Necesitamos Monjes
NECESITAMOS MONJES
El triunfo de la Iglesia en el curso del siglo IV, en pleno Imperio romano, en su versión de Dominado, solamente fue posible por el fracaso de la fe primitiva y de la traición a la doctrina de Jesús. Su victoria se había comprado, y a un precio tan caro que podemos afirmar audazmente que los fieles de los tiempos apostólicos lo hubieran considerado un desastre. La Iglesia hizo suyas todas las pompas de los cultos antiguos. En adelante, la doctrina reinará sobre la fe, acontecimiento capital en la historia de la vida cristiana. El espíritu del siglo se apodera de la Iglesia y pierde claridad el sentido de su razón de ser y de su misión.
Es entonces cuando frente a ese mundo nada ejemplarizante del bajo Imperio romano nace entre los cristianos más auténticos, más unidos a Jesús, la alternativa del monacato, de la huida de un mundo que ha vencido finalmente a la Iglesia institución, cooperadora del Estado. El monasterio atrae a muchas almas delicadas a las que el mundo espanta o desgarra, a muchos cristianos de "élite" que comprenden más o menos claramente que la moral del Evangelio, que llevan grabada en el corazón, se aviene mal con las necesidades del siglo y que el cómodo cristianismo que satisface al mundo no es el de Jesús. La Iglesia institución había en la práctica capitulado ante el mundo. La vida en comunidad de los monjes les aseguraba un gran prestigio ante la generalidad de los fieles y esto obligaba a las autoridades eclesiásticas a contar con ellos. Hacia ellos se dirigían las almas cristianas más puras, y la sugestiones y los deseos de la fe popular ellos los depuraban, escogían, ordenaban y, finalmente, imponían a los teólogos, que los arreglaban lo mejor que podían. El monaquismo había nacido, y el convento estaba generosamente abierto a los cristianos que repudiando las inquietantes concesiones al siglo buscaron el medio de vivir realmente conforme a la moral cristiana auténtica.
A partir de entonces el rebaño cristiano se divide en dos grupos; los perfectos, aquellos que lejos del mundo se santifican con los hermanos de su comunidad, manteniendo en todo su vigor las exigencias evangélicas de pobreza y apoyo incondicional a los más débiles, y los fieles, que viven en el mundo, que cumplen las reglas del mundo y sólo unas pocas del ser cristiano con los sacramentos. Al final, tal como estaba previsto desde el siglo IV, la cómoda Iglesia del mundo es la parte más poderosa, hasta el punto de que la otra, la perfecta, está dejando desiertos los claustros de los monasterios. El cristianismo más radical, más exigente, más incómodo, aún no tragado por el mundo, se circunscribe a unos pocos centenares de conventículos semivacíos, pero donde el espíritu de Jesús reina y vive plenamente. Y lo que ya es rizar el rizo de la comodidad eclesial y la connivencia con el mal han sido los movimientos pseudocristianos que ha visto el siglo XX, en que lejos de huir del mundo alaban las virtudes del mundo, pretendiendo triunfar en el mundo con los mejores modales mundanos. Y no cabe duda que han triunfado en el mundo con las virtudes del mundo. Han triunfado acumulando dinero y poder, que son el Mammona de los que hablaba Jesús. Hemos derribado las trincheras éticas que separaban los santos muros de la Iglesia del mundo y, al final, sólo tenemos mundo, el mundo de la injusticia, el egoísmo, la insolidaridad y el dinero. Ya somos los reyes de la mundanidad. El mundo ha vencido. La Iglesia hoy adapta ya su catequesis a las necesidades del mundo, o sea, a los hábitos de los mediocres, mientras que su rica teología se sigue abriendo, gracias a Dios, a las especulaciones de los intelectuales. Del Opus Dei hemos hecho en realidad un Opus Mundi.
Es verdad que ya no somos una religión de exaltados, de desesperados, y de indigentes, como lo fuimos en los siglos I y II. Somo ya, gracias a nuestra elegante mundanidad, una religión respetable. Otra cosa. Dios nos ampare. Mientras, pedimos desde aquí, a los hermanos y a las hermanas que lejos del mundo, en sus conventos y monasterios, viven la pobreza evangélica y la fraternidad, son buenos y no paran de alabar a Dios, que recen por los cristianos de la comodidad, los cristianos de postín con cruces de oro en el pecho, para que brote en ellos el agua de la fe en Jesús, el agua con la que fueron bautizados.
Martín-Miguel Rubio Esteban