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A estas alturas de la vida

Con los años aprendemos que vivir en paz exige escuchar, discernir y dejar de depender de la aprobación de los demás.

Pendiente de la aprobación de los demás (OpenAI ChatGPT)

A estas alturas de la vida

Hay una edad en la que uno descubre cuánto tiempo ha gastado explicándose ante los demás: justificando decisiones, aclarando intenciones, intentando corregir interpretaciones equivocadas o procurando que todos entiendan las razones de cada paso. Pero la experiencia termina enseñándonos algo elemental: no podemos controlar la mirada ajena ni conseguir que todos nos comprendan. Y llega un momento en que uno ya no está para mucha tontería, no porque se haya vuelto indiferente o crea tener siempre razón, sino porque ha aprendido cuánto cuesta conservar la paz y ya sabe distinguir mejor lo esencial de lo accesorio.

Con los años descubrimos que necesitamos el afecto, la amistad y el reconocimiento de quienes queremos, pero también que nuestra estabilidad no puede depender continuamente de la aprobación exterior. La psicología ayuda a entenderlo. Edward Deci y Richard Ryan, desde la teoría de la autodeterminación, señalan tres necesidades psicológicas básicas: la autonomía, que nos permite actuar de acuerdo con valores asumidos personalmente; la competencia, relacionada con nuestra capacidad para desenvolvernos y afrontar los retos de la vida; y la vinculación, que expresa nuestra necesidad de establecer relaciones significativas con los demás. Ninguna implica vivir aislados ni prescindir de quienes nos rodean. El problema aparece cuando necesitamos su aprobación para sentirnos seguros, porque entonces terminamos contemplándonos a través de los ojos ajenos y concediéndoles un poder excesivo sobre nuestra vida.

Madurar exige aprender a discernir las voces que escuchamos. Hay críticas acertadas y personas capaces de mostrarnos aspectos de nosotros mismos que no alcanzamos a ver. Escucharlas puede exigir humildad, rectificación e incluso pedir perdón. Pero existen también prejuicios, comentarios malintencionados, expectativas injustas e incomprensiones que ninguna explicación conseguirá resolver. No todo merece una respuesta, porque vivir contestando a cada juicio termina convirtiendo nuestra existencia en una defensa permanente de nosotros mismos. Hay silencios que no son cobardía, sino la decisión serena de no entregar tiempo y energía a aquello que intenta gobernarnos.

Para un creyente, esta cuestión adquiere una profundidad mayor. A estas alturas de mi vida, cada vez me importa menos lo que piensen de mí y cada vez me importa más lo que Dios piense de mí. No encuentro en ello una invitación al individualismo, sino una exigencia mucho más seria. Vivir ante Dios obliga a preguntarse por la rectitud de nuestros actos, por el bien que hacemos y por el daño que podemos causar. También exige reconocer los errores, reparar cuando sea posible y aceptar que la conciencia no puede utilizarse como coartada para justificar cualquier decisión.

La fe de la Iglesia ha concedido siempre una enorme importancia a la conciencia, pero nunca la ha confundido con la simple tranquilidad interior. El Catecismo enseña que la conciencia debe ser formada y educada para alcanzar juicios rectos y verdaderos (cf. nn. 1783-1785). Por eso no basta afirmar: “Estoy en paz conmigo mismo”. Podemos acostumbrarnos a nuestros errores y encontrar argumentos para justificarlos. La paz auténtica no consiste en convencernos de que siempre tenemos razón, sino en procurar vivir honestamente ante Dios, dejándonos corregir cuando descubrimos que nos hemos equivocado.

Una palabra esencial para la vida cristiana es discernimiento. Gaudete et exsultate recuerda que esta tarea puede servirse de los conocimientos humanos, psicológicos, sociológicos y morales, pero no se reduce a ellos (cf. n. 170). El creyente escucha, reflexiona, contrasta y finalmente se coloca ante Dios, porque sabe que su vida no puede quedar sometida al aplauso de quienes hoy elogian y mañana censuran.

Quizá envejecer bien consista precisamente en alcanzar esa libertad sin endurecer el corazón: necesitar menos reconocimiento sin dejar de agradecer el cariño, aceptar una corrección sin vivir pendiente del juicio ajeno, pedir perdón cuando corresponde y continuar caminando cuando se ha obrado honestamente. Los años deberían enseñarnos a escoger mejor aquello a lo que entregamos nuestro tiempo, nuestras preocupaciones y nuestras fuerzas, porque la serenidad no consiste en que nada nos importe, sino en saber qué merece realmente importarnos.

La vida es demasiado breve para pasarla intentando convencer a todo el mundo de quiénes somos. Llegará un día en que cesarán tanto los elogios como las críticas y quedaremos ante Dios sin apariencias ni necesidad de defender nuestra imagen. Entonces importará haber amado, haber servido, haber reconocido nuestros errores y haber procurado vivir con verdad. A estas alturas de la vida, esa mirada es la que verdaderamente me importa.

Antonio Ramos Ayala

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