El poder que Cristo transforma
Cuando la Iglesia se acerca al poder, pierde; cuando sirve, se vuelve creíble
El poder que Cristo transforma
Existe una palabra muy presente, deseada y a la vez peligrosa, que atraviesa la vida pública, la historia de la Iglesia y también el corazón de cada hombre: el poder. Esta no es una palabra inocente, porque siempre implica una relación con los otros, la capacidad de influir, de decidir y de orientar la vida de alguien, y ahí es donde aparece el riesgo. Tiene algo de necesario, porque sin ella muchas cosas no funcionarían, pero al mismo tiempo encierra una tensión constante. Lo vemos todos los días: cuando el poder no se purifica acaba convirtiéndose en dominio y, cuando deja de orientarse al bien, termina degradando tanto a quien lo ejerce como a quien lo sufre.
Jesús no se sitúa al margen de esta realidad. Se encuentra con ella y la afronta, pero sin asumir su lógica mundana. No ignora el poder ni lo evita, pero tampoco lo asume tal como lo entendemos comúnmente, es decir, como capacidad de imponerse, de controlar o de asegurarse a uno mismo. Lo redefine desde dentro, cambiando su sentido: no lo ejerce como dominio, sino como servicio, no lo utiliza para afirmarse, sino para darse. Él no destruye el poder, lo transforma radicalmente, convirtiéndolo en entrega. No es casual que, ante los distintos rostros del poder, político, religioso y también militar, afirme con claridad: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36).
El himno cristológico de la carta a los Filipenses lo expresa con una precisión que no deja lugar a equívocos: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios; antes bien se despojó de sí mismo tomando condición de siervo…” (Flp 2,6-7). Aquí no se trata solo de dar ejemplo. Lo que aparece es algo mucho más profundo: Dios renuncia a ejercer el poder como imposición. Y lo hace de verdad, no como símbolo, sino como una decisión que determina su manera de actuar en el mundo.
Cristo no se limita a cuestionar el poder, sino que renuncia a él en su forma más reconocible, rechazando la lógica del control, del prestigio y de la imposición. Podría haber actuado de otra manera, convenciendo por la fuerza, organizando estructuras de influencia o asegurando su mensaje mediante mecanismos de presión, pero no lo hizo. Eligió un camino distinto, el de la debilidad, la exposición y la vulnerabilidad, y precisamente por eso su forma de actuar resulta desconcertante y, en el fondo, escandalosa para algunos. Él mismo lo dejó claro: “los jefes de las naciones las dominan… no ha de ser así entre vosotros” (Mt 20,25-26). Cristo desmonta el poder entendido como dominio y pone en cuestión nuestras categorías. Nos obliga a preguntarnos qué entendemos realmente por poder. Si lo identificamos con la capacidad de imponer, entonces Cristo no tiene poder. Pero si lo entendemos como la capacidad de transformar la realidad desde el amor y el servicio generoso, entonces Cristo es el único verdaderamente poderoso.
En Cristo el poder no desaparece, pero deja de ser dominio para convertirse en servicio y deja de ser imposición para convertirse en don. Esta es la clave de lo que la tradición cristiana ha llamado la kénosis, el vaciamiento de sí mismo: no una pérdida, sino una forma nueva de plenitud. Como explica Hans Urs von Balthasar, la gloria de Dios se manifiesta en la kénosis, en ese abajamiento en el que Dios no deja de ser Dios, sino que revela su modo propio de ser; no como dominio, sino como amor que se entrega (cf. Mysterium Paschale, 1969), y eso cambia también la manera en que la Iglesia está llamada a entender y vivir el poder.
La tentación del poder no es algo que venga solo de fuera, sino que nace dentro y se filtra con facilidad en la vida de la Iglesia. Aparece cuando el ministerio se convierte en posición, cuando la autoridad se confunde con privilegio y cuando la misión queda desplazada por algo muy concreto y reconocible: la preocupación por mantenerse, por conservar el puesto o por no perder influencia. Ahí, casi sin darnos cuenta, la Iglesia se desfigura por dentro.
Benedicto XVI lo expresó con claridad al afirmar en varias ocasiones que “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”. Es una afirmación que tiene consecuencias muy concretas: cuando la Iglesia busca asegurarse mediante estructuras de dominio, pierde su identidad más profunda, y cuando intenta imponerse, deja de ser signo; la historia muestra que esta tentación es constante, no solo dentro de la Iglesia, sino también en su relación con el mundo, y también a la inversa, de modo que, en determinados contextos, el poder político se acerca a la Iglesia no tanto desde la fe como desde el interés, buscando en ella legitimidad, visibilidad y arraigo cultural. Esto se hace especialmente visible en celebraciones religiosas numerosas, con gran afluencia de gente, basta pensar en grandes fiestas patronales, misas solemnes o actos multitudinarios, donde no es raro ver a responsables políticos ocupando lugares destacados, participando y dejándose ver en primera línea. ¿Es fe? A veces sí. Pero otras veces cuesta no preguntarse si hay también estrategia: visibilidad, cercanía y, en el fondo, un cierto rédito electoral. Porque la Iglesia sigue teniendo un peso real y simbólico: agrupa a un número significativo de fieles y representa tradición, identidad y pertenencia, y eso, en términos políticos, tiene valor.
El problema no es solo que el poder político utilice a la Iglesia, sino que la propia Iglesia, en ocasiones, lo permita sin el discernimiento necesario, y es ahí donde la cuestión se vuelve realmente incómoda, porque no basta con denunciar la instrumentalización externa si no se examina también la disponibilidad interna. ¿Por qué resulta tan fácil esa cercanía interesada? ¿Qué imagen de la Iglesia estamos proyectando? ¿Hasta qué punto seguimos arrastrando una lógica de poder que hace posibles estas alianzas ambiguas?
El papa Francisco insistió en ello con claridad, aunque no siempre se quiera escuchar: la Iglesia no puede buscar el poder, ni siquiera bajo formas aparentemente legítimas. Está llamada a ser pobre, libre y en salida, no como estrategia pastoral, sino como exigencia evangélica. Una Iglesia que necesita del poder para sostenerse ha dejado de confiar en el Evangelio.
Conviene ser honestos, porque hablar de una “Iglesia pobre” no es una idea romántica ni una consigna ideológica, sino una consecuencia directa de la forma en que Cristo vivió. Él no solo predicó la pobreza, sino que la encarnó; no solo habló de servicio, sino que se arrodilló, y eso lo cambia todo. Nos obliga a revisar nuestras prácticas, nuestras prioridades, nuestras formas de presencia pública y a distinguir entre lo que es necesario para la misión y lo que responde a inercias o a intereses poco evangélicos.
El cristianismo no es una idea que se adapta al mundo, sino una forma de vida que lo cuestiona, y eso incluye también la manera de entender el poder. Por eso, cada vez que la Iglesia se acerca demasiado a las lógicas del poder mundano, algo se desfigura: puede ganar influencia, pero pierde transparencia; puede ganar presencia, pero pierde credibilidad, hasta el punto de que lo que queda ya no es el Evangelio en su verdad, sino una versión debilitada de él. Ahora bien, sería injusto no reconocer que en las últimas décadas la Iglesia ha dado pasos reales para liberarse de esas dependencias y afirmar su libertad frente al poder político, en un proceso no lineal pero sí visible en una mayor conciencia de su propia misión, en la renuncia a privilegios y en el esfuerzo por situarse no como poder entre poderes, sino como presencia evangélica en medio del mundo; una purificación todavía incompleta que muestra que la Iglesia no está condenada a repetir sus errores, pero que recuerda también que la tentación del poder no desaparece, sino que adopta formas nuevas y más sutiles.
Ante esto, el camino no es la retirada ni el aislamiento, sino la conversión, es decir, volver a Cristo no como una referencia abstracta, sino como un criterio real que permita discernir si nuestras decisiones, nuestras alianzas y nuestras formas de actuar reflejan de verdad su manera de estar en el mundo. Porque el poder no desaparece, siempre está presente; la cuestión es qué hacemos con él, y ahí está la diferencia: Cristo no lo eliminó, le dio un sentido nuevo.
El verdadero desafío no consiste en negar el poder, sino en convertirlo en servicio real, ni en rechazar toda presencia pública, sino en vivirla desde la verdad, sin buscar beneficio propio; esto exige una libertad interior que no es fácil, porque implica renunciar a seguridades, a reconocimientos y a espacios de control, y aceptar que el Evangelio no necesita apoyos interesados para sostenerse.
Es precisamente ahí donde la Iglesia se vuelve creíble, porque cuando vive de este modo, sin apoyarse en el poder ni buscarlo, recupera una autoridad distinta, no la que se impone, sino la que se reconoce: la autoridad de Cristo, una autoridad que no aplasta, sino que levanta, que no domina, sino que sirve, que no se impone, sino que se ofrece y que por eso es la única que permanece.
P. Antonio Ramos Ayala