Nuestro Dios sigue “haciendo proezas con su brazo” (Asunción de la Virgen María 15.08.2026)
Cumplimos la promesa de María: “desde ahora me felicitarán todas las generaciones”
Jesús, hijo de María, auméntanos la fe, la confianza, en el Dios de tu madre, María
Comentario: “¡Dichosa tú que has creído!” (Lucas 1,39-56)
El texto tiene tres partes: el viaje de María a casa de Zacarías e Isabel, el encuentro de las dos mujeres, y la respuesta de María que canta agradecida la grandeza del Señor.
El viaje de María está provocado, según la señal ofrecida por el ángel, por el avanzado estado de gestación (1,36) de Isabel. María muestra así que la fe es compromiso con el prójimo necesitado; la caridad se vuelve mediación o expresión de la fe en Dios, Padre todos. Ofrece a su prima la ayuda que en esos casos necesita, y además ve ratificado su propio misterio. La tradición secular ha localizado el pueblo en Ain-Karim, siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judá. El texto subraya que va “aprisa”: quizá haya que entenderlo como la actitud interior de María: animada, atenta, pronta para compartir y ayudar. Poco podría influir ella en la marcha de la caravana.
El encuentro de las dos mujeres provoca saltos de alegría en las entrañas de Isabel, que llena del Espíritu Santo grita: “¡Bendita tú entre las mujeres!... (recuerda la bendición de Ozías a Judit con motivo de haber matado a Holofernes: “¡Bendita seas, hija, del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra!”(Judit 13,18)) y bendito el fruto de tu vientre”, (anticipo del piropo: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11,27)). “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. El título de Señor surge en la comunidad cristiana a partir de la experiencia de la resurrección: “Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros crucificasteis” (He 2, 36).Lo que quiere decir que estos relatos son interpretados desde la fe en la resurrección. “¡Dichosa tú que has creído!”: es la primera bienaventuranza, del evangelio, dirigida precisamente a la mujer creyente por excelencia. Hay una contraposición implícita con Zacarías que no creyó (1,18-20).
La respuesta de María es un cántico de acción de gracias lleno de alusiones al Antiguo Testamento. Sintonizando con la espiritualidad de los salmos y los pobres de Yahvé, se pone en labios de María una composición literaria, con paralelismos propios de la poesía hebrea, llena de profunda religiosidad, alegre y agradecida por lo que el Señor ha hecho en ella al elegirla como madre del Mesías. Recuerda, sobre todo, el canto de Ana, la madre de Samuel (1 Samuel 2, 1-10), y los salmos que hablan de los pobres asistidos por Dios, y de la ayuda especial a Israel (Sal 98,3; 103,17; 107,9; 111,9). Dios es santo, omnipotente, misericordioso. Como siempre sigue haciendo “proezas” con sus brazos: dispersa a los soberbios, derriba a los poderosos, enaltece a los humildes, colma a los hambrientos, vacía a los ricos, auxilia a Israel. Está anunciando la obra de Jesús.
Las palabras del ángel (1,28), y las alabanzas de Isabel (1,42) forman la primera parte del Avemaría. Se cumple la promesa de María: “desde ahora me felicitarán todas las generaciones. Especialmente la cumplimos en las fiestas de María. La Iglesia, que tiene a María como modelo de persona cristiana, se siente acogida como nuevo Israel (1,54), reconoce en el Dios de María la imagen y la acción de su Dios, el Padre de Jesús (1,51-53) y canta agradecida las maravillas que el Señor ha hecho y sigue haciendo a favor de toda la humanidad (1,46-49).
Oración:“¡Dichosa tú que has creído!” (Lc. 1,39-56)
Queremos, Jesús, cumplir la profecía de tu Madre:
“desde ahora me felicitarán todas las generaciones”.
Queremos: llamarla “¡Bendita entre las mujeres!”;
gritar: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!”;
reconocer: Dios Padre “ha hecho obras grandes por ti”.
Queremos profesar la fe en su mismo Dios:
Creemos que Él nos mira con infinita ternura,
aunque seamos tan poca cosa...;
Creemos que para Él somos un tesoro, un hijo, una hija...,
que nos acompaña en toda circunstancia,
que nos espera cada día en la “casa” (ámbito) de su amor.
Creemos que “hace obras grandes” a favor nuestro:
la vida, gran regalo confiado a nuestra libertad;
tu envío, Jesús de todos, para entregarnos su amor;
tu palabra y tus signos de vida;
los hermanos, la humanidad entera, que nos cobija;
tu Espíritu, misionero interior, que cuida nuestro amor...
Creemos que “su nombre es santo”, divino, lleno de amor:
“santificado sea su nombre”, pedimos,
y lo conseguimos al sentirnos hijos y hermanos.
Creemos que su misericordia no tiene límites:
en tiempo y en espacio nos acompaña invariablemente;
sin acepción de personas: blancos, y negros, hombres y mujeres...;
en toda situación: en el éxito y en fracaso, salud y enfermedad...;
con predilección por los más débiles y marginados.
Creemos que sigue “haciendo proezas con su brazo”:
Desbarata los planes de los arrogantes,
que llevan siglos arreglando el mundo,
envueltos en su egoísmo y soberbia,
atados a sus ideologías y tradiciones...;
Derriba del trono a los poderosos,
que son incapaces de ponerse a nivel del pobre,
que niegan protagonismo a los humildes,
que se hacen llamar benefactores y oprimen...
que deslumbran con sus ropajes y lujos,
que con migajas quieren tapar los dolores del hambre...
Encumbra a los humildes:
“Que no canonicen nunca a san Romero de América;
le harían una ofensa. Él es santo de un modo muy particular.
Ya está canonizado por el Pueblo. No hace falta nada más”
(CASALDÁLIGA, P., El Vuelo del Quetzal, Maíz Nuestro, Managua, 1988).
Colma de bienes a los hambrientos:
“dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados”.
Que nadie pase hambre, es voluntad del Padre;
nuestro egoísmo impide realizarla.
“Buscad más bien su Reino,
y esas cosas se os darán por añadidura”.
Despide vacíos a los que confían en su riqueza:
“guardaos de toda clase de codicia...
por que la vida de uno no está asegurada por sus bienes”.
“¡Ay de vosotros, los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo!”.
Jesús, hijo de María:
Auméntanos la fe, la confianza, en el Dios de tu madre, María.
rufo.go@hotmail.com