Éxodo y educación
Para una nación siempre en salida del Egipcio de su esclavitud
Decía en un escrito anterior que el proceso de destitución contra la vicepresidenta de Filipinas era un ‘paso por el Mar Rojo’, esto es, un éxodo deseado y necesario. A no ser que las fuerzas del mal, empezando con los aliados de los Duterte entre los senadores, obstaculicen este proceso para que el pobre pueblo siga en su miseria de estar a la merced de dinastías maléficas como los Duterte e incluso los Marcos.
Dicho éxodo por su inherente dinamicidad no puede ser un hecho estático.Ha de ser dinámico. Conllevaría muchas tensiones, muchos retos pero el resultado merecería la pena. Es apremiante, esto es, ha de comenzar lo antes posible. Pero a su vez dejará un legado imborrable que es la educación.
El éxodo tiene valor educativo. El camino hacia nuestra liberación de estructuras aciagas, dañinas y maléficas conlleva ciertas exigencias. Entre ellas, el desprendimiento de prejuicios acumulados y adquiridos por medio de bulos y mentiras, promulgados sobre todo con afán revisionismo en esta época digital de nuestra historia.
Siendo así, la exigencia comienza con la desentrañación de todas estas células cancerosas en nuestro organismo comunitario. De ahí que se pueda comenzar a recapacitar nuestro sentido como nación. Y este proceso es educativo.
Es preciso empezar a educar éticamente al pueblo sobre todo las nuevas generaciones de votantes.
Es de lamentar que el pueblo, al menos los filipinos hasta nuestra generación actual de adultos, no hayamos escarmentado. Seguimos con los mismos patrones.Seguimos con engaños encarnados en gremios o familias que han convertido la política o nuestro empeño de hacer algo juntos con respecto a nuestra convivencia social en un negocio familiar cuya única finalidad es la perpetuación de sí mismos e el poder.
Este poder se vuelve poder a secas. No se desarrolla, no madura, no crece como autoridad que solo se logra mediante la canalización del poder o del mandato popular mediante el servicio.
La ética conlleva la desentrañación de la célula madre de todo el cáncer societal y político que es el egocentrismo. En Filipinas, dada nuestra cultura arraigada y centrada e la familia, este egocentrismo tiene su despliegue en los intereses familiares que desean acaparar todos los recursos para el bienestar de los componentes de la propia familia o clan. Y no del pueblo.
Esta desentrañación ha de desatar el sentimiento ético cuya modalidad de ejecución es la justicia o el afán de dar lo debido a todos. Pero no debería ser una justicia de verdugos que no es justicia sino brutalidad. La justicia solo puede logarse en la caridad, es decir, el afán de realizar el bien para todos. A su vez la caridad solo puede ejecutarse solo mediante la compasión, que es asumir el sufrimiento del otro y hacerlo el propio no para permanecer en este estado de sufrimiento sino para buscar caminos de su superación mediante gestos humanitarios que respeten la dignidad de todos, es decir, proporcionando a todos lo debido, es decir, siendo justos o equitativos, pues lo debido no necesariamente significa igualdad de medidos pero sí igualdad de derechos que a su vez se arraigan en la igualdad de dignidad de todos.
Todo ello se puede realizar mediante la educación. Pero no solo en la educación recibida institucionalmente.No faltan personas competentes en Filipinas pero faltan personas con un sentido ético conforme a lo que acaba de exponerse arriba.
Aquí el éxito propio o del gremio es la mentalidad o fuerza que impulsa a los filipinos a que terminen una carrera. Es un principio de motivación egocéntrico. Y donde domina el ego la verdad siempre sufre.
La verdad solo puede circularse o vivirse si se comparte, si se vive comúnmente, pues de la verdad se abren filones y sendas hacia el bien común. La verdad solo puede comenzar a brillar si se supera el egocentrismo o el individualismo y se piensa en el bien común.
El proceso contra Sara Duterte es una oportunidad para la verdad, para el desvelamiento de la verdad que es su transparencia. De ahí que se pueda educar a todos, sobre todo a las nuevas generaciones. No es solo una ocasión para que se abran los ojos sino para que todos sigan vigilando por nuestras libertades.
El proceso contra Sara Duterte, y lo que ya se inició contra el padre de esta, deberá progresar y continuar. No deberá acabar con ella. Deberá continuar. Esta continuación constituye el proceso educativo necesario que es un proceso educativo centrado en una ética humanista que siempre es comunitaria tan necesaria para que se lleve a cabo el deseado paso del Mar Rojo.
Así se edifica una nación siempre en salida, siempre saliendo de su Egipcio, siempre caminando esperanzada hacia la Tierra Prometida de este 'perdido Edén', como refiere el vate.
El proceso contra Sara Duterte podría ser un nuevo comienzo para Filipinas. No debería acabar con ella. Su perduración no solo consistirá en que los demás filipinos nefastos, incluyendo la familia del dirigente actual del país cuya familia también había desatado una historia violenta y corrupta que sigue manchando la fábrica nacional, reciban lo que merece ante los tribunales. Solo así se hará justicia que siempre es una salida de defectos estructurales y sistémicos y un camino hacia el bien común, dejando una estela con valor educativo para guiar a las generaciones futuras que regirán el porvenir del país.