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Grech y la sinodalidad en Asia

Más que prometedora, una promesa

El Cardenal Grech habla en la XII Asamblea Plenaria de la FABC

Ya se ha concluido  la XII Asamblea Plenaria de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC) en Yakarta, Indonesia. Los obispos ya han hecho un recorrido tras la misa de clausura de la gran mezquita.Es hora de volver a las tareas cotidianas. Estamos a la espera del Documento Final. Seguramente será prometedor sobre todo para una comprensión adecuada de lo que significa la sinodalidad en este gran continente, la cuna de las grandes y viejas tradiciones religiosas.

             A mi juicio, lo mejor de esta gran reunión fue la intervención del Cardenal Mario Grech, , Secretario General del Sínodo de los Obispos.   Ha hablado desde la eclesiología de la comunión pero conforme a la versión rígida del Sínodo Extraordinario de 1985, para conmemorar el veinte aniversario de la conclusión del Concilio, controlado por la ideología del entonces papa según la versión del entonces Cardenal Ratzinger que reducía la noción de la comunión eclesiológica desde las categorías de las Órdenes Sagradas, exponiéndola en términos centralistas y jerárquicos. El autor de la Relación Final de 1985, el benemérito relator final de dicho sínodo, el  Cardenal Godofredo Danneels, con maestría inigualable, dio concesiones a esta línea eclesiológica pero conservando todo el sabor y la savia de Lumen Gentium con su eclesiología del Pueblo de Dios pero arraigada en la noción del Misterio que es la raíz verdadera para una comprensión adecuada de la comunión y no desde categorías inspiradas por el Código y por la ontología en que una clase específica goza un privilegio sobre los demás.

             Danneels en 1985, con su sagacidad y valentía, frente a las presiones desde arriba entonces, recuperó el fondo del Misterio para subrayar las luces y las sombras en la recepción del Concilio, sobre todo en términos de eclesiología.El texto de Daneels logró definir adecuadamente la naturaleza fundamental de la Iglesia como comunión (con Dios y entre los hombres), equilibrando el papel de las Iglesias locales y la Iglesia universal abriendo un espacio para la recuperación de la eclesiología del Pueblo de Dios tan vilificada por Ratzinger. En medio de los retos de la secularización (una versión modificada del reto del ateísmo que estaba en el horizonte de Gaudium et Spes y de Pablo VI), esta Relación Final realizó su triunfo textual en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) de 1992, un texto con el sello ideológico de Ratzinger y de su eclesiología de la comunión de tilde clerical y centralista.

             Pese a ser un texto grande, el CIC tiene que abrirse a lo sucesivo en la historia y es este el cometido de la sinodalidad iniciada por el papa Francisco y de la que es continuador el papa León XIV, sobre todo en la persona del Cardenal Grech, muy diferente al talante de su antecesor nefasto, un lacayo de la ideología wojytliano-ratzingeriana. Me refiero al Cardenal Jan Peter Schotte y su estilo poco colegial. Desde luego, no sinodal. ¡En absoluto!

             Grech ha afirmado, por una parte, que antes de los cargos o de los ministerios de los ordenados se encuentra el Bautismo. Esta afirmación se acerca más a la eclesiología de la comunión, promulgada entre otros por Avery Dulles, y que tiene raíces en los modelos desarrollados por teólogos próceres del Concilio como Yves Congar, Jerome Hamer e incluso Henri de Lubac, un ‘favorito’ de la línea Wojtyliano-Ratzingeriana pero con la gran sensatez de contextualizarlo todo desde el Misterio.Y por el Bautismo todos somos partícipes vivientes del gran Misterio que es la Iglesia por lo que es preciso recalcar una conceptualización no jerarquizada y subordinante de la comunión que subraya la gran espiritualidad el Bautismo. Ha insistido con fuerza evangelizadora Grech en que ‘estamos aquí porque estamos bautizados…El bautismo es la piedra angular de nuestra vida’.

             Los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos desempeñan diferentes ministerios, sí los laicos también tienen ‘diakonía’ o servicio o ministerio. Es algo que los clérigos ni los religiosos no deberían acaparar. Es preciso recuperar una teología renovada del bautismo que lo comprenda como llamada a participar en la misión de Cristo. Insistiendo en que la participación de todos ha de ser el método, el purpurado maltés señaló que el Sínodo global había empezando en las diócesis de todo el mundo en lugar de hacerlo en Roma. Esto subraya la importancia de la escucha mutua y circular que el papa Francisco había intentado simbolizar vivamente en las mesas redondas.Todo ello es lo opuesto en la primordialidad de la iglesia universal frente a las locales, una tesis propugnada por el Cardenal Ratzinger frente a la del Cardenal Walter Kasper. Los pormenores de este debate merecen un ensayo aparte. Baste por ahora hacer alusión al mismo.

             La vivencia eclesial ha de caracterizarse en términos de servicio.Las órdenes sagradas y la vida religiosa deberían ser contextualizadas dentro de la vida comunitaria a la que sirven.`De ahí que pueda derivarse la verdadera fuerza del episcopado, del sacerdocio ordenado y de la vida religiosa. El contexto básico es siempre el sacerdocio común de todos los bautizados, pues todos somos Iglesia. Todos formamos el Pueblo de Dios. Es este el verdadero sentido de la eclesiología de la comunión con el bautismo como criterio fundamental.

             En efecto, todo esto significa que la sinodalidad, y sobre todo esta Asamblea Plenaria, es ocasión para la conversión, pues la sinodalidad es vivencial, espiritual. Empieza con la conversión del corazón y no con nuevas leyes o imposiciones. No debería tener el lenguaje del código que es propio de una sociedad clericalizada, caracterizada por la obediencia ciega a los clérigos que sigue siendo un problema a nivel parroquial por el parroquialismo o mentalidad parroquial a nivel de las pequeñas comunidades, no así en general en el caso de las diócesis. Salvo en algunas circunstancias. Esto no podría precisarse en este ensayo. Baste por ahora señalar que esta conversión sigue siendo una asignatura pendiente para todos y es bueno que Grech, desde Roma, ha hecho esta llamada en Asia que sigue siendo también el hogar cultural de las grandes tradiciones jerárquicas.

             Por otra parte, Grech ha subrayado que ‘la vitalidad de la Iglesia universal subsiste en y a través de la vitalidad de sus Iglesias´. En efecto, esto viene a significar que las Iglesias locales, no Roma, son el centro de la implementación sinodal. Esto ha quedado claro con la intervención magistral del purpurado maltés. No existe una primordialidad de tipo platónico o idealista de la Iglesia Universal.Somos muchas iglesias formando una Iglesia, la gran Iglesia. Cada Iglesia local es la Iglesia presente en su plenitud en un lugar determinado y en un contexto específico, llevando a cabo la misión de Cristo dentro de su propia circunstancia tanto cultural como pastoral.

             Está llegando, Dios mediante, el día en que las iglesias locales se curen de su torticolis eclesial por tanto mirar y seguir a Roma que es el cáncer eclesial promulgado por eclesiologías de la comunión enfermizas y obsesionadas por el control. Todo ello no significa que la sinodalidad esté exenta de problemas pero, por lo menos, se encuentra en el corazón de las realidades concretas con sus contextos y circunstancias, con sus tensiones y esperanzas vividas y no solo teóricas o abstractas. El Evangelio se vive en medio de los retos y no desde las seguridades institucionalizadas que acaban siendo elitistas y excluyentes como los fariseos que pensaban justificados y que no necesitaban la conversión. La Iglesia se vive como proceso continuo y constante de conversión que ha de ser concreta, concretizada y vivida en cada circunstancia.

             La vitalidad de la Iglesia se debe a que las iglesias locales son los pulmones de la gran Iglesia que respiran los signos de los tiempos y que deberían cobrar más protagonismo en la vida eclesial.  La vida de la iglesia se forja a nivel local, en cada tierra específica, en cada circunstancia concreta. Debería crecer como un gran de mostazo desde las parroquias y comunidades locales, las células vivas de las iglesias locales que forman la gran colmena que es la Iglesia local con voces y matices en unísono, caminando como el Pueblo Escatológico de Dios creando una historia, al de la salvación que no puede excluir a nadie incluso a los de otras tradiciones religiosa, como las que nacieron y que se encuentran en Asia.

             La verdadera comunión no es dictar o imponer desde arriba sino que se nutre de todos los componentes para que todos caminen juntos como Pueblo. Somos, en efecto, el Pueblo de Dios y nuestro vínculo es la comunión de los bautizados, cada uno con sus respectivos roles o servicios pero en armonía en medio de las tensiones y los retos de las circunstancias.

             Esta Asamblea Plenaria es mucho más que prometedora. Es una promesa, ¡una gran promesa! Con el respaldo de Roma, en las afirmaciones del mismo Grech, las iglesias locales han de ser menos romanas y más locales pero siempre en comunión con Roma. Es decir, sin caer en los excesos que podrían ser las consecuencias de esta valentía eclesiológica tan refrescante para nuestros tiempos tras la caída de las ideologías absolutistas y frente a los retos de los relativismos en el mercado de las ideas hoy en día.

Auguramos, con la esperanza nuestra puesta en Cristo, el Señor de la Historia, que es una promesa de cosecha abundante con el tiempo que supone la verdadera conversión como un auténtico giro copernicano. Todo ello apunta hacia el comienzo del fin de la patología eclesial descrita arriba y una nueva aurora para nuestros paradigmas eclesiales. En efecto, estamos presenciando las postrimerías de la eclesiología de la comunión de los que controlaban el Extraordinario Sínodo de 1985. Al mismo tiempo, nos encontramos girando hacia una en que la sinodalidad y la colegialidad sean coordenadas clave para nuestra geografía eclesial.

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