Todos los días es día de los Padres en Filipinas
Una breve reflexión acerca del parroquialismo clerical cotidiano
Hoy, 4 de agosto, es día de ‘Padre’, es decir, del padre cura por lo de la Memoria (algunos, sobre todo los más clerigocéntricos dicen Solemnidad) del Cura de Ars. El otro día, el 18 Domingo del Tiempo Ordinario, fue el día del sacerdote por el mismo motivo.En una diócesis en Filipinas, por ejemplo, se reservó un hotel para una excursión de fraternidad del presbiterado, junto al obispo, con comilonas, misas, actividades turísticas. He visto algunas fotos. Son lugares no del todo económicos. Y claro sabemos de donde sacaron los fondos para dichas actividades.
Esto es común en Filipinas. Además de las consabidas Solemnidades y Memorias de nuestro calendario litúrgico contamos con el Día del Sacerdote, es decir, el día de la misa crismal en la catedral e que muchísimos feligreses acompañan a sus curas con pancartas como si fuesen estos superestrellas o jugadores del baloncesto de la NBA, convirtiéndose en un club de hinchas más que un pueblo consagrado por Dios. Y además de las fotos, algunas parroquias desayunan con sus párrocos y sus vicarios (incluyendo a los sacerdotes forasteros asignados a las parroquias por ser refugiados que salieron de sus propias diócesis o congregaciones por un sinfín de motivos) en hoteles de lujo. También ya es Memoria casi obligatoria o prácticamente obligatoria, desde hace poco, lo de Jesucristo Sumo Sacerdote, con su comilona y fiesta con bailes, etc. Asimismo no hace falta recordar el cumpleaños, bodas de plata u oro o diamante sacerdotales (o al menos el aniversario) y, en el caso de los curas religiosos (hasta la fecha se sigue llamando a las residencias parroquiales ‘conventos’ por el pasado frailuno de la catolicidad filipina) el aniversario de su profesión tanto temporal como perpetua.
En fin, prácticamente todos los días la vida parroquial, por un parroquialismo clerical, se centra en las vidas de los ‘curas’ o sacerdotes, pues estos son los privilegiados, los mediadores entre Dios y los hombres, esto es, la gente común, pecadora, pecaminosa y alejada de Dios.
No existe un día del laico o del seglar, pues existen jubileos de los consagrados. Solo para esa clase elite de curas y consagrados. Nada para los seglares, el verdadero motor en la historia; el Pueblo de Dios que camina hacia el cumplimiento del Reino. Esto siempre andan con ‘el culo al aire’, es decir, desamparados en la intemperie ontológica, despreciados, vilipendiados, excluidos de los círculos eclesiásticos que empoderan y encumbran a los denominados mediadores, usando los fondos parroquiales o la dichosa colecta.
Recientemente asistí a una jura del cargo del Consejo Parroquial junto a los diversos comités parroquiales, entre los cuales el todopoderoso Comité de Liturgia, que también se encarga de los festejos, de las procesiones, de los desfiles, con los fondos parroquiales a su disposición, pues los gastos más importantes son los espectáculos. El texto del juramento me pareció asfixiante por lo de la obediencia. Obediencia al cura párroco. Un texto más duro o exigente que la renovación de las promesas del presbiterado cada misa crismal. Y aquella ocasión fue especial, pues se hizo en presencia del obispo. Con una comilona después de la ceremonia pontificia pero exclusivamente para este y su séquito, entre ellos, los concelebrantes que en cada misa reciben un estipendio generoso por lo que en mi tierra celebrar y concelebrar es un gran negocio, pues viene con beneficios como el seguro médico y provisiones para la jubilación mientras que los donantes más sencillos, normalmente anónimos, siguen todos los días expuestos en la intemperie ontológica, como ya queda dicho. A la vez que en Filipinas, todos los días es día del Padre o de los Padres (con la P mayúscula, pues se trata de una clase elitista, exclusiva de privilegiados, de poderosos).
No cabe duda de que gracias al obispo y a sus colaboradores directos, el presbiterado, caminamos hacia el Reino no como una ONG cualquiera sino como una Iglesia, la de Dios. Pero somos Pueblo de Dios, motor en la historia por el que se acerca la Iglesia como comunión realiza el sueño, la utopía de Jesús que es el Reino. El ministerio aglutinante es importante pero no debería ser el centro exclusivo hasta marginar el motor, a la fuerza, al pueblo al que sirve. Caminante no hay camino, se hace el camino al caminar, como rezara el vate. Sin los caminantes no hay Iglesia. Los ministros identifican este pueblo como Iglesia por ser agentes de la comunión; y estos son servidores y no amos, no superestrellas, no mimados todos los días mientras todos los días los que caminan están en la brecha, ‘luchando con delirio’, en expresión del vate filipino trágico, contra el naufragio existencial en medio de las pruebas duras de la vida cotidiana.
Es preciso, a tenor de todo ello, corregir este parroquialismo cotidiano centrado en el estado clerical.Lo cotidiano lo llevan los que caminan, los que hacen caminar a la Iglesia en medio de los vaivenes de la historia para realizar su vocación escatológica. El parroquialismo, sobre todo en su vertiente clerical, es el mayor obstáculo a la realización de la sinodalidad deseada para nuestra iglesia filipina.
Todo esto se remediará si se revisa nuestra eclesiología de la comunión desde la perspectiva dibujada por el Concilio Vaticano II que daba protagonismo al Pueblo de Dios desde un trasfondo de Misterio, es decir, desde un contexto sacramentológico en un mundo con sus 'alegrías y esperanzas' (Gaudium et Spes). Es necesario deshacerse de la todavía imperante eclesiología de las sociedades perfectas con sus estructuras jerarquizantes y elitistas, desde las que siguen brotando formas esclavizadoras del paternalismo eclesial, también fruto de años de colonialismo e imperialismo.
Todo ello exigiría una implantación rigurosa y liberadora de la sinodalidad pero me consta que hay varios párrocos que no desean desprenderse de sus poderes parroquiales debido a su patología parroquialista. Me temo que sea necesario un cambio generacional y cultural al respecto.