias, pero, por otro lado, están las casas de lujo, los palacios y las grandes propiedades. Pero no hay leyes que impongan impuestos sobre esas grandezas y lujos.  El impacto del mismo IVA es mucho mayor en la vida de las personas pobres que en la de las ricas. Mientras que los impuestos a los ingresos (no solo salarios) de los más ricos son impensables en las políticas de ajuste, no dudan en hacer leyes que afectan a la salud y a la educación, especialmente la de los más débiles. También a este nivel es necesario que se oiga la voz profética de la Iglesia si quiere serle fiel a Jesús.

Cita 9 del capítulo III (Iglesia) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”

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