La complicidad del silencio: cuando la jerarquía abandona a las víctimas
Muchos cardenales, obispos y sacerdotes, y algún que otro Papa, conocen el daño que estos abusos estan causando, han escuchado testimonios y han visto de cerca el sufrimiento de las víctimas. Aun así, eligen callar y proteger estructuras antes que personas. Su silencio sostiene al agresor y abandona a la víctima. La falta de compasión y responsabilidad pastoral resulta insoportable. La pregunta ya no es si se están cometiendo abusos, sino hasta cuándo se seguirá haciendo la vista gorda.
«En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría...
Hay un chiste que retrata con una precisión escalofríante la espiritualidad del sufrimiento que tantos movimientos —como el Camino Neocatecumenal, y por extensión buena parte de la Iglesia— han promovido durante décadas:
En una reunión de matrimonios, el catequista pide que cada pareja se presente y cuente algo de su vida. Los primeros dicen: “Somos Juan y Ana y tenemos ocho hijos”. La sala estalla en aplausos. Los siguientes, en la misma línea: “Somos Alberto y Carmen y tenemos doce hijos”. Nuevo aplauso, aún más entusiasta. Todo parece seguir el guion habitual: cuantos más hijos, más sufrimiento, más santidad, más mérito, más “apertura a la vida”.
Pero llega el turno de un matrimonio que rompe el patrón:
“Somos David e Inés y no tenemos hijos”.
Se oye un “ohhhh” de decepción, casi de compasión.
Entonces el marido añade: “Pero mi mujer tiene cáncer terminal”.
Y la sala vuelve a aplaudir con entusiasmo.
Esto, aunque parezca una caricatura, es exactamente lo que muchos hemos vivido en carne propia.
En demasiados rincones de la Iglesia se ha instalado una convicción profundamente dañina: "cuanto más sufres, más auténtica es tu fe". Cuanto más renuncias, más “obediente” te consideran. Y así, casi sin darnos cuenta, se impone una lógica perversa: la lógica de que el dolor te acerca a Dios y que cuanto más sufres, mejor.
Jesús nunca pidió a nadie que buscara el sufrimiento. Nunca dijo que la enfermedad fuera un mérito. Nunca aplaudió la desgracia. Al contrario: curó, liberó, consoló, devolvió dignidad. Jesús no glorificó el dolor; glorificó la vida. No convirtió el sufrimiento en camino espiritual, sino en realidad humana que Él quiso transformar desde dentro.
El chiste señala algo muy serio: la idolatría del sufrimiento. Y este es el gran peligro de estos movimientos: que, amparados en esa idea, justifican abusos, silencios, presiones, renuncias forzadas. Se convierte el dolor en argumento moral, en prueba de fidelidad y en herramienta de control.
Yo mismo escuché demasiadas veces frases como: “Si estás pasando por ese sufrimiento es porque Dios quiere que te conviertas; así que es para tu bien.”
Y atención, porque “sufrimiento” aquí lo abarca todo: los dolores inevitables de la vida, y también los que nos provocan otras personas, incluidos abusos de todo tipo, tanto psicológicos como sexuales. Bajo esta lógica, la víctima se convierte en culpable y el agresor en supuesto instrumento de purificación.
La mayoría de víctimas no hablan. El daño psicológico es tan profundo, y hay tantas personas implicadas —familiares, amigos— que el terror a denunciar las paraliza. A quien escucha estas denuncias desde fuera le parece imposible; cuesta creer que algo así exista en pleno siglo XXI. Pero quienes están dentro lo reconocen en voz baja, lo confiesan solo en privado, y cuando llega el momento de hacerlo público, el miedo los paraliza. El terror es tan hondo que muchos terminan convenciéndose de que su dolor tiene un sentido oculto, que deben aguantar, que cuestionar es falta de fe, que pedir ayuda es debilidad y que rebelarse es desobedecer. Y así, poco a poco, pierden la dignidad, la libertad interior y, a veces, hasta las ganas de vivir.
Todo esto no es un matiz teológico ni una opinión discutible: es una urgencia moral y una responsabilidad institucional. Llevo tiempo denunciando estas prácticas desde todos los ángulos, y es triste es comprobar que, aun sabiendo lo que ocurre, los que pueden actuar no actúan.
Hay obispos y sacerdotes que conocen perfectamente esta realidad. Han escuchado testimonios, han visto el daño y han acompañado a víctimas. Y aun así, eligen el silencio.
Esta es la parte más sangrante. El sigilo sacramental está protegido por la ley y, a diferencia de otros profesionales, el sacerdote no está obligado a denunciar lo que escucha en confesión. Si un psicólogo descubre que su paciente ha abusado de un menor, está obligado a denunciarlo. Si un médico, también. Si un profesor, igual. Pero si un sacerdote escucha en confesión el relato de un abuso, la doctrina católica le impone el "sigilo sacramental", una obligación de no revelar nada bajo ningún concepto, so pena de excomunión.
Cuando alguien tiene autoridad para intervenir y no lo hace, deja de ser un espectador. La inacción no es neutral. La inacción protege al agresor y abandona a la víctima.
La pregunta ya no es “¿qué está pasando?”. La pregunta es: ¿hasta cuándo seguiremos esperando que se haga justicia?
“Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, defended al huérfano, proteged a la viuda.” Isaías 1,17
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