Teología cuir y CUIRadas: mirar la fe desde un cuerpo que desea
La Biblia no siempre llega como consuelo; a veces se abre con el peso de una frase escuchada a destiempo, con la vergüenza que alguien aprendió a sentir antes de poder nombrar su deseo, y por eso toda lectura pastoral honesta tendría que reconocer que muchas personas sexogenéricamente disidentes no nos alejamos de las iglesias por falta de profundidad espiritual, sino porque el espacio que prometía gracia exigió silencio y control.
Cuando digo teología cuir pienso en esa zona donde la fe late, aunque haya sido obligada a esconderse; no en un programa de inclusión eclesial, tampoco en una novedad destinada a tranquilizar instituciones que desean parecer hospitalarias sin revisar sus doctrinas, sino en una práctica que surge cuando los cuerpos tratados como anomalía descubren que pueden leer, bendecir, interpretar, celebrar, acompañar y discutir sobre la Divinidad sin aceptar el lugar menor que les fue asignado por las iglesias.
...cuando pienso en teología cuir... pienso en una práctica que surge cuando los cuerpos tratados como anomalía descubren que pueden leer, bendecir, interpretar, celebrar, acompañar y discutir sobre la Divinidad sin aceptar el lugar menor que les fue asignado por las iglesias.
Esta intuición no aparece de la nada. En el campo teológico, la genealogía queer/cuir pasa por autorxs como Elizabeth Stuart, Robert Goss, Patrick Cheng, Lisa Isherwood y Theodore Jennings, quienes abrieron discusiones decisivas sobre cuerpo, deseo, cristología, comunidad e interpretación bíblica; en América Latina, Marcella Althaus-Reid ocupa un lugar importantísimo al desvestir la decencia colonial de la teología y proponer una reflexión sexual, indecente y liberacionista, mientras Hugo Córdova Quero, Ángel Méndez Montoya, Ana Ester Padua, André Musskopf, Anderson Santos y Carmen Margarita Sánchez de León han prolongado, desde registros distintos, la pregunta por una fe pensada desde cuerpos y deseos no normativos.
Ahora bien, cuando uso cuir no me apoyo únicamente en esa genealogía teológica, porque el desplazamiento latinoamericano del término también conversa con Diego Falconí y Sayak Valencia, para quienes cuir no es calco dócil de queer, y con María Galindo, cuya actitud bastarda permite pensar lo no reconocido sin pedir legitimación al centro. Cuir, escrito así, conserva una herida de lengua. La palabra no entra pulida, no se acomoda al oído académico, tampoco obedece la ruta colonial de una categoría que viaja intacta desde otros archivos; su potencia está en esa torsión, en ese gesto que desplaza queer hacia un territorio donde la sexualidad nunca aparece sola, porque se cruza con clase, racialización, barrio, familia, migración, precariedad, moral católica, pentecostalismos de control, silencios domésticos y comunidades donde la fe se reconstruye con lo disponible, sin prestigio institucional, pero con la lucidez de haber sobrevivido a la decencia impuesta.
Algo se rompe cuando una iglesia dice “todxs son bienvenidxs” mientras conserva intacta la máquina que decide quién puede ser leído como testimonio de gracia y quién debe permanecer como caso pastoral. Esa bienvenida puede convertirse en subordinación refinada, porque permite entrar sin modificar la arquitectura del lugar, ofrece asiento sin redistribuir la palabra, concede cercanía sin renunciar al derecho de sospechar; por eso la teología cuir incomoda, porque no se conforma con una puerta abierta, quiere preguntar quién construyó la puerta, quién tuvo llave, quién predicó desde adentro y cuántas personas aprendieron a llamar prudencia a su propio silenciamiento.
la teología cuir incomoda, porque no se conforma con una puerta abierta, quiere preguntar quién construyó la puerta, quién tuvo llave, quién predicó desde adentro y cuántas personas aprendieron a llamar prudencia a su propio silenciamiento.
CUIRadas —como he nombrado a este blog— nace de mirar, pero mirar no es un acto inocente. Hay miradas que corrigen antes de escuchar, convierten la pluma en diagnóstico, toleran siempre que la diferencia no exceda el marco de lo aceptable, acarician pastoralmente con una mano mientras con la otra empujan hacia la normalización; frente a esa vigilancia suave, CUIRadas quiere nombrar un modo de atención que no capture, una forma de acercarse a la vida ajena sin convertirla en expediente, una lectura del Evangelio que permita reconocer allí donde la moral religiosa vio amenaza, no porque toda experiencia disidente sea automáticamente liberadora, sino porque ninguna comunidad cristiana puede hablar de encarnación mientras desprecia las carnes donde Dios sigue haciéndose pregunta.
Leída desde este lugar, la Escritura deja de funcionar como archivo de permisos. Buscar una autorización directa para existir puede ser comprensible cuando se ha sido golpeadx con versículos, pero esa estrategia se queda pequeña ante la hondura del daño; cuirizar la lectura bíblica implica desplazar el uso policial del texto, desarmar las tecnologías de pureza, parentesco, honor, sacrificio y obediencia que ciertas tradiciones volvieron naturales, y permitir que una mesa compartida ya no sea simple imagen de comunión, un cuerpo tocado ya no sea solo objeto de misericordia, una bienaventuranza ya no sea consuelo abstracto, y una comunidad reunida alrededor de Jesús pueda ser pensada como interrupción de las jerarquías que deciden qué vidas merecen duelo, gozo, cuidado o palabra pública.
cuirizar la lectura bíblica implica desplazar el uso policial del texto, desarmar las tecnologías de pureza, parentesco, honor, sacrificio y obediencia que ciertas tradiciones volvieron naturales, y permitir que una mesa compartida ya no sea simple imagen de comunión
Acompañar a una persona herida por la religión exige mucho más que repetir “Dios te ama”, aunque a veces esa frase pueda sostener una noche; implica reconocer la complicidad de las iglesias en la producción de culpa, desmontar la lectura bíblica que justificó expulsiones, escuchar cómo la familia fue convertida en tribunal, cuidar sin domesticar y bendecir sin pedir renuncias secretas, porque una ternura que evita el conflicto termina pareciéndose demasiado a la administración del daño, mientras una ternura cuir sostiene la vida allí donde todavía no hay reconciliación posible, pero sí puede abrirse un espacio para respirar sin pedir perdón por la propia forma.
Por eso uso el nombre CUIRadas: porque condensa mirada y cuidado, lectura y gesto, sospecha y ternura, desobediencia lingüística, sin prometer una pureza que nunca ha sido evangélica. Lo necesito para nombrar un ejercicio situado que toma en serio la Biblia, pero no la deja en manos de quienes la volvieron arma; que ama la iglesia, pero ya no se permite lealtad acrítica; que reconoce la potencia de la teología de la liberación, pero insiste en que lxs pobres también son quienes fueron empobrecidxs en su derecho a desear, nombrarse, celebrar y ocupar la presencia divina sin disimulo; que mira desde Abya Yala, desde cuerpos agramaticales que ya no desean ser excepción aceptada, sino lugar teológico desde donde la fe pueda aprender a mirar de otra manera. Esto incomoda, sí, pero como dicen las feministas: ya no tendrán la comodidad de nuestro silencio.