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Servir y no servirse: la vocación moral del político

La política se degrada cuando deja de servir al bien común. Todo se decide en una pregunta: ¿para quién se ejerce el poder?

Corrupción | Antonio Ramos/IA

Servir y no servirse: la vocación moral del político

Hablar de política provoca hoy una reacción casi instintiva de desconfianza. Se la asocia con el cálculo, la lucha de poder o la corrupción. Basta una conversación cualquiera para comprobarlo. Y, sin embargo, la política no es en sí misma el problema. Bien entendida, es una de las formas más altas de servicio al prójimo. Precisamente por eso su degradación no es solo un fracaso institucional, sino una herida moral. Como recordó Pablo VI en Octogesima adveniens (1971), “la política es una manera exigente, aunque no es la única, de vivir el compromiso cristiano al servicio de los demás”, una afirmación que no la idealiza, sino que la sitúa ante toda su responsabilidad.

Toda vida social justa nace de un punto irrenunciable: la dignidad de la persona. No como consigna, sino como criterio real que ordena decisiones, leyes y prioridades. Cuando este principio se toma en serio, la política deja de ser gestión de intereses y se convierte en tarea de administración y cuidado de lo público: crea las condiciones para que cada persona pueda desarrollarse con verdad, no solo en lo material, también en lo humano y espiritual. De ahí que el bien común no sea una suma de ventajas ni el triunfo de unos sobre otros, sino ese conjunto de condiciones que hacen posible una vida plenamente humana para todos, como subrayó Juan XXIII en Pacem in terris (1963): “el bien común es el conjunto de aquellas condiciones sociales que permiten a los hombres, a las familias y a las asociaciones lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” (n. 58).

No miento si afirmo que muchos entraron en política con recta intención y con el deseo de servir a la comunidad, y que en el camino lo olvidaron. Quienes entran en política para servirse, para asegurar posición, influencia o privilegio, no cometen solo una falta ética, traicionan la función que se les ha confiado. A veces todo empieza con algo que parece insignificante: aceptar un favor, mirar hacia otro lado, justificar una excepción “por esta vez”. Sin duda alguna cuando el poder se separa del servicio, se pervierte en su raíz y acaba volviéndose contra aquello mismo que debía cuidar.

La Doctrina Social de la Iglesia es clara en este punto: el bien personal no se opone al bien de los demás, sino que se realiza en él. Como recuerda Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis (1987), “el hombre no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (n. 38). Solo se realiza plenamente quien se implica en la construcción de una convivencia más justa. La política, vivida así, no empobrece a quien la ejerce con rectitud, lo engrandece.

La corrupción no irrumpe de golpe en los grandes escándalos; se instala antes, casi sin ruido. Empieza cuando se tolera lo que no debería tolerarse, cuando se normaliza lo que en otro tiempo habría escandalizado. Es entonces cuando se invierte el orden justo: lo particular se impone sobre lo que pertenece a todos, especialmente a los más empobrecidos. Y cuando ese proceso avanza, no solo se deterioran las instituciones, se quiebra la confianza, verdadero cimiento de la vida pública. Como advierte Francisco en Fratelli tutti (2020), la corrupción actúa como un proceso de muerte que termina descomponiendo la sociedad (cf. n. 19). Por eso no basta con la eficacia ni con la victoria electoral. Gobernar no es dominar, sino servir con responsabilidad, con una integridad, honestidad, verdad y entrega, que no se negocia y una coherencia capaz de resistir la presión del entorno.

Un político digno de ese nombre no vende su conciencia a las encuestas ni la somete a los intereses de partido. Escucha, dialoga, estudia, pero decide desde un criterio moral que reconoce como justo. No manipula la verdad ni deforma la realidad, aunque ello le cueste apoyos. Sabe que la mentira puede ofrecer ventajas inmediatas, pero termina destruyendo el tejido común que hace posible gobernar.

Su mirada se dirige de modo preferente a los más vulnerables, no como recurso retórico, sino como criterio real de acción. También cuando lo fácil es señalar al extranjero como problema o convertir al distinto en amenaza. Allí donde una decisión política no mejora la vida de los más débiles, algo esencial está fallando.

Comprende, además, que no todo debe concentrarse en el Estado ni someterse a la lógica del mercado. Una sociedad sana se construye fortaleciendo las instancias intermedias, familias, asociaciones, comunidades, y reconociendo su responsabilidad. Gobernar bien es saber cuándo actuar, para garantizar lo básico o proteger a los pobres, y cuándo no sustituir lo que la sociedad puede hacer por sí misma. Ese discernimiento, poco visible, resulta decisivo.

En contextos de polarización, donde la política degenera fácilmente en confrontación, está llamado a una tarea más exigente que imponerse: sostener sus convicciones sin destruir el espacio común. El adversario no es un enemigo a eliminar, sino un interlocutor necesario. El diálogo no es una táctica, sino una exigencia moral: nace de reconocer que nadie posee la verdad de modo absoluto y que el otro puede aportar una luz imprescindible.

Esto exige una tolerancia bien entendida, que no es indiferencia ni renuncia a la verdad, sino respeto a la persona incluso en la discrepancia. Sin ella, la convivencia se quiebra; con ella, incluso el conflicto puede convertirse en ocasión de crecimiento. Por eso el lenguaje importa: banalizar, insultar o simplificar en exceso no solo empobrece el debate, sino que erosiona la vida política. Cuando el debate se reduce a descalificación, se degrada la política y se falta al respeto a los ciudadanos.

Nada de esto es posible sin humildad. El buen político no se cree imprescindible, sabe rectificar y acepta el límite. No gobierna pensando solo en el siguiente ciclo electoral, sino con una mirada más amplia, consciente de que las decisiones importantes requieren tiempo. Necesita, además, una base interior firme, porque la presión y la tentación del poder no se vencen con técnica, sino con principios y coherencia.

En definitiva, se le reconoce más por aquello a lo que se niega que por lo que promete: no degrada la palabra, no se pliega al aplauso inmediato, no manipula ni convierte a los débiles en instrumento. Sabe que cada concesión abre la puerta a una corrupción más profunda y que la vida pública solo se sostiene sobre una conciencia firme. Por eso no se apoya únicamente en la habilidad, sino en una integridad que no negocia, porque sin ella la política deja de ser servicio y se convierte en dominio.

Al final, la cuestión decisiva no es el sistema, ni siquiera la ideología, sino el tipo de persona que ejerce la responsabilidad pública. Eso se percibe, aunque no se diga. Sin hombres y mujeres rectos, ninguna estructura funciona; con ellos, incluso sistemas imperfectos pueden sostener una vida común más justa.

Recuperar la nobleza de la política y del político no es un lujo ni una ingenuidad. Es una urgencia. Porque todo se decide, siempre, en una cuestión sencilla y radical: no cuánto poder se tiene, sino para quién se ejerce y cómo se ejerce. Esa cuestión no se responde en público. Ahí se traza la línea que separa dos modos de estar en la vida pública. Ahí se juega todo: servir… o servirse.

Antonio Ramos

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