Dios Creador y Dios Criador: dos nombres para un mismo misterio

¿Tiene sentido llamar a Dios “Criador” además de “Creador”? A primera vista puede parecer un simple matiz lingüístico. Sin embargo, detrás de esas dos palabras se esconde una diferencia capaz de iluminar nuestra comprensión de la acción de Dios sobre el mundo.

Dios Creador y Dios Criador(OpenAI ChatGPT)
Dios Creador y Dios Criador(OpenAI ChatGPT)

Dios Creador y Dios Criador: dos nombres para un mismo misterio

La tradición cristiana ha confesado desde sus orígenes a Dios como “Creador del cielo y de la tierra”. Así lo proclama el Credo y lo desarrolla el Catecismo de la Iglesia Católica. No se trata de una simple afirmación sobre el origen del universo, sino del reconocimiento de que todo cuanto existe recibe de Dios el don radical del ser. La creación no es un episodio remoto situado en el comienzo del tiempo, sino el fundamento permanente de la realidad. Sin embargo, la reflexión teológica contemporánea ha recuperado una intuición que estaba ya presente en los Padres de la Iglesia y en la gran tradición cristiana: el Dios que creó no ha dejado de crear. Quizá por ello algunos autores, especialmente en el ámbito latinoamericano, hablan también de Dios como “Criador”. No para sustituir una expresión por otra, sino para iluminar una dimensión del mismo misterio.

La palabra “Creador” remite al acto absoluto por el que Dios llama a la existencia aquello que no existía. Es el lenguaje de la creatio ex nihilo, desarrollado por los Padres frente al gnosticismo y asumido con precisión por santo Tomás de Aquino. En la Summa Theologiae afirma que crear es producir el ser mismo de las cosas, una acción que sólo corresponde a Dios (I, q. 45). La creación, por tanto, no consiste en ordenar una materia previa, sino en comunicar gratuitamente el ser. Sin esta afirmación desaparece la distinción ontológica entre Dios y el mundo. Dios ya no sería el fundamento trascendente del ser, sino un agente que actúa sobre una realidad independiente de Él. La doctrina de la creación afirma, por el contrario, que todo cuanto existe recibe de Dios no sólo su orden, sino su mismo ser.

El propio Tomás añade una observación decisiva: Dios no sólo da el ser, lo conserva continuamente. Si cesara un instante de comunicar el ser, toda criatura volvería a la nada (I, q. 104). La conservación no es una acción distinta de la creación, sino su prolongación permanente. En este punto comienza a vislumbrarse lo que algunos autores quieren expresar con el término “Criador”. No se trata de otro Dios ni de otra doctrina, sino de subrayar que la acción creadora no pertenece únicamente al pasado. Dios continúa sosteniendo, haciendo crecer y conduciendo cuanto existe hacia su plenitud.

San Agustín había expresado ya esta convicción al comentar las palabras de Jesús: “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo” (Jn 5,17). Para el obispo de Hipona, el mundo permanece porque Dios continúa obrando en él. La creación no quedó clausurada al finalizar el relato del Génesis. Existe porque Dios nunca deja de comunicar la vida. El descanso del séptimo día no significa inactividad divina, sino el comienzo de una presencia distinta: Dios sostiene desde dentro aquello que ha llamado a la existencia.

Esta perspectiva ha sido desarrollada en la teología contemporánea por autores como Rahner, Moltmann o Boff. El primero entiende la creación como la condición permanente de la autocomunicación de Dios. El segundo habla de una creación abierta a su consumación escatológica, acompañada constantemente por el Espíritu. El tercero prefiere hablar de Dios “Criador” porque el participio “creador” puede sugerir una obra concluida, mientras que “criador” evoca a quien sigue dando vida, haciendo crecer y acompañando la historia. Aunque esta terminología no pertenece al lenguaje oficial del Magisterio, expresa una intuición compatible con la doctrina clásica cuando se comprende desde la enseñanza sobre la creación continua.

Quizá no sea necesario elegir entre una expresión y otra. “Dios Creador” protege la verdad del origen absoluto del mundo en Dios. “Dios Criador” recuerda que ese origen permanece activo en cada instante de la historia. El primero responde a la pregunta de por qué existe algo y no la nada; el segundo explica por qué ese algo sigue viviendo, creciendo y orientándose hacia su cumplimiento. El Creador da el ser; el Criador nunca deja de darlo.

Esta complementariedad adquiere una especial fuerza a la luz del Nuevo Testamento. San Pablo afirma que “todo fue creado por él y para él” y que “todo se mantiene en él” (Col 1,16-17). La creación encuentra su principio y también su consistencia permanente en Cristo. No existe un acto creador abandonado a su suerte, sino una realidad sostenida por el Verbo y vivificada por el Espíritu. La creación continúa porque el amor creador de Dios no conoce interrupción.

Quizá la teología pueda redescubrir aquí un lenguaje capaz de dialogar con la sensibilidad contemporánea. Confesar a Dios como Creador sigue siendo irrenunciable. Descubrirlo también como Criador permite contemplar un universo que no ha sido simplemente hecho, sino continuamente amado. La creación no es sólo el primer capítulo de la historia de la salvación; es una obra que Dios sigue escribiendo cada día con la paciencia de quien nunca abandona aquello que ha salido de sus manos.

Antonio Ramos

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