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Cuba: vivir al límite y sin horizonte claro

En Cuba, vivir se parece cada vez más a resolver lo inmediato y salir adelante como se puede.

Cuba precariedad social | De dominio público

Cuba: vivir al límite y sin horizonte claro

En Cuba, una parte creciente de la vida diaria hace tiempo que ya no se decide libremente: se resuelve desde lo inmediato. La jornada no se organiza a partir de lo que uno quiere hacer, sino de lo que logra conseguir. En ese marco, elegir deja de ser lo habitual y queda reducido a momentos muy concretos, siempre condicionados por factores que no dependen de la propia voluntad.

La escena se repite a diario: conseguir alimentos, medicinas o transporte no depende solo del dinero, sino del tiempo, de la espera y de la incertidumbre, de si habrá o no.

Hay quien sale de casa al amanecer porque ha corrido la voz de que quizá hoy llegue algún producto básico a una tienda de barrio; hace cola durante horas sin saber si alcanzará, reorganiza su jornada en torno a esa posibilidad y, al final, puede volver a casa con muy poco o con nada de lo deseado. Cuando esto se prolonga, la vida deja de apoyarse en decisiones libres y pasa a centrarse en lo básico condicionante: conseguir comida, llegar al fin del día y, que no falte lo imprescindible.

A esa presión material se suma otra menos visible, pero igual de determinante: el desgaste interior. Cuando todo se resuelve día a día, el horizonte se acorta. Cuesta proyectar, confiar, sostener expectativas. No es solo cansancio; es una forma de vivir en la que lo imprevisible deja de ser algo puntual y pasa a marcar el ritmo de cada día.

En situaciones difíciles, lo que permite resistir a la gente es la expectativa de que el esfuerzo tenga sentido. En Cuba, esa expectativa se ha ido debilitando hasta el extremo. No por falta de capacidad en la población, sino porque las condiciones que vive el país no permiten que esa capacidad se traduzca con normalidad en una vida mejor. Trabajar más no garantiza avanzar, formarse mejor no abre necesariamente caminos de futuro, y quedarse en el país empieza a percibirse, en muchos casos, como una opción que ofrece cada vez menos salidas.

La situación no puede explicarse desde una sola causa. Existe una presión externa prolongada por demasiado tiempo, el embargo de Estados Unidos, que limita el acceso a recursos, dificulta operaciones financieras y, en su fase más reciente, ha añadido un componente especialmente duro: el cerco energético. Las restricciones al suministro de combustible han agravado los apagones, en algunos momentos de más de diez horas diarias, y han paralizado buena parte de la actividad económica. Esto se traduce en hospitales con grandes dificultades operativas, transporte irregular, empresas que no pueden sostener su ritmo de producción y familias que viven pendientes de cuándo volverá la luz.

En un comunicado conjunto, los gobiernos de España, Brasil y México han pedido la eliminación de estas medidas, injustas y contrarias al derecho internacional y a la Carta de Naciones Unidas, al considerar que agravan directamente la situación de la población civil, y exigen una respuesta humanitaria urgente. El principio es claro: ninguna presión externa es aceptable si recae de forma directa sobre la vida de la gente más humilde y empobrecida.

No se trata de elegir entre relatos enfrentados ni de justificar una posición, sino de asumir que es una realidad política, en sentido pleno, que afecta directamente a la dignidad de las personas. Detenerse ahí sería incompleto, porque reducir la situación a factores externos deja fuera una parte decisiva del problema.

A la presión de Estados Unidos se suma una realidad interna marcada por el agotamiento de un sistema político que no ha abierto espacios reales de participación ni ha generado condiciones suficientes para el desarrollo. Cuba se define oficialmente como una democracia participativa, pero la mayoría de los analistas la consideran un régimen autoritario, por la ausencia de pluralismo político, elecciones competitivas y garantías plenas de libertades civiles.

Esto no es una cuestión teórica: se traduce en menos margen para emprender, menor capacidad para corregir errores y escasas vías para que la sociedad intervenga en su propio rumbo.

Este doble movimiento, cierre interno y presión externa sostenida, termina por oprimir lo más frágil: la vida concreta de la gente y una esperanza que aún resiste. Cuando un país no encuentra vías para abrirse por dentro y, al mismo tiempo, es empujado desde fuera hacia el aislamiento, la precariedad deja de ser solo económica y pasa a afectar al conjunto de la vida. Su expresión más visible es el aumento del éxodo: cada vez más personas se marchan no por expectativa, sino porque sostener una vida digna se vuelve difícil, y cada salida no solo resta población, sino que debilita el impulso y erosiona la confianza en el propio país.

Pero para ser justos, no todo se reduce al deterioro del país ni al ánimo de sus ciudadanos. En medio de la dificultad persisten formas de sostén cotidiano que no hacen ruido: vecinos que comparten lo poco que tienen, familias que se reorganizan para cuidar a los mayores, redes informales que permiten salir adelante cuando lo institucional no alcanza. Estas actitudes solidarias no resuelven el problema de fondo, pero evitan que todo se rompa en mil pedazos. En esto se percibe que la sociedad no está vacía, que todavía existen vínculos capaces de sostener la vida cuando casi todo falla.

El horizonte cubano no pasa por sustituir una dependencia por otra ni por imponer soluciones desde fuera, sino por crear condiciones reales para que la vida pueda sostenerse con dignidad. Eso exige, por un lado, aliviar las presiones externas que agravan y ahogan la vida cotidiana, especialmente el cerco energético, y, por otro, abrir el país por dentro mediante reformas que permitan una participación efectiva, garanticen libertades básicas y den al esfuerzo personal un recorrido real.

Hace casi tres décadas, Juan Pablo II formuló un deseo que sigue teniendo fuerza: “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. No era una consigna, sino una orientación concreta que encontró continuidad años después, cuando el papa Francisco respaldó ese horizonte con su visita a la isla en 2015. Sin embargo, el tiempo ha mostrado más bien un movimiento contrario. Cuba se ha ido cerrando en sus propias limitaciones, sin abrir de manera suficiente espacios de libertad y desarrollo, mientras el mundo, entre intereses mezquinos, cansancio o indiferencia, ha terminado aceptando una presión externa, terriblemente déspota e injusta, que condiciona de forma directa la vida de la población.

Al final, la solución a esta situación dramática del país caribeño converge en algo muy simple: dejar de asfixiar a la población civil, tanto desde dentro del país como desde el poder imperialista de Estados Unidos. Para los cubanos, vivir tiene que dejar de ser resolver cada día lo inmediato. Es necesario que se den condiciones reales para que trabajar, formarse y quedarse en el país permitan avanzar de verdad, sin que eso suponga renunciar a una vida mejor. Que una familia pueda encender la luz sin preguntarse cuándo volverá a apagarse y sentarse a la mesa sin haber pasado el día de tienda en tienda en busca de alimento. Solo entonces, lo necesario dejará de ser una conquista diaria y volverá a ser el suelo firme desde el que empezar a vivir.

Antonio Ramos

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