Hoy, Jesús, recordamos tus últimas voluntades (JUEVES SANTO 02.04.2026)
¡Curioso! Cristo Jesús “se despoja” de su “condición divina” y “toma la condición de esclavo” (Flp 2,6-7). Los jefes de la Iglesia eligen lo contrario: divinizarse
“Lavaos los pies unos a otros; amaos unos a otros como yo os he amado; comed: esto es mi cuerpo,bebed: esta es mi sangre…, haced esto en memoria mía”
Comentario: “vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,1-15)
“Antes de la fiesta de la Pascua” supone que no era “la cena de Pascua”. Se aparta de la tradición de los evangelios sinópticos (Mt 26,17; Mc 14,12; Lc 22,7ss). Podría ser un martes o miércoles. Tampoco Pablo (1Cor 11,23) habla de “cena pascual”. No es extraño de Jesús, libre de tradiciones. Lo importante es “la cena con su comunidad”, “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (v. 1). “Su hora” de paso al Padre es también la hora del “amor hasta el extremo”. El evangelio de Juan ya trató la eucaristía en el discurso sobre el pan de vida (Jn 6, 23-50). Ahora narra el lavatorio de los pies, como expresión y exigencia ética de la eucaristía.
Esta cena comunitaria tiene sentido muy concreto. Jesús se entrega en plenitud: “los amó hasta el extremo”. Cumple así sus palabras: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Culmina el proceso de conducción de los discípulos a comulgar con su causa. Los introduce en su misma misión: vivir su modo de vida y dejarles su presencia real y permanente para continuar su obra.
“Estaban cenando”. Jesús es consciente de que “ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo” (v. 2). Se pone en las manos del Padre: “sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe”. Hermosa y solemne introducción al hecho de lavar los pies. Signo de la importancia que el evangelio concede a este hecho. En aquella época, esta tarea era humillante, exclusiva de esclavos. Con este gesto, Jesús entrega su actitud vital, su espíritu: “echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos…”.
El lavatorio (Jn 13, 6-11) evoca el bautismo, comunión con la muerte y resurrección de Cristo (Rm 6,3ss). Simboliza la muerte de Jesús como vida entregada a todos. A Pedro, le dice que lo comprenderá “más tarde”, tras la muerte y resurrección. Lo que purifica es la acción servicial, no el rito religioso. Nada vale la expresión ritual del que no ama a los hermanos. Es falsa e idolátrica (1Jn 3,14; 4,20). Los versículos que siguen (Jn 13,12-20) fijan la ejemplaridad del lavatorio. Tener a Jesús como “maestro y señor” implica aceptar su mismo espíritu de servicio. No hay señores. Todos tienen la misma dignidad de servidores mutuos, con libertad e igualdad. Cada uno con sus carismas y aptitudes. Pedro protesta por la inversión de valores sociales. Si no admites la igualdad, viene a decirle Jesús: “no tienes parte conmigo” (Jn 13,8).
El lavatorio no es un gesto recomendado. Es un mandato, algo necesario para el ser cristiano: “si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis (ὀφείλετε, 2ª p. pl. pres. indic. de ὀφείλω: deber, estar obligado a, tener que) lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (ποιῆτε: 2ª pers. plur. pres. subj. de ποιέω: poner, prestar, practicar, procurar, producir…)” (vv.14-15).
“Lavar los pies” es metáfora del modo de “vida” de los seguidores de Jesús. Él lo “dijo, lo hizo y lo dispuso”, especialmente al final de su vida: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,1-3). La “gloria” de Jesús, “la vida eterna”, es amar como ama el Padre (Mt 5,45). Esta es su gloria: “yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27).
Al rechazar la pretensión de los hijos de Zebedeo, les dijo a los apóstoles cuál era su modo de vida: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,25-28).
Cristo Jesús “se despoja” de su “condición divina” y “toma la condición de esclavo” (Flp 2,6-7). Los jefes de la Iglesia eligen lo contrario: divinizarse. Sus títulos los delatan. Es muy revelador lo que han hecho con los tres mandatos finales de Jesús. Uno incluye ta,nién poder (“haced esto en memoria mía”: presidir y validar la eucaristía), y dos son deberes (lavar los pies y el amor mutuo). “El poder se lo ha apropiado el clero, mientras que los deberes son para todos. ¿Hay alguna pista o indicio, en los relatos de la última cena, para que el poder se haya limitado a los sacerdotes (un término que no se aplica jamás a los discípulos de Jesús), al tiempo que los deberes obligan a todos en la Iglesia?... La eucaristía se ha elevado a “dogma” y declarado “fuente y culmen de toda evangelización” (PO 5). Los deberes siguen como recuerdos y ritos, por los que nadie se inquieta, ni en el Vaticano ni en ninguna curia diocesana (que sepamos), si no se cumplen no se recuerdan a nadie” (J.M. Castillo: Evangelio marginado. Desclée de Brouwer. Bilbao 2019. P. 170s).
Oración: “vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Juan 13,1-15)
Jesús de la mesa compartida:
te contemplamos “levantándote de la cena,
quitándote el manto y, tomando una toalla, que te ciñes;
luego echas agua en la jofaina
y te pones a lavar los pies a los discípulos,
secándoselos con la toalla que te habías ceñido” (Jn 13, 4-5).
Así, Jesús, nos entregas el amor del Padre:
amor que se ejerce desde abajo,
amor que desciende hasta los más débiles,
y los eleva a la igual dignidad humana.
Siendo tú “el Señor y el Maestro”:
te haces servidor de todo ser humano;
nos haces así servidores, es decir, libres e iguales;
eliminas todo rango y surge la fraternidad.
Pedro protesta la inversión de valores:
“Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”, dice.
“No me lavarás los pies jamás”, sentencia.
Tu reacción, Cristo de todos, es radical:
“si no te lavo, no tienes parte conmigo”.
Pedro no conoce tu bautismo de “Espíritu santo”;
Pedro no comprende tu “lavado” de mente y corazón;
Pedro no acepta tu Espíritu que crea igualdad,
que ama a todos de modo desinteresado,
que tiene el servicio como “aire de familia”.
“Cuando acabaste de lavarles los pies,
tomaste el manto, te lo pusiste otra vez y les dijiste:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?
Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”,
y decís bien, porque lo soy.
Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies,
también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros:
os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros,
vosotros también lo hagáis” (Jn 13,12-15)
Este es uno de los tres mandatos de esta “cena”:
“también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (13,14);
“os doy un mandamiento nuevo:
como yo os he amado, amaos también unos a otros” (13,34);
“Tomad, comed: esto es mi cuerpo… “Bebed todos,
porque esta es mi sangre de la alianza” (Mt 26,26ss);
“haced esto en memoria mía” (1Cor 11,24s).
Esta es tu palabra, tu conducta, tu norma:
especialmente al final de tu vida;
tu testamento vital, tu deseo ardiente;
para que no ocurra como en Corinto:
“cuando os reunís en comunidad,
pues cada uno se adelanta a comer su propia cena,
y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho.
¿No tenéis casas donde comer y beber?
¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios
que humilláis a los que no tienen?” (1Cor 11, 22);
Hoy, Jesús, recordamos tus últimas voluntades:
“debéis lavaros los pies unos a otros”;
“amaos unos a otros como yo os he amado”;
“haced esto en memoria mía”.
Mandamientos, voluntades supremas tuyas:
Lavar los pies, quitar la suciedad de la vida,
aliviar el sufrimiento, hacernos cargo mutuo…
Amor universal y gratuito, bondad con todos,
misericordia, responsabilidad…
Partir y repartir el pan y el vino,
tu cuerpo y tu sangre,
para recordar tu vida,
para tenerte presente a ti.
Tu recuerdo, tu presencia, alimenta nuestro servicio
y nuestro amor como el tuyo;
Queremos, Cristo Jesús, realizar verdaderas eucaristías:
donde estén presentes nuestros servicios,
donde se viva y se palpe el amor mutuo,
donde brillen las iglesias que tú, Jesús, querías:
presididas por personas bautizadas en ti,
revestidas de tu Espíritu.
rufo.go@hotmail.com