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Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí

Hijo de David

Profecías

III Miércoles de Adviento

Profetas

Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que daré a David un vástago legítimo: reinará como monarca prudente, con justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y le pondrán este nombre: «El- Señor-nuestra-justicia» (Jr 23, 5-8).

Las profecías se consolidan cuando acontecen. El evangelio de San Mateo describe la genealogía de Jesús, en la que aparece que Él es de descendencia davídica, y comienza con la afirmación: “Libro del origen de Jesucristo, hijo de David” (Mt 1, 1).

Ante los numerosos signos que hacía Jesús, la gente se preguntaba: “¿No será este el hijo de David?” La Cananea suplica: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Los dos ciegos de Jericó gritan: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!» Cuando Jesús entra solemnemente en Jerusalén, el pueblo entona cánticos y lo aclama: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

En una discusión con los fariseos, Jesús llegó a decirles: “Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón”. Salomón fue el hijo de David.

El evangelista san Lucas entronca explícitamente el nacimiento de Jesús en la casa davídica: “También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta”.

Dios cumple su palabra, y no se retracta de lo que juró a David, su siervo, que de su casa nacería el príncipe de la paz. Así lo canta Zacarías: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, | porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación | en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo | por boca de sus santos profetas.

Una oración litánica que acompaña a muchos durante toda la jornada, al ritmo de la respiración, es la que pronunció el ciego de Jericó: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”.

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