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Primero los que no pueden esperar (lo que de verdad debería significar la “prioridad nacional”)

Gobernar bien es atender la necesidad sin dejar a nadie fuera, sin importar el origen.

"FUI FORASTERO Y ME ACOGISTEIS"

Primero los que no pueden esperar

(lo que de verdad debería significar la “prioridad nacional”)

La “prioridad nacional” se ha convertido en el nuevo eslogan político de estas semanas. Suena bien, pero encierra una injusticia de fondo a la que un cristiano no puede prestarse sin apartarse del Evangelio. Se repite como un mantra en busca de votos, pero conviene no dejarse engañar: esta ideología cuando se traduce en decisiones, no ordena mejor la acción política en materia de migración, sino que introduce una división que enfrenta a unos con otros. La política no puede convertirse en un instrumento para enfrentar a nacionales e inmigrantes mientras los problemas reales siguen sin abordarse.

Si algo es prioritario, va antes que lo demás. No todo puede ocupar ese lugar. Por eso, cuando se apela a la prioridad nacional, la pregunta es inevitable: ¿quién está primero? ¿A quién se protege antes? ¿Dónde se concentran los recursos, el esfuerzo político y la atención pública? ¿A quién se deja atrás?

En ese punto el interesado discurso muestra sus límites. Se invoca la nación, la identidad, la defensa de lo propio. Pero, al observar a quién se incluye y a quién se deja fuera, el criterio deja de ser la necesidad y pasa a ser la pertenencia. Cuando esto ocurre, ya no se atiende primero a quien más lo necesita, sino a quien forma parte de los nuestros, a quienes tienen raíces nacionales. Cuando eso ocurre, la política deja de actuar con sentido de justicia y empieza a excluir.

Una política que se toma en serio la realidad no parte de consignas, sino de problemas concretos. En España hay personas que no llegan a fin de mes, familias sin acceso a una vivienda digna, enfermos que esperan más de lo razonable, mayores en soledad, trabajadores pobres, jóvenes sin horizonte y barrios donde las oportunidades no llegan. Esa es la realidad que reclama prioridad, sin atender al origen, al credo o a la condición social.

La situación de quienes llegan de fuera no son simplemente un concepto o una muletilla de campaña, son personas. Inmigrantes con papeles que quieren trabajar y salir adelante y que, sin embargo, se encuentran con precariedad y desconfianza. Presentarlos como un problema no soluciona nada; solo deteriora la convivencia y no mejora la vida de nadie. Deben ser considerados prioridad.

En otro plano están quienes llegan sin papeles. No lo hacen por capricho, sino empujados por la pobreza, la falta de oportunidades o contextos donde vivir con dignidad no es posible. Reducirlos a una etiqueta administrativa es no querer ver lo que hay detrás. Su situación es irregular desde el punto de vista legal, pero eso no elimina lo esencial: su dignidad. “Cada persona tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente”, recordaba el Papa Francisco. Negarlo en la práctica marca la diferencia entre un proyecto político que protege y otro que excluye.

Desde un planteamiento humano básico, y, para quien se reconoce creyente, no es aceptable mirar hacia otro lado siendo indiferente al drama doloroso de muchos migrantes. La ayuda no puede depender solo de la situación jurídica. Otra cosa es cómo se ordena esa realidad: garantizar lo básico, aplicar normas justas y gestionar bien los recursos. Eso corresponde a la política. Pero antes de cualquier regulación está lo esencial: no abandonar, no desentenderse, no convertir la necesidad en sospecha, no actuar con criterio político falto de horizonte humanitario.

El tema de la acogida al extranjero no es ajeno al Evangelio; está en su centro. Basta recordar la escena de los diez leprosos (cf. Lc 17,11–19): Jesucristo no distingue por procedencia ni por situación; cura. O la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25–37), donde el prójimo es quien se detiene ante la necesidad concreta. No hay excusas: hay una persona herida y una respuesta que no puede esperar. Este es el horizonte: quien se reconoce creyente, sea cual sea su posición política, no puede situarse por debajo de ese criterio sin vaciar de contenido lo que afirma. La acogida y la atención al que sufre no son un añadido opcional.

La prioridad nacional empieza por quienes viven en el país y están en situación de exclusión social, sean nacionales o migrantes, con o sin papeles. Son ellos quienes no pueden esperar. Ahí debe concentrarse el primer esfuerzo, sea quien sea, venga de donde venga, crea lo que crea, dentro de un marco legal. Quien carece de lo básico reclama una respuesta. La prioridad no puede definirse por identidad sino por necesidad. No se trata de una cuestión ideológica como algunos pretenden, sino de justicia social.

En síntesis: la política no puede reducirse a proteger a “los nuestros” si con ello se abandona a quienes llegan de fuera, muchas veces extenuados. Entonces deja de ser política en sentido pleno y se convierte en gestión de intereses parciales. Gobernar no es seleccionar a quién ayudar según su origen o su utilidad electoral, sino responder a la realidad.

Hablar de prioridad exige identificar dónde está el sufrimiento real y actuar en consecuencia. Eso incluye a quienes viven en condiciones difíciles y a quienes llegan sin otra salida.

No se trata de negar la importancia de la identidad o de la cohesión social, sino de no utilizarlas como excusa. Hacerlo degrada la vida pública. Una nación es digna cuando nadie queda fuera de lo básico. Nadie.

Antonio Ramos

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