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El bien que sostiene la vida sin hacer ruido

La guerra sigue en Ucrania, aunque ya no abra informativos, y hay quienes sostienen la vida cada día lejos de cualquier foco.

Sor Lucia en la guerra de Ucrania | Publica

El bien que sostiene la vida sin hacer ruido

La guerra en Ucrania continúa, aunque haya dejado de ocupar el centro de la atención mediática. La violencia no ha cesado, los ataques siguen alcanzando a ciudades y pueblos y el sufrimiento de la población civil permanece, marcado por el miedo, la escasez y una incertidumbre constante sobre su futuro. Lo que sí ha cambiado es el foco: este conflicto ya no abre portadas y ha sido sustituido por otros asuntos que reclaman urgencia y novedad.

En medio de esa pérdida de atención, el trabajo de Sor Lucía Caram continúa sin interrupciones. Desde el inicio del conflicto ha mantenido una presencia constante sobre el terreno, no como gesto puntual, sino como una acción organizada orientada a atender necesidades concretas allí donde las estructuras no alcanzan. A través de su fundación ha hecho llegar ambulancias, material médico, generadores eléctricos, vehículos de evacuación…

Su labor no se limita a la logística. Ha estado junto a personas heridas, ha acompañado situaciones extremas y ha contribuido a sostener condiciones mínimas de atención en lugares donde todo se tambalea. Esa cercanía exige continuidad, coordinación y una implicación personal sostenida.

El rostro de esta religiosa tucumana y dominica, Sor Lucía Caram, hace visible el “ora et labora”: en medio del desastre, es un consuelo concreto. No es una imagen buscada ni construida para la cámara. Es el reflejo de una presencia que se queda cuando otros se van, de unas manos que reparten ayuda, escuchan y sostienen. Mientras la guerra pierde espacio en titulares, su trabajo, como el de tantos otros, mantiene en pie lo más básico: que alguien coma, que nadie quede del todo abandonado, garantizar atención médica, ofrecer refugio, escuchar a quien lo ha perdido todo y permanecer cuando otros se marchan. El bien que realiza, aun siendo urgente y necesario, no encaja en la lógica de muchos medios de comunicación. No aparece en portadas ni en cabeceras de la prensa digital, escrita, radio o televisión. Es algo que apenas se ve, y es la tarea constante de quienes sostienen la vida en medio de la destrucción. Son personas que no detienen el conflicto ni cambian su curso, pero hacen posible que muchos sigan adelante cada día al asegurar lo básico, cuidar a los heridos y acompañar a quienes lo han perdido todo.

La acción humanitaria que se realiza en Ucrania a través de la Fundación del Convento de Santa Clara no es simbólica ni testimonial, sino una intervención directa, eficaz y prolongada en uno de los contextos más duros del continente europeo, reconocida por las autoridades locales. Ella no es una excepción, a su alrededor existe una red amplia de personas y grupos que actúan en la misma dirección: profesionales sanitarios, voluntarios, comunidades religiosas, organizaciones civiles y familias que abren sus casas, sus corazones y sus bolsillos. Su labor no modifica el curso del conflicto, pero sí cambia la vida concreta de quienes reciben ayuda.

La violencia irrumpe con fuerza, sacude y capta atención de manera inmediata, por lo que termina ocupando el centro del relato. La destrucción se ve y se difunde con rapidez, mientras la reconstrucción cotidiana, mucho más lenta y silenciosa, queda en segundo plano. Cuando solo se muestra una parte, la comprensión de la realidad queda incompleta y se pierde de vista lo que permite que la vida continúe, incluso entre la chatarra, el escombro, el dolor y la muerte.

El Evangelio ofrece una clave que ilumina esta forma de actuar: obrar sin buscar visibilidad externa (cf. Mateo 6,3). Se trata de una manera concreta de situarse ante el otro, donde la acción responde a la necesidad que se tiene delante y no al escaparate.

Esa necesidad no desaparece cuando cambia la atención pública. La situación de quienes viven en Ucrania apenas mejora, porque siguen faltando recursos básicos y continúan las dificultades cada día. Mientras la guerra deja de ocupar el centro de la atención, el trabajo humanitario de Sor Lucía Caram sigue adelante sin interrupciones, centrado en responder a necesidades concretas que no esperan. Sin ese bien silencioso, todo lo demás se vendría abajo. Por eso, no basta con mirar desde lejos. También desde España es posible implicarse de forma real, colaborando con generosidad para sostener esta labor que, en primera línea, acompaña a quienes más sufren y les devuelve algo tan básico como la dignidad y la esperanza.

Antonio Rasmos

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