El clericalismo no ha muerto
El clericalismo no ha desaparecido: puede disfrazarse de cercanía y, por eso, cuesta más verlo.
El clericalismo no ha muerto
Hay comunidades parroquiales que funcionan más o menos bien… hasta que el sacerdote se ausenta o es trasladado a otra parroquia. Entonces aparece algo que antes no se veía: lo que parecía sólido se resiente, se ralentiza o incluso se detiene. La vida comunitaria cambia de rumbo y se percibe un retroceso real. Es ahí donde se descubre que lo que sostenía la comunidad no era un verdadero tejido compartido ni un trabajo conjunto entre el consejo de laicos y el sacerdote, sino, en la práctica, la presencia y las decisiones de una sola persona.
En este caso, mientras el sacerdote está, todo parece en orden. Hay actividad, respuesta, coordinación. Pero esa eficacia encubre una debilidad de fondo: la comunidad no ha generado sujetos capaces de sostener, discernir y continuar la misión. Cuando él falta, no es solo que se note su ausencia; queda al descubierto que la corresponsabilidad no había echado raíces.
Durante años se ha hablado mucho del clericalismo, casi siempre en tono de denuncia, y con razón. No es una cuestión secundaria. Ha dejado consecuencias visibles: abusos de poder, infantilización de los laicos y una comprensión empobrecida del ministerio sacerdotal. Allí donde se instala, debilita las comunidades, proyecta una imagen piramidal de la Iglesia y daña su credibilidad. Además, reduce la participación a lo estrictamente formal, empobrece el discernimiento, concentra en exceso la toma de decisiones y limita la creatividad pastoral. Al final, también desgasta al propio sacerdote, que termina cargando con lo que no le corresponde.
Podría parecer que este problema se está superando, y en parte es cierto. Cada vez más sacerdotes trabajan con una pastoral más participativa y sinodal, donde la corresponsabilidad empieza a ser real. Pero junto a ese camino hay otro riesgo, más silencioso: dar el problema por resuelto o pensar que solo aparece en casos extremos. No es así. El clericalismo no ha desaparecido; ha cambiado de forma y, precisamente por eso, resulta más difícil de reconocer.
Durante mucho tiempo se expresó en la distancia. El sacerdote no solo tenía una función distinta, sino que vivía y decidía al margen de la vida real de la comunidad. No compartía procesos, no escuchaba de verdad, no rendía cuentas. Su palabra apenas se contrastaba. Quedaba situado por encima, no en comunión con todos. Ese modo de ejercer la autoridad, fuerte y poco cuestionado derivaba con facilidad en rigidez o en un control férreo de la parroquia. Ese modelo ha sido ampliamente criticado y, en muchos lugares, ha retrocedido. Pero el problema de fondo no ha desaparecido.
Hoy se presenta de un modo más sutil. El sacerdote es cercano, accesible, implicado; acompaña y está presente. Y, sin embargo, puede generarse otra forma de dependencia. Sin necesidad de imponer, todo acaba pasando por él. Las decisiones, las iniciativas, los ritmos y, en el fondo, la orientación de la vida comunitaria queda vinculados a su persona, en lugar de ser asumidos entre todos, en comunión. No hay control explícito, pero sí una centralidad de hecho que descarga a la comunidad de su responsabilidad y le impide crecer como verdadero sujeto eclesial.
Lo decisivo es que esto puede darse sin mala intención. No hay voluntad de dominar. Pero el resultado es una comunidad que no termina de caminar por sí misma, porque se ha acostumbrado a recibir impulso desde fuera en lugar de generarlo desde dentro. Por eso conviene precisar bien el problema. No es una cuestión de estilos ni de mayor o menor cercanía. Es una forma de situarse en la Iglesia que acaba influyendo en cómo los demás viven su fe. Y eso remite directamente a la vida interior del sacerdote.
Cuando el centro no está verdaderamente en Dios, se buscan apoyos que lo sustituyen: el reconocimiento, la eficacia, el propio papel. No suele formularse de manera consciente, pero se percibe en lo concreto: en cómo se toman las decisiones, en lo que se comparte, o no, en la necesidad de que todo pase por uno mismo. Así, poco a poco, el ministerio pierde transparencia. El sacerdote, sin pretenderlo, ocupa un espacio que no le corresponde. No tanto por lo que dice, sino por el tipo de vínculo que genera: un vínculo que no siempre ayuda a crecer, porque mantiene a otros en una posición dependiente.
La superación del clericalismo no pasa solo por cambiar formas externas. No basta con suavizar el trato ni con promover dinámicas participativas. Si no hay una vida espiritual real, todo puede quedarse en apariencia.
Resulta especialmente clara una afirmación del Papa Francisco, que se refiere al clericalismo como una “perversión” dentro de la Iglesia (Carta al cardenal Marc Ouellet, 19 de marzo de 2016). La expresión es fuerte, pero precisa: no estamos solo ante un estilo inadecuado, sino ante una deformación del ministerio. Cuando deja de vivirse como servicio y ocupa el centro, desplazando a la comunidad, y, en el fondo, a Dios, se altera su verdad más profunda.
El Evangelio ofrece un criterio directo. Jesús responde a sus discípulos: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Y añade: “Uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). No es un ideal abstracto. Es una referencia concreta para la vida real.
A la luz de este criterio se entienden muchas situaciones. Puede haber actividad, reuniones, iniciativas… pero si todo depende en exceso de una persona, el equilibrio es frágil. No porque esa persona falle, sino porque lo que sostiene la vida de la comunidad no está donde debe estar. La cuestión de fondo no es cuánto se hace, sino desde dónde se hace. Y eso plantea una pregunta incómoda: ¿estamos ayudando a que las personas se sostengan en Dios o, sin darnos cuenta, ocupamos un lugar que les impide dar ese paso?
Esa forma de situarse, en la que el sacerdote no se coloca en el centro sino que ayuda a que la comunidad se sostenga en Dios, no se improvisa. Se cultiva en la oración, en el silencio, en la revisión sincera y en el contraste con otros. Supone aceptar límites y renunciar a ocupar espacios que no corresponden. Cuando esto falta, el desorden aparece, aunque por fuera todo funcione.
Por eso, el criterio último es claro: una comunidad madura no se detiene cuando falta el sacerdote. Puede notar su ausencia, pero no pierde el rumbo ni se paraliza, porque su vida no dependía de él. Ahí se reconoce un ministerio bien vivido: no por el peso que concentra, sino por la capacidad que deja en otros.
La participación real y la corresponsabilidad de los laicos en la tarea evangelizadora y en la vida concreta de la Iglesia, también en sus decisiones y en su organización, no son un añadido opcional, sino una necesidad urgente. Como recuerda Christifideles Laici, “los fieles laicos no pueden permanecer pasivos en la vida y misión de la Iglesia” (n. 3). Cuando esto se toma en serio, la comunidad deja de depender de una sola persona y empieza a sostener su vida y su misión con responsabilidad compartida.
P. Antonio Ramos Ayala