“Reina Tú en Fuenlabrada, reina desde la cruz” (VIERNES SANTO 03.04.2026)
“Dios de la Misericordia, dulcísimo Jesús: Tu muerte es nuestra vida”
Este año, 2026, coincide nuestra celebración del “Viernes Santo” con la fecha más probable de la muerte de Jesús: el viernes 3 de abril del año 33 d.C.
Comentario: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (Jn 18-19)
El relato de la Pasión y Resurrección fue el núcleo inicial de los evangelios. Éstos se compusieron “hacia atrás”. A la pasión, muerte y resurrección, se antepuso el relato del “camino a Jerusalén con presagios de persecución”; luego la actividad de Jesús en Galilea con parábolas y milagros; al final, actividad del Bautista, nacimiento-infancia de Jesús. El teólogo luterano Martin Kähler (1835-1912), primero en advertir el Jesús histórico y el Cristo de la fe (avalando este último), dice que los evangelios son “una narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús con una introducción detallada” (El llamado Jesús histórico y el Cristo de la Biblia”. Leipzig 1892).
La pasión de Juan está enfocada, como todo su evangelio, desde el señorío-servicio, del Amor. Resulta revelador que no cuente la agonía en el huerto donde sobresale la debilidad de Jesús. Aminora las humillaciones y tormentos. Todo el proceso pasional está presidido por la entrega consciente y libre de su vida: “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre” (Jn 10,17-18).
El evangelio presenta la pasión y muerte como validación y glorificación de la vida de Jesús. Jesús se identifica con el “Yo soy”, nombre de Dios: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado” (Jn 8,28). Controla hasta el modo de morir: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir” (Jn 12,32). Antes de padecer da la vida: “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Este “amor extremo” incluye el servicio, el amor y la presencia en la cena que recuerda su vida y la hace presente. La oración previa al prendimiento resume su vida: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,1-3). “Conocer” a Dios y a Jesús es creer, sentir en la conciencia personal, que su presencia y su amor viven en nosotros.
La “Pasión según Juan” forma parte de la glorificación del Hijo, porque en ella realiza el Amor con conciencia lúcida y libertad absoluta: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Tiene conciencia lo que va a suceder:“Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?»” (18,4). Y ante los que vienen a detenerle, les recuerda por tres veces el “yo soy”, el nombre de Dios, ante el cual “retrocedieron y cayeron a tierra” (18,6). Le detienen cuando manifiesta su decisión de aceptar la voluntad del Padre: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (18,11). Cuando reconoce que todo “está cumplido, inclina la cabeza y entrega el espíritu” (19,30).
Jesús reina desde la pasión y la cruz. El proceso ante Pilato narra negativamente la realeza de Jesús. Nueve veces aparece la palabra “rey”. Recibe corona (de espinas) y manto color púrpura. Se burlan de él diciéndole: “«¡Salve, rey de los judíos!». Y le daban bofetadas” (19,3). Pilato “sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal… Y dijo Pilato a los judíos: «He aquí a vuestro rey». Gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?»” (19,13-15). Hay aquí una amarga parodia, una burla cruel y despectiva de los judíos, obligándoles a apostasiar de Jesús, el Hijo de Dios. Burla que permanece hasta el final al no aceptar que cambie el título de la cruz, en todos los idiomas usados en Palestina: “Lo escrito, escrito está” (19,22).
Jesús reina amando, perdonando, ofreciendo el modo de vida, donde reinar es servir, como les había inculcado a los discípulos: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). Lo tenía claro la Iglesia primera: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Pe 2,21-24).
Juan, a diferencia de los otros evangelios (Jesús muere el día de la Pascua), coloca la ejecución de Jesús en la víspera de la Pascua, el día en que se inmolan los corderos en el Templo (Jn 19,31). Identifica a Jesús con el cordero pascual aplicándole lo que recuerdan Ex 12, 46 y Núm 9,12: “no le quebrarán un hueso” (19,36). Es el “cordero de Dios”, “el rey” del Amor crucificado. En la detención aparece también la identidad misma divina: “¿A quién buscáis? Os he dicho que soy yo” (18, 4-8; Ex 3,14). Ya lo había adelantado Juan: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,28s). Esta es “la verdad”: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37).
La verdad es que él hace visible al Dios que nadie ha visto ni puede ver: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí…. Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 6-9). También cuando “uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua” (19,34), se cumple lo que dijo Zacarías en nombre de Dios: “Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron” (Zac 12,10). En Jesús fue traspasado el corazón de Dios. Y de él salió el bautismo del perdón y la eucaristía que alimenta. Sacramentos básicos de la Iglesia: el abrazo de Dios, transmisor de su mismo Espíritu de amor, y la “cena” que perpetúa su presencia y sostiene su Amor.
Se está cumpliendo el evangelio: “Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,39). “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-14). Tras ser “elevado”, glorificado con la cruz del amor, “inclinando la cabeza entregó el espíritu”. Es el Pentecostés primero.
Me viene a la mente el “himno al santísimo Cristo de la misericordia”, compuesto en letra y música por el buen creyente, Antonio Martín, sacristán muchos años en la parroquia de San Esteban Protomártir, de Fuenlabrada (Madrid), al que tuve el honor de rendirle homenaje en vida y en su muerte al presidir su entrega definitiva a Dios, en mis años de párroco en esa entrañable parroquia (1992-2004). Fomenté mucho el culto a Cristo crucificado, y dejé escrita una novena, que no sé si sigue en uso. Es un himno que condensa la teología certera y sencilla de Cristo crucificado. Lo canto en silencio muchas veces. Me consuela y anima a seguir el reino de la cruz del Amor:
“Dios de la Misericordia, dulcísimo Jesús:
Tu muerte es nuestra vida,
nuestro Amor, nuestro Amor eres Tú.
Gloria a Ti, prenda adorada.
Gloria a Ti, nuestra luz.
Reina Tú en Fuenlabrada,
reina desde la cruz.
Reina Tú en Fuenlabrada,
reina desde la cruz”.
Oración: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (Jn 18-19)
Miremos la realidad:
“a los pobres los tenéis siempre con vosotros” (Jn 12,8);
es la profecía que siempre nos acompaña;
no encontramos camino de erradicarla;
Cireneos y Magdalenas siguen ayudando y consolando.
Miguel está crucificado por la enfermedad:
“¿Cómo quieres que siga creyendo en Jesús?”,
me pregunta cuando nos vemos.
Pero me sigue diciendo: “recordar su cruz me anima,
siento que me acompaña y sufre conmigo”.
“¿Quién es el rey o la reina de nuestra casa?”:
pregunta que puede hacerse cualquier familia;
las respuestas suelen apuntar al que menos sirve:
al vago y comodón,
al más “ordeno y mando”,
al más respetado por sus años...;
Jesús no tenía dudas:
“el que quiera ser grande entre vosotros,
que sea vuestro servidor;
y el que quiera ser primero,
sea esclavo de todos” (Mc 10,43-44).
Jesús abrazado a la cruz del amor:
en tu vida, pasión y muerte reina el Amor;
amor que prioriza atender a los enfermos,
que evita el consumismo innecesario,
que denuncia toda estructura injusta,
que se identifica con los necesitados:
“tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25),
que rechaza toda violencia… (Lc 6,27ss) …
Cristo Jesús: ¿de dónde brota tu inspiración de vida?
Se lo dices a Pedro, que había sacado la espada:
“El cáliz que me ha dado mi Padre,
¿no lo voy a beber?” (Jn 18,11);
el trato con el Padre te ha intimado su Amor;
Amor que “hace salir su sol sobre malos y buenos,
y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45);
Amor que entregas a Judas, a Pedro, a los dirigentes judíos,
al pueblo, a tu madre, al discípulo Juan,
a los compañeros de suplicio...
Queremos, Jesús crucificado, vivir el amor del Padre:
para beber “el cáliz” que viene de vivir en amor y verdad;
para reconocer la dignidad de todos, hijos del Padre;
para abrazar los sufrimientos de nuestra naturaleza;
para no buscar venganza, ni devolver mal por mal;
para ser “pacientes y benignos;
no tener envidia, ni presumir, ni engreírnos;
no ser indecorosos ni egoístas;
no irritarnos, ni llevar cuentas del mal;
no alegrarnos de la injusticia,
sino gozar con la verdad;
excusar, creer, esperar y soporta todo” (1Cor 13,4-7).
“Dios de la Misericordia, dulcísimo Jesús:
tu muerte es nuestra vida,
nuestro Amor, nuestro Amor eres Tú.
Gloria a Ti, prenda adorada.
Gloria a Ti, nuestra luz.
Reina Tú en nuestra vida,
reina desde la cruz.
Reina Tú en nuestra vida,
reina desde la cruz”.
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