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Hacia una declericalización litúrgica

Desde el jarrón de agua fría en tiempos caniculares a la fecundidad de la esperanza

Un teólogo laico filipino predicando durante un retiro en la Diócesis de Pasig, Filipinas. Ojalá llegue el día en que los laicos y los religiosos no ordenados puedan predicar en misa

De entrada, me ha caído como un jarrón de agua fría (que podría resultar refrescantes durante estos tiempos ‘caniculares’ incluso para la Iglesia) esa decisión del Discurso para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del Vaticano acerca de las solicitudes recientes, entre ellas, del episcopado alemán.

Los obispos alemanes, como bien se sabe, habían solicitado un indulto o permiso especial para que los laicos puedan predicar la homilía durante las Celebraciones de la Eucaristía. Al parecer, siguen imperando algunas mentalidades clericales en nuestra iglesia. Estas no son fáciles de desmontar, como es obvio. Es preciso darle tiempo al tiempo.

Por una parte, me alegra constatar que no es esta una cuestión cerrada. Es más bien una cuestión de disciplina. Dios sabe, y todos sabemos, que en cuestiones de disciplina la Iglesia ha evolucionado, mejor dicho, sigue evolucionando o reformándose. Para realizarse como el cumplimiento del Reino.

El Dicasterio se apoya en el Canon 767 §1 y la Instrucción General del Misal Romano n.º 66) en donde se dice que la homilía “debe ser pronunciada ordinariamente por el propio sacerdote celebrante... pero nunca por un laico”.

Si un laico (e incluyo en esta categoría a los religiosos no ordenados) puede dar la comunión durante la misa, como ministerio extraordinario, ¿por qué no puede predicar una homilía en la misma?

Y no se puede dudar de que hay muchos laicos, incluso en Filipinas, más preparados que la mayoría de los sacerdotes y diáconos. Tambié he de decir que viven su fe con más coherencia que los clérigos.

Yo sigo pensando que la misa, y las demás celebraciones sacramentales y litúrgicas, han de ser presididas por un sacerdote (o diácono, en algunos casos). Estos aseguran que la asamblea no sea una agrupación cualquiera. Son estos puntos de referencia eclesial.Cumplen el papel que consiste en asegurar que la asamblea sea eclesial, que sea verdaderamente litúrgica. Hacen que la labor, por muy buena que sea, de los laicos, quienes son los encargados de promover la venida del Reino de Dios en la tierra en las distintas esferas de la actividad humana en donde se configura y crece el espíritu humano, no sea la labor de una ONG cualquiera sino la de la iglesia.

Mas todo ello no quiere decir que los clérigos deban acaparar todas las funciones dentro de la Iglesia. Algunas de estas, incluso las más altas a nivel administrativo, por ejemplo, en el Vaticano, han pasado a los laicos. Lo mismo podría hacerse en lo que a la liturgia se refiere, sobre todo en el campo de la predicación de la homilía en la Santa Misa. 

La presidencia de la Santa Misa le corresponde al sacerdote, pues este, como colaborador del obispo, asegura que sea una liturgia verdaderamente de la Iglesia. En las parroquias, el párroco actúa en nombre del obispo quien es el ministro de la unidad. Analógicamente la Santa Misa celebrada por el sacerdote es garantía de que la celebración no solo sea válida o  sino que se realice en comunión con la Iglesia, siendo un acto oficial dentro de la Iglesia.

Mas la predicación no es cuestión de rango ministerial ni de estado ontológico (conforme a la teología tradicional de los ministerios), pues el ministerio compete a todos. Todos somos apóstoles. Somos los sucesores históricos de los apóstoles, de los enviados. La sucesión no depende de las evoluciones de los rangos o de los grados como diáconos, presbíteros y supervisores (obispos) que solo se configuró claramente desde al menos tiempos de san Ignacio de Antioquía.

La predicación es, ante todo, cuestión de competencia, de preparación, de ‘adecuación’, conforme a la coherencia en la vida cristiana.En esta han fallado y siguen fallando muchos clérigos. Hasta el punto de usar el púlpito para finalidades egocéntricas, muy alejadas del Evangelio. Todos los días hemos de aguantar a los predicadores en la misa. Ante todo por no saber distinguir entre homilía, sermón, arenga.

La predicación de la Palabra, dentro y fuera de la Santa Misa, es una llamada no para todos sino solo para los competentes. La competencia ha de entenderse no desde términos o categorías clericales sino en términos, ante todo, de preparación y coherencia. Predicar no es promoverse sino dar testimonio pese a las imperfecciones de cada uno o de cada predicador.

Los predicadores en la Santa Misa podían aprender mucho de los seglares tan competentes en la exegesis, vida espiritual, ciencias teológicas, retórica, etc. Todo ello se ha demostrado sobre todo en estos tiempos digitales.

Es obvio que los predicadores laicos no son más perfectos que los clérigos. No es cuestión de perfección. Repito, no es cuestión de grados. Es cuestión de preparación. Sobre todo, de preparación. En esta área muchos clérigos tienen muchísimas faltas. No solo me refiero a la falta en el lenguaje o en términos de las artes retóricas sino sobre todo en el conocimiento directo de la vida cotidiana en las diversas áreas. A estas el Evangelio ha de arrojar luz y sentido. Por ejemplo, muchas veces las lecturas tocan sobre temas familiares que las personas casadas, quienes tienen que habérselas con los retos cotidianos en esta esfera de acción, dominan mucho mejor que unos célibes (todavía estamos esperando la implantación del diaconado permanente en Filipinas).

No se puede ‘predicar desde arriba’, como es el caso de los clérigos quienes no pueden meterse directamente en cuestiones políticas y sociológicas. No como los laicos comprometidos que sí luchan por vivir el Evangelio desde unas situaciones comprometidas. Hay que llevar el Reino a la calle, a la vida cotidiana. Y también esta a una mayor profundización en la vivencia de la Palabra cuyo momento más privilegiado es la celebración eucarística que ha de celebrar la vivencia eclesial que no es monopolio de los clérigos sino de todos, pues es reto para todos, es desafío de tipo apostólico que no distingue entre grados o formas de ministerio si bien hay contextos. Y estos hay que respetarlos ante todo para que la Palabra sea viva y vivificante sobre todo en tiempos desafiantes cuando no basta la mera formación en el seminario para proclamar la Palabra de manera eficaz y vivencial.

Recuérdese que Jesús era laico. Era predicador 'sin par' en sus tiempos que proclamaba la Palabra no solo en los recintos sagrados. Aunque visitaba el templo, como judío observantes, centró su actividad fuera de los límites sacralizados del tiempo y se metía 'in medias res', en donde los laicos, los seglares o los que no tienen rango o categoría sacral desarrollaban su actividad con un compromiso radical para eliminar o, si se prefiere, cambiar el sentido del sacerdocio al hacerse la víctima y el sacerdote en la liturgia que culminó en el Calvario por la que se rasgó el velo del tiempo y se inauguró un tiempo de 'secularización' en que lo sacral se redefinía de manera definitiva. Era la Palabra viviente que era superior al templo, a las categorías clericales o levíticas o sacerdotales de su tiempo. Su Palabra estaba (sigue estando) comprometida con el ambiente laical, fuera de los recintos sacrales.

La Palabra viva no la debería acaparar la clase clerical. La Palabra viva se hizo carne y no solo moró entre nosotros sino que se nos dio, se nos da. Es decir, se nos da esta misma Palabra para que tengamos la palabra dentro de la Iglesia. Este darse la palabra es el sentido de la liturgia y que se extiende a todos, pues todos somos llamados a ser apóstoles, a ser predicadores de la Palabra, teniendo la palabra dentro de la Iglesia. Lo más peligroso es retirarles a los más vulnerables esta palabra. De ahí toda la historia dolorosa de abusos. Hay que dar la palabra a todos. Y esto ha de comenzar en la mismísima liturgia, el momento más privilegiado para vivir la Palabra y tenerla.

Estoy pensando sobre todo en los catequetas con formación y con vocación. Estos están en la vanguardia de la Palabra. Mucho más que los clérigos quienes en numerosas ocasiones, y por varios motivos, no podrían dar cara frente a las crisis que sacuden los cimientos no solo de la sociedad en la que vivimos sino de la mismísima Iglesia que celebra la liturgia. Los catequetas son los delanteros e incluso los mejores guardametas en este partido incesante que es vivir la fe en campos muy comprometedores como lo es la política. El estado actual de no permitir a estos francotiradores de la fe predicar dentro de la Santa Misa no solo equivale a minusvalorar a los catequetas sino a reducir su status a los de unos minusválidos discriminados en lo que a la propagación de la fe se refiere.

Escribo todo esto en Filipinas. Muy lejos geográficamente de Alemania pero con un sentido de comunión eclesial muy cercano. No comulgo con todos los aspectos de su versión de la sinodalidad pero sí comparto con ellos el mismo fuego sinodalizador para que esta Iglesia camine como Iglesia hacia la realización del Reino que ha de tener lugar aquí y no en la otra orilla, más allá del tiempo y del espacio.

Nunca hemos de perder la esperanza en este sentido. Solo mediante una esperanza fecunda se puede vivir mejor el Evangelio. Los laicos están siempre en la intemperie ontológica.No como los que viven en conventos, seminarios o casas parroquiales (y palacios episcopales). Con más credibilidad, los que han de luchar por pagar todas las facturas, por dar de comer a seres queridos, por ayudar a los vecinos, por comprometerse con cuestiones espinosas de la vida cotidiana en la sociedad, pueden predicar para que la vida real sea de verdad una liturgia incesante y aceptable al Dios Todopoderoso. Es esta la intensidad de la esperanza que es como una llama de amor viva, en expresión inmortal de san Juan de la Cruz, en medio de estos vestigios, quizá últimos, del invierno eclesial que nos sigue enfriando incluso en medio de estos tiempos caniculares incluso en estos tristes trópicos cuando es ya la estación de los temidos monzones.

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