Hazte socio/a
Última hora:
Todo el viaje del Papa a Francia, #primeroRD

Que el sufrimiento de otros no nos sea ajeno

Hay algo que descubrimos sobre nosotros mismos cuando nos encontramos ante alguien que necesita ayuda: podemos acercarnos, seguir nuestro camino o encontrar razones para no implicarnos. La elección que hagamos pone de manifiesto lo que llevamos en el corazón.

Que el sufrimiento de otros no nos sea ajeno(OpenAI ChatGPT)

Que el sufrimiento de otros no nos sea ajeno

La forma en que nos situamos ante la pobreza, la soledad, la enfermedad, la exclusión o cualquier sufrimiento de otros, dice mucho de nuestra calidad humana. No basta con saber que estas realidades existen. La cuestión decisiva es si consiguen despertar nuestra sensibilidad y orientar nuestra manera de actuar.

Vivimos rodeados de información: las guerras, las catástrofes, el hambre y las historias de quienes quedan fuera de las oportunidades, llegan continuamente hasta nosotros. La acumulación de noticias puede terminar produciendo en nosotros indiferencia. La sucesión de tragedias hace que incluso las más graves parezcan lejanas o habituales, y aquello que debería conmovernos corre el riesgo de convertirse en una imagen más entre muchas otras.

La parábola del buen samaritano nos propone una lógica diferente. Jesús pone ante nosotros a un hombre abandonado junto al camino y muestra la reacción de quien no pasa de largo: "Al verlo, se compadeció de él, se acercó y le vendó las heridas" (Lucas 10, 33-34). Aquel hombre no permaneció como mero espectador ante lo que estaba sucediendo. Se detuvo, atendió al herido y puso su tiempo y sus recursos al servicio de su recuperación.

La compasión cristiana no consiste, por tanto, en una emoción pasajera. La propia palabra encierra una clave para comprenderla: "compasión" procede del latín compassio, que significa "padecer con". Compadecerse no es simplemente sentir pena ante el sufrimiento ajeno, sino reconocerlo y responder ante él. Quien se compadece descubre en el otro a alguien que merece atención y cuidado. Deja de ser una presencia anónima y adquiere un rostro, una historia y unas necesidades concretas. Por eso, la compasión no puede quedarse en el sentimiento: conduce a acercarse y actuar.

Ese acercamiento lleva también a preguntarse por las circunstancias que han conducido hasta allí, es decir, cuando conocemos una historia personal y su contexto, comprendemos que la pobreza y la exclusión no siempre pueden explicarse desde las decisiones de cada individuo. Existen condiciones económicas, sociales y culturales que generan desigualdad y mantienen a muchas personas en situaciones de vulnerabilidad. Aliviar una necesidad inmediata es necesario, pero también lo es trabajar para que sus causas no sigan produciendo nuevas situaciones de abandono.

Desde aquí se comprende la relación entre caridad y justicia. La primera responde a la necesidad de quien tenemos delante; la segunda busca modificar aquello que prolonga su situación. Un alimento puede resolver el hambre de hoy; unas condiciones laborales dignas pueden evitar que una familia vuelva a carecer de lo indispensable. Una visita puede aliviar durante una tarde la soledad de un anciano; unas relaciones más humanas pueden impedir que esa soledad termine convirtiéndose en abandono. Son respuestas complementarias ante una misma dignidad que merece ser protegida.

Esta tarea no pertenece solamente a las instituciones ni a quienes tienen capacidad para transformar las estructuras sociales. También se juega en nuestra conducta cotidiana. Escuchar sin prisa, tratar con respeto a quien trabaja para nosotros, acompañar a alguien que atraviesa una etapa difícil o no permanecer callados ante un abuso, son gestos sencillos que configuran la convivencia. La fraternidad adquiere consistencia precisamente en esa forma concreta de relacionarnos.

La Iglesia está llamada a ofrecer ese testimonio. Su anuncio pierde credibilidad cuando permanece separado de las heridas reales de las personas. Una comunidad cristiana hace visible el Evangelio cuando conoce los nombres, atiende necesidades concretas, abre sus puertas y defiende a quienes carecen de voz. La fe alcanza así su expresión más convincente en una comunidad capaz de estar cerca, servir y hacerse responsable de quienes más lo necesitan.

Al final, la pregunta es sencilla: ¿qué hacemos cuando descubrimos que alguien necesita de nosotros? No siempre tendremos una solución ni podremos reparar todas las heridas; pero podemos detenernos, escuchar, acompañar y hacer aquello que esté a nuestro alcance.

Un cristiano no puede eliminar el dolor, pero sí puede negarse a pasar de largo ante quien lo sufre. Reconocer al que queda al borde del camino, acercarse a él y tenderle la mano es una manera concreta de afirmar que su vida nos importa. La suerte de los demás nunca debería resultarnos completamente ajena.

Antonio Ramos

También te puede interesar

Lo último