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Cuando el cansancio predica

Soy Enrique, #ReverendoCuir, y comparto otra de mis #CUIRadasdominicales.

Esta se basa en en Mateo 9:35–10:8, (9–23)

Cuando el cansancio predica

Antes de que alguien pronuncie una palabra desde un púlpito, la predicación puede estar ocurriendo en otro lado: en una espalda que se inclina sin dramatismo, en la respiración contenida de quien aprendió a no pedir demasiado, en la mirada de una madre que ya no sabe si busca a su hijx entre expedientes o entre restos, en una persona trans que vuelve a explicar su nombre como si su existencia necesitara autorización diaria. Ese cansancio no ilustra una idea religiosa ni sirve como imagen conmovedora para adornar una homilía, porque más bien desordena la tranquilidad de una fe acostumbrada a convertir el sufrimiento en asunto privado, a separar la herida de sus causas y a tratar como fortaleza espiritual lo que muchas veces es desgaste producido por un mundo que obliga a ciertas vidas a defender, una y otra vez, su derecho elemental a permanecer.

Mateo presenta a Jesús recorriendo ciudades y aldeas, enseñando, anunciando y curando, con una frase que podría leerse como una agenda pastoral ordenada, casi programática, hasta que el relato cambia de peso cuando Jesús mira a las multitudes y se conmueve porque están agotadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. La misión, entonces, no empieza con una estrategia, con una evaluación de recursos ni con una preocupación por la visibilidad del movimiento, sino con la irrupción de un cuerpo colectivo que ya no puede sostenerse solo y que, antes de formular una demanda, ya ha predicado algo decisivo sobre el fracaso de toda autoridad incapaz de cuidar.

Ese cansancio no ilustra una idea religiosa ni sirve como imagen conmovedora para adornar una homilía, porque más bien desordena la tranquilidad de una fe acostumbrada a convertir el sufrimiento en asunto privado...

¿Qué escucha Jesús cuando nadie ha logrado hablar? La multitud no entrega un diagnóstico, no organiza su dolor en un lenguaje aceptable ni convierte su historia en petición reconocible para quienes necesitan explicaciones antes de permitir que una herida importe. Jesús mira y comprende, pero esa comprensión no nace de una inspección sobre la carencia, sino de una sensibilidad capaz de leer en los cuerpos aquello que las estructuras suelen esconder. El abandono deja huellas antes de volverse argumento, y por eso hay cuerpos que predican precisamente cuando ya no tienen fuerzas para traducir su sufrimiento al idioma de quienes solo reconocen el dolor cuando llega bien presentado.

Una pastoral se extravía cuando interpreta el abatimiento como problema de actitud, porque quien llega exhaustx no siempre necesita ánimo, motivación o una frase piadosa para resistir otra semana, sino que quizá necesita que alguien reconozca que su cansancio tiene historia, responsables y condiciones materiales. En el evangelio, el agotamiento no aparece como defecto moral ni como fragilidad espiritual, sino como síntoma de una vida expuesta a malos cuidados. La imagen de ovejas sin pastor no infantiliza a la multitud; acusa una responsabilidad rota, pues alguien ocupó el lugar de autoridad sin ofrecer amparo, alguien habló en nombre de Dios sin producir refugio, alguien condujo sin que la vida de las personas se volviera más habitable.

Ese cansancio no ilustra una idea religiosa ni sirve como imagen conmovedora para adornar una homilía, porque más bien desordena la tranquilidad de una fe acostumbrada a convertir el sufrimiento en asunto privado...

Ese cansancio no puede reducirse a la fatiga de un día largo, porque trae encima formas concretas de despojo, precariedad, racismo, heteronorma, violencia estatal, abandono sanitario y trabajos afectivos que recaen, de manera persistente, sobre cuerpos feminizados. Una persona cuir que mide el tono de su voz antes de nombrar a quien ama no administra simplemente una conversación, sino una zona de riesgo; una familia que atraviesa un sistema de salud roto no enfrenta solo una enfermedad, sino una cadena de espera, deuda, burocracia y miedo; una comunidad que defiende agua, territorio o memoria no pelea por un recurso aislado, sino por las condiciones mínimas para que la vida no sea confiscada.

La incomodidad institucional aparece cuando ese cansancio entra por la puerta de una iglesia y deja de ser una escena externa, porque entonces ya no basta con ofrecer escucha, preparar una oración o nombrar la compasión como virtud. Si una comunidad mira el agotamiento únicamente como ocasión de acompañamiento individual, puede consolar sin tocar las fuerzas que producen desgaste; si lo convierte en testimonio edificante, embellece la herida ajena para confirmar su propia sensibilidad; si lo usa para hablar de su apertura, vuelve a instalarse en el centro del relato. La conmoción de Jesús va por otro camino, ya que descubre que el dolor tiene causas, que el abandono tiene responsables y que la misión cristiana pierde verdad cuando separa cuidado y justicia.

La conmoción de Jesús va por otro camino, ya que descubre que el dolor tiene causas, que el abandono tiene responsables y que la misión cristiana pierde verdad cuando separa cuidado y justicia.

“La mies es mucha y los trabajadores pocos” ha sido repetida tantas veces como lema vocacional que casi perdió su filo, sobre todo cuando se usa para alimentar una imaginación eclesial obsesionada con sumar manos, sostener actividades, reclutar agentes pastorales y garantizar continuidad institucional. Junto a la multitud agotada, la frase recupera otro peso. No llama a multiplicar operadores para que la maquinaria religiosa siga girando, sino a reconocer que hay demasiado sufrimiento sin cuidado, demasiadas vidas expuestas al desgaste, demasiadas heridas convertidas en paisaje. Jesús no convoca al trabajo por ansiedad eclesiástica; convoca porque, después de mirar así, la indiferencia ya no puede presentarse como neutralidad.

La autoridad que Jesús entrega a sus discípulos entra entonces en una zona delicada, especialmente porque muchas comunidades cristianas han usado esa palabra para ordenar cuerpos, vigilar deseos, corregir identidades, imponer silencios y administrar permisos de pertenencia. El evangelio de Mateo la orienta hacia otra eficacia: aliviar lo que oprime, sanar lo que duele, reintegrar a quienes fueron separadxs, anunciar una cercanía capaz de modificar condiciones concretas de vida. Esa autoridad no se reconoce por la firmeza con que disciplina ni por el volumen con que se impone, sino por lo que permite respirar, por lo que deja de exigir como precio, por la vida que ya no necesita encogerse para permanecer.

Esa autoridad no se reconoce por la firmeza con que disciplina ni por el volumen con que se impone, sino por lo que permite respirar, por lo que deja de exigir como precio, por la vida que ya no necesita encogerse para permanecer.

Una sensibilidad cuir obliga a leer esta escena desde la puerta y no desde el púlpito, porque la puerta revela aquello que el discurso suele maquillar: quién entra sin achicarse, quién debe explicar demasiado, quién es recibido como problema, quién como cuota, quién como cuerpo completo. No basta con ofrecer bienvenida mientras se conservan intactas las condiciones que agotaron a quienes llegan, ni convierte la herida en adorno litúrgico o la historia vulnerada en capital moral para la institución.

Cuando Jesús manda proclamar que el Reino de los cielos se ha acercado, la cercanía deja de ser una palabra amable y empieza a nombrar una interrupción de la intemperie. El Reino se acerca cuando alguien deja de ser tratado como expediente, amenaza, impureza o caso pastoral; cuando una comunidad deja de hablar del dolor como si ocurriera lejos; cuando la mesa ya no exige gratitud por permitir una presencia vigilada. La cercanía evangélica no es proximidad sentimental, sino una reorganización del espacio común para que una vida cansada encuentre descanso sin pagar con silencio.

Las acciones que siguen —curar personas enfermas, levantar a quienes han sido declarades muertes, limpiar leprosos, expulsar demonios— pierden fuerza si se leen como catálogo de prodigios, porque su potencia no está en alimentar una imaginación espectacular de la misión, sino en impedir que el Reino se vuelva pura palabra. Allí se tocan cuerpos, vínculos, diagnósticos, exclusiones, miedos y memorias. Quien fue aisladx vuelve a pertenecer, quien fue considerado irrecuperable descubre que ninguna sentencia agota su posibilidad, quien quedó capturadx por vergüenza, violencia o precariedad experimenta una fractura en el orden que parecía definitivo. La misión no adorna el sufrimiento con lenguaje religioso; está llamada a cambiar las condiciones que lo vuelven destino.

La misión no adorna el sufrimiento con lenguaje religioso; está llamada a cambiar las condiciones que lo vuelven destino.

“Gratis recibieron, den gratis” introduce una crítica frontal a toda economía religiosa de la pertenencia, porque la gracia se desfigura cuando se cobra como obediencia, discreción, normalización o docilidad. A una persona cuir no se le ofrece comunidad si la condición es no incomodar, no preguntar por la doctrina, no nombrar demasiado el deseo, no traer el cuerpo entero a la mesa. Esa transacción puede disfrazarse de prudencia pastoral, respeto por los procesos o fidelidad a la tradición, pero sigue funcionando como peaje espiritual. Donde hay peaje, la gratuidad del evangelio queda administrada por quienes nunca tuvieron que pedir permiso para entrar.

El evangelio de Mateo tampoco convierte a quienes son enviadxs en figuras heroicas, y esa reserva narrativa importa porque no sabemos si entendieron la profundidad de la tarea, si tuvieron miedo, si confundieron autoridad con privilegio o si necesitaron desaprender mucho mientras caminaban. El texto nos aparta de la fantasía de una misión encomendada a personas terminadas, inmunes al error o especialistas en pureza moral. Jesús llama a quienes pueden dejarse afectar por el cansancio ajeno y, desde esa afección, aprender una forma menos posesiva de acompañar. La autoridad evangélica no se recibe como superioridad sobre otras vidas, sino como responsabilidad ante aquello que esas vidas ya no pueden cargar solas.

La autoridad evangélica no se recibe como superioridad sobre otras vidas, sino como responsabilidad ante aquello que esas vidas ya no pueden cargar solas.

Me parece importante revisar la pregunta que organiza a una comunidad, porque no basta decidir qué haremos, cuántas actividades sostendremos o qué programas deben fortalecerse cuando el evangelio nos coloca frente a una multitud agotada. Habría que escuchar qué cansancios dejamos de oír, qué cuerpos ya no llegan porque nunca encontraron descanso, qué palabras castigamos hasta volverlas silencio, qué heridas usamos como tema sin modificar la casa que las sigue produciendo.

Una iglesia puede estar llena de actividad y no ofrecer pastoreo, puede pronunciar lenguaje inclusivo y seguir cobrando pertenencia, puede predicar gracia mientras organiza la mesa con condiciones no dichas. Mateo nos devuelve a una escena más elemental y más exigente: una multitud agotada, Jesús conmovido y una autoridad entregada para sanar, levantar y liberar. Donde una comunidad aprende a escuchar lo que el cansancio predica, el Reino deja de sonar a consigna religiosa y comienza a parecerse a un descanso posible.

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