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Sinodalidad y ecumenismo, según el Papa

Enséñanos, Cristo de todos, a ser felices (Domingo 4º TO A 1 febrero de 2026)

Las bienaventuranzas de Jesús son fruto del Amor sin límites

Sólo la humildad, procedente del Amor, equilibra nuestro espíritu

Comentario:Bienaventurados...” (Mt 5, 1-12a)

El llamado “sermón de la montaña” (san Agustín) no parece tener referencia geográfica. No hay montañas en la zona de Cafarnaún. Mateo alude a Jesús como el Moisés nuevo y definitivo, que sube al nuevo Sinaí y proclama la nueva Ley. Es el “discurso de la justicia del reino de los cielos”. Son los caminos hacia la perfección. No códigos de mínimos. Ideales abiertos desde el Amor incondicional. “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo” (Mt 5, 48) es amar como Dios ama. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).

Sólo quien ama “como el Padre del cielo” es bienaventurado:

1. “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Pobres: los que dan lo que son y tienen. Consideran la propiedad privada como relativa. Mentalidad que humaniza. Aso decía un Padre griego: “¡Poned medida a vuestras necesidades vitales! No penséis que todo es vuestro... La verdad es que todo es de Dios, Padre universal. Nosotros somos hermanos de un mismo linaje. Los hermanos entran por partes iguales en la herencia, si queremos ser justos…. Si alguno se apodera de todo, y excluye a sus hermanos…, ese tal es un dictador tiránico, un bárbaro implacable, una fiera insaciable que quiere regalarse ella sola en el banquete. O, mejor dicho: ese tal será más fiero que las fieras…” (San Gregorio de Nisa, s. IV PG 46, 455-468).

2. “Bienaventurados los mansos (πραεῖς: humildes, apacibles), porque ellos heredarán la tierra”. Es una cita literal del Salmo 37,11: “los sufridos poseen la tierra y disfrutan de paz abundante”. Amor y humildad son virtudes inseparables. Ellas eliminan sus contrarios: egoísmo y soberbia, productores de violencia. Jesús invita: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). Sólo la humildad procedente del Amor equilibra nuestro espíritu.

3. “Bienaventurados los que lloran (πενθοῦντες: experimentar dolor profundo, llorar, estar triste o afligido, pasar por una pena, estar de luto),porque ellos serán consolados”. Participio griego en voz activa: los que se afligen, sienten dolor por la realidad. Se afligen por solidaridad con quien sufren o por su conducta inhumana (pecado en sentido creyente). El amor induce a ambos lloros: por desgracia ajena y por nuestras malas acciones, omisiones de bien, infidelidad en conciencia. El Espíritu de Dios acoge el dolor, fruto del amor, consuela con el perdón, corrige y cura. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2Cor 1,4)

4.Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia (πεινῶντες καὶ διψῶντες τὴν δικαιοσύνην: hambrientos y sedientos de justicia), porque ellos quedarán saciados”. Se habla de “hambre y sed”, necesidades primarias del cuerpo. Así la interioridad humana necesita “la justicia”: vivir “ajustado” con la conciencia, con ideales limpios de vida. Es inhumano perder el hambre y la sed de bondad, de verdad... Es la inquietud de san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones I 1,1).

5. “Bienaventurados los misericordiosos, (ἐλεήμονες: compasivos) porque ellos alcanzarán misericordia”. Compasivo es quien “siente con”. Misericordioso es más amplio: “al miserable (en situación desgraciada) le da el corazón” (“miseri-cor-dare”). Para Jesús, la misericordia es “lo más grave de la Ley”: “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello” (Mt 23, 23). “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). “Andad, aprended lo que significa `Misericordia quiero y no sacrificio´: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13). Efecto y causa son aquí idénticos: misericordia produce misericordia. Es evangelio puro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12). “Porque si vosotros perdonáis a los demás sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial…» (Mt 6,14-15).

6. “Bienaventurados los limpios de corazón (καθαροὶ τῇ καρδίᾳ: limpios, inocentes), porque ellos verán a Dios”. “Corazón”: centro de la interioridad humana, identidad humana (pensar, desear, decidir, sentir). “Limpio el corazón”: libre de maldad, de hipocresía, engaño o agenda oculta. El creyente pone su conciencia ante Dios, a quien es imposible engañar. Pide siempre: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 51,12). Se promete la “visión de Dios”. Late en el fondo el Salmo: “¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura con engaño. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación” (Sal 24,3-5).

7. “Bienaventurados los que trabajan por la paz (εἰρηνοποιοί: paz hacedores), porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Jesús propone un modo de resolver conflictos: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano” (Mt 18,15-17). La persona pacífica es “llamado hijo de Dios”, refleja en su conducta la santidad divina. “Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente” (1Tes 5,23).

8. “Bienaventurados los perseguidos (δεδιωγμένοι: echar fuera, correr detrás) por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten (ὀνειδίσωσιν: injuriar) y os persigan (διώξωσιν: echar fuera, correr detrás) y os calumnien de cualquier modo (εἴπωσιν πᾶν πονηρὸν: digan toda maldad) por mi causa”. Se trata de todo sufrimiento por vivir las bienaventuranzas: por compartir, ser humilde, llorar, desear justicia, ser compasivos, tener buena intención, pacificar… La 1ª carta de Pedro anima a vivir esta bienaventuranza: “que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de Dios. Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente” (1Pe 2, 20-23).

Oración:Bienaventurados...” (Mt 5, 1-12a)

Tu evangelio, Jesús, es el anuncio del Amor del Padre:

Reino de Dios y Amor de Dios es lo mismo;

Dios reina cuando sentimos su Amor incondicional,

cuando ese Amor orienta nuestra vida,

cuando nos amamos “como él nos ama” (Jn 13,34).

Hoy, Cristo hermano, proclamas caminos de Amor:

el Amor hace personas desprendidas, pobres de corazón;

el Amor nos hace empatizar y llorar si no vivimos en él;

el Amor trabaja por una vida digna para todos;

el Amor entrega el corazón, incluso al miserable;

el Amor mira limpia y desinteresadamente;

el Amor trabaja por la paz, y nunca prepara la guerra;

el Amor da la cara por los derechos y deberes humanos;

el Amor adelanta el cielo, la alegría, el gozo...;

el Amor nos perfecciona, nos asemeja a Dios, nos hace santos.

Jesús de las bienaventuranzas:

siendo de condición divina,

no retuviste ávidamente el ser igual a Dios;

al contrario, te despojaste de ti mismo

tomando la condición de esclavo,

hecho semejante al ser humano” (Flp 2,6-7;

lloraste ante la tumba de Lázaro (Jn 11,35);

en los días de tu vida mortal,

a gritos y con lágrimas, presentaste oraciones

y súplicas al que podía salvarte de la muerte,

siendo escuchado por tu piedad filial” (Hebr 5,7);

encendiste la pasión por la justicia en tus amigos:

buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia;

y todo esto se os dará por añadidura” (Mt 6,33);

ofreciste el perdón disculpando a los miserables:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34);

venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados,

y yo os aliviaré.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,

que soy manso y humilde de corazón,

y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29).

Enséñanos, Cristo de todos, a ser felices:

ayúdanos a encontrar tu ideal de vida;

céntranos en tu Amor, que es nuestro Dios;

queremos compartirnos con quien nos necesita,

           estar siempre junto a quien sufre,

           comprender y cuidar, incluso al miserable,

           actuar siempre con buena intención,

           unirnos eficazmente a causas nobles...

                       lucha contra el hambre,

                       promoción de la salud,

                       protección de los más débiles,

                       desarrollo y progreso de los pueblos...

Esperamos así la alegría plena de la resurrección:

cuando el reino de Dios nos envuelva sin medida;

sabemos que quien te resucitó a ti, Señor Jesús,

también nos resucitará a nosotros contigo,

y nos presentará con todos ante ti” (2Cor 4,14).

rufo.go@hotmail.com                                                                                             

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