El Papa también puede llevarnos la contraria
"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mateo 16, 18).
El Papa también puede llevarnos la contraria
"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mateo 16, 18).
Las palabras de Jesús a Pedro expresan una misión confiada al servicio de la fe y de la comunión de la Iglesia. Esa misión tiene continuidad en el ministerio de sus sucesores, llamados a custodiar la unidad de la Iglesia y a confirmar a los hermanos en la fe. Por eso, escuchar al Papa no significa buscar en su enseñanza la confirmación de nuestras propias opiniones, sino estar dispuestos a acoger aquello que puede interpelarnos y ayudarnos a mirar la realidad desde una perspectiva más amplia.
Hay una prueba sencilla para saber si realmente escuchamos su voz: comprobar qué hacemos cuando su enseñanza contradice alguna de nuestras certezas. Cuando coincide con nosotros, la acogemos con entusiasmo; cuando cuestiona nuestra manera de pensar, aparecen enseguida los matices, las excepciones y las razones para no tomarla en serio.
Esto adquiere especial importancia cuando entramos en el terreno político. La Iglesia no está llamada a proporcionar argumentos para una determinada opción partidista, sino a recordar aquello que ninguna ideología puede adueñarse: la dignidad de cada ser humano, el valor de la justicia, la defensa de la vida, la libertad y la responsabilidad ante el bien común. Por eso, la voz del ministerio petrino puede resultar incómoda para unos y para otros: no tiene que encajar por completo en ninguna de las posiciones del debate público.
De ahí que ninguna sensibilidad política pueda apropiarse de la mirada cristiana. Quien defiende la vida no puede desentenderse de la pobreza; quien reclama justicia social no puede olvidar la libertad; quien exige seguridad no puede convertir al diferente en una amenaza; y quien defiende la acogida tampoco puede ignorar las responsabilidades de los poderes públicos. La fe siempre desborda nuestras preferencias políticas.
No podemos escuchar el Evangelio con un filtro político. Si seleccionamos de la enseñanza del Papa aquello que confirma nuestras convicciones y dejamos fuera lo que nos incomoda, no estamos buscando la verdad; estamos buscando una autoridad que dé legitimidad religiosa a lo que ya hemos decidido. En ese momento dejamos de escuchar y comenzamos a utilizar.
El Papa también puede llevarnos la contraria. Y quizá ahí se encuentre una parte importante de su servicio. Su enseñanza no tendría mucho sentido si solo sirviera para confirmar lo que ya pensamos. Precisamente porque puede introducir una pregunta allí donde nosotros creíamos tener una respuesta, puede ayudarnos a descubrir aspectos de la realidad que habíamos dejado fuera.
Aceptar una palabra que nos corrige exige humildad. Podemos haber juzgado demasiado deprisa, simplificado una realidad compleja o convertido una convicción legítima en una certeza absoluta. La madurez cristiana incluye la capacidad de revisar aquello que creíamos tener definitivamente resuelto.
La Iglesia necesita conservar su libertad para anunciar el Evangelio sin quedar atrapada en las disputas partidistas. No está llamada a ocupar una trinchera política, sino a defender la dignidad de la persona y el bien común, reconociendo lo que haya de justo en cada propuesta y señalando también aquello que deba ser cuestionado, venga de quien venga.
Tal vez ante la enseñanza del Papa deberíamos dejar de preguntarnos únicamente "¿estoy de acuerdo?". Esa pregunta nos devuelve demasiado pronto a nuestras propias categorías. Sería más honesto preguntarnos: ¿qué parte de lo que ha dicho me obliga a pensar de nuevo?
Porque escuchar de verdad no consiste en encontrar en el Papa nuestras propias ideas expresadas con lenguaje religioso. Consiste en aceptar que puede tener razón precisamente allí donde nosotros pensábamos que no la tenía. Y quizá esa sea una de las formas más exigentes de la fidelidad: no pedir a la Iglesia que piense como nosotros, sino estar dispuestos a dejarnos corregir por la verdad.
Antonio Ramos