La eclesiología como una conversación
Una conversación meditativa con el discurso de León XIV en el consistorio de junio 2026
En un discurso que se recordará por mucho tiempo porque en ella el papa reconoce que no podía hacerlo todo sin sus cardenales, aparece la palabra ‘conversación’. Lo que dejó afirmado el papa León XIV no es solo una confirmación de la realidad humana sino que revela una clave cómo él entiende la Iglesia y cómo piensa realizar su ministerio que es petrino.
La palabra ‘conversación’ ha entrado el mundo filosófico para designar un estilo hermeneútico a propósito de la fusión de horizontes gadameriana en la que varias voces, perspectivas, ideas se oyen con la finalidad de tener una comprensión adecuada de lo interpretado. En la eclesiología, quizá, ha entrado para siempre, gracias a uso por León XIV. Estoy convencido de que es la vivencia concreta de lo que es ya la concretización de la Iglesia como Comunión: la sinodalidad.
La sinolidad es lo que se intenta vivir, ejercer y ejecutar con este Consistorio Extraordinario, el segundo de su pontificado que todavía está en proceso de desplegarse pero que ya ha hecho mella en la actualidad. En la sinolidad el papa ha propuesto un modelo para el ejercicio del ministerio petrino, que no es un acto solitario, sino un ‘caminar juntos’ (sinodalidad) que solo puede realizarse si hay conversaciones. Estas aseguran que todos pueden superar lo de los ‘intereses particulares’ y hacerse, efectivamente, colaboradores.
Pero la conversación es solo posible no por el hablar. Incluso sin hablar se puede tener una conversación.Dice el papa: ‘La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente’. Todo ello es posible si se parte de la realidad cotidiana por lo que el papa ha estado al tanto de las cosas estos últimos meses. Recalca que el había expuesto su noción de lo que debería ser el papel de la Curia Romana, tan arraigada en tradiciones de dominio, ‘No somos custodios de intereses particulares, sino «discípulos y testigos del Reino de Dios, llamados a ser en Cristo fermento de fraternidad universal (Discurso a la Curia Romana, 22.12.2025)’.
Me da la impresión de que con estas afirmaciones se está llevando a cabo un giro al revés a la eclesiología abogada en su día por el entonces Cardenal Ratzinger quien afirmaba que la Iglesia no es una democracia. Sin reducir la Iglesia a una mera democracia civil de consenso, el papa León, tomando pautas inspiradas en san Pablo VI y en Francisco, ha subrayado lo de la corresponsabilidad que se hace camino en la sinodalidad.
Es este el único camino factible, por así decirlo, sin romper con lo esencial a tenor de lo siguiente: a) la realidad cotidiana y actual tan herida por la falta de escucha, b) el dominio de una cultura de poder frente a la compasión o a la Civilización del Amor (séame permitido añadir es esta la cultura responsable por muchos abusos clericales que no se limitan a lo sexual), c) la doctrina social de la Iglesia y su insistencia en el Bien Común (que ha de realizarse en conversación) y d) las denominadas ‘ heridas del mundo’. Estas heridas, en mi opinión, provienen de mentalidades unilaterales que se traducen en regímenes dictatoriales que también estaban o están presentes en la Iglesia (de hecho, esa tesis ratzingeriana, en tiempos wojtylianos, es responsable por el hecho de que existen movimientos eclesiales coercitivos hasta el punto de cometer abusos).
Siendo así, es verdaderamente democrático, en lo esencial y sin caer en el consenso simplista con rédito político como finalidad, los siguientes proyectos: a) la decentralización que supone una iglesia que dejará de mirarse el ombligo y que vuelve más realista y caritativa, b) una transparencia mayor que hace que la Iglesia tenga un régimen de corresponsabilidad y c) una iglesia más metida en los asuntos y las preocupaciones del mundo, es decir, en los debates geopolíticos actuales como la guerra, el racismo, las calamidades naturales, haciéndose eco de ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (Gaudium et Spes)’.
Es tiempo de recuperar este espíritu calificado como ‘demasiado optimista’ sobre todo por el Ratzinger del Sínodo Extraordinario de 1985 y que se iba suavizando hasta su llegada al solio pontificio.
La sinodalidad es un proyecto que va realizándose y no algo prefijado o decidido de antemano como en los sínodos wojtylianos que reducían a los asistentes a meras herramientas ceremonieras. Baste hojear los documentos finales redactados, por ejemplo, del Sínodo sobre Asia.León XIV ha proporcionado la manera de hacerlo: la conversación. Pero hay un logro ya que se ve en el horizonte: la ruptura con el modelo monárquico del pasado. Todo ello seguirá generando tensiones reales, como entre la autoridad y la consulta, entre la deliberación y la acción hasta enmarañarse, pues nunca se sabe, a ciencia fijo, el momento exacto de terminar la consulta y para comenzar la acción decisiva pero sí es preciso caminar, en expresión feliz de santa Teresa de Jesús, con ‘determinada determinación’. La sinodalidad, sobre todo desde Francisco, es un ejercicio de discernimiento ignaciano en que la conversación desempeña un papel clave.
No se han borrado del todo las tensiones que existen dentro pero sí al menos se está viviendo lo de ‘ecclesia sempre reformando’ pero todo ello ha de llegar a nivel de las Iglesias locales en donde, como se ha vivido recientemente como en mi Diócesis de Parañaque, el obispo no escuchaba y actuaba unilateralmente sobre todo en lo que a los fondos eclesiales se refería. León XIV ha dejado entrever de forma implícita la existencia de tensiones internas, disensiones o bloques de oposición dentro de la propia Curia y el Colegio Cardenalicio, pues la Iglesia es comunión. No es un monolito como pretendía el bloque Wojtyla-Ratzinger en tiempos recientes. Este modelo que ha favorecido abusos de autoridad claramente ha fracasado.
A todos no les gustará este modo de acercamiento. Se ha destacado la ausencia de tres cardenales ‘conservadores’ de este sínodo. Se dice por ‘razones de enfermedad’. Pidamos por ello. Pero, me pregunto: ¿por qué no se ha destacado la ausencia del purpurado filipino Gaudencio Rosales, emérito de Manila, quien este año, Dios mediante, cumple 94 años? Se ven brechas e intrigas, dudas e incertidumbres. Al menos, está ya patente la hoja de ruta de León XIV conforme a la horma de Pablo VI y Francisco, conforme al verdadero espíritu del Concilio, truncado y frustrado sobre todo a raíz del Sínodo Extraordinario de 1985 en que un intelectual de la altura del Cardenal belga Daneels tuvo que emplear toda su maestría en la redacción de su Relato Final, una obra maestra de diálogo de una iglesia que se resiste a ser monolítica pese a las presiones desde arriba, desde la cumbre polaco-alemana.
No cabe duda de que, después de esta conversación meditativa escrita en estas islas que ha de volverse en ‘ora et labora’, en expresión consagrada de la tradición benedictina, el discurso de León XIV es una texto programático de gran calado reformista. Tiene el propósito fusionar la teología de la comunión con criterios actualizaos de gestión y responsabilidad social puesto que la Iglesia tiene que escuchar al signo de los tiempos, de acuerdo con el planteamiento conciliar que está pendiente de realizarse. Más allá de toda la retórica, la conversación, el diálogo montiniao actualizado, le dará la capacidad al papa junto al Sacro Colegio de vivenciar efectivamente la sinodalidad estableciéndola como marco cultural duradero y vivencial para toda la Iglesia, que es el Pueblo de Dios. La Iglesia no se limita a su jerarquía que decide todo exclusivamente ‘desde arriba’, en efecto acaparándolo todo, comiéndoselo todo, como el espíritu hegeliano que había engendrado los regímenes totalitarios o dictatoriales, como el comunismo (que irónicamente Wojtyla y Ratzinger querían combatir sofocando la palabra para imponer sus propios criterios de manera unilateral).
Solo cabe esperar que la conversación lleve a la conversión, a un Éxodo en la noche oscura hacia la Tierra Prometida de la plenitud de la Comunión de la que esta vida, esta Iglesia militante ha de ser anticipo.