Ellacuría y Romero: esa otra Iglesia que desmantelaron Wojtyla y Ratzinger

Ellacuría y Romero
Ellacuría y Romero | Infosj

La excarcelación por motivos de salud de Inocente Orlando Montano Morales, coronel del ejército salvadoreño y viceministro de Seguridad Pública y uno de los artífices del asesinato en 1989 de Ignacio Ellacuría, otros cinco jesuitas y dos mujeres (Elba y Celina) que trabajaban en la UCA de San Salvador, es un buen pretexto para recordar a esa otra iglesia que Wojtyla y Ratzinger combatieron con tanto denuedo y con tanto éxito. Hoy en día, una nueva generación de sacerdotes jóvenes formados bajo consignas integristas controla la mayoría de las parroquias y, en no pocas ocasiones, aprovecha las homilías para propagar los eslóganes de la ultraderecha, lo cual ha provocado que casi todas las personas progresistas se hayan alejado de la iglesia o incluso hayan perdido la fe.

Ignacio Ellacuría nació en 1930 en Portugalete, pero en 1975 se nacionalizó salvadoreño para mostrar su solidaridad con un pueblo que soportaba unos niveles intolerables de pobreza, opresión y desigualdad. Austero, serio y reflexivo, ingresó en la Compañía de Jesús con diecisiete años, estudió filosofía en Quito y teología en Innsbruck, donde asistió a las clases de Karl Rahner, que ejerció una poderosa influencia en su perspectiva intelectual y religiosa. Ordenado sacerdote en 1962, realizó estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid bajo la dirección de Xavier Zubiri, que acabaría considerándolo el continuador de su obra filosófica.

En 1967 Ellacuría regresó a El Salvador para dar clases en la Universidad Centroamericana Simeón Cañas (UCA), sin dejar de colaborar con Zubiri, al que visita a menudo durante sus viajes a España. La Conferencia de Medellín celebrada en 1968 marcó un hito en su trayectoria intelectual. Ellacuría suscribió todas las conclusiones de la Conferencia: el capitalismo es un pecado estructural; la opción preferencial por los pobres no es una bandera ideológica, sino la esencia del mensaje evangélico. Es necesario crear comunidades de base para transformar la iglesia desde abajo. La liberación de los oprimidos por medio de la educación y la movilización popular no es una tarea política, sino la forma más eminente de lucha para lograr la realización histórica del Reino de Dios .

Ellacuría
Ellacuría

En los años siguientes, Ellacuría conoció al padre Arrupe y enseguida se hicieron amigos. Ambos compartían la idea de que los pueblos crucificados son la auténtica imagen de Cristo y la certeza de que la redención del mundo no se producirá hasta que acabe su sufrimiento. Fuera de los pobres, no hay salvación. El Reino de Dios no es una abstracción. Empieza aquí y ahora, y consiste en que el pobre coma, viva, disfrute de dignidad y libertad. Frente al capitalismo que reduce la vida humana a mercancía y explota el planeta sin pensar en el mañana, Ellacuría propone la civilización de la pobreza, basada en la austeridad y la solidaridad. No hay que acumular, sino compartir. Nadie tiene derecho a lo superfluo mientras haya personas que carezcan de lo esencial.

En 1976, Ellacuría publica el artículo “A sus órdenes, mi capital”, donde invita a los campesinos y trabajadores a organizarse para reivindicar sus derechos laborales y sociales. Es inaceptable que una minoría disfrute de grandes bienes y propiedades mientras la mayoría de los salvadoreños malviven en hogares insalubres y cobran salarios miserables que no les permiten cubrir sus necesidades básicas. La oligarquía no tarda en reaccionar. Los escuadrones de la muerte de la junta cívico-militar incluyen a los jesuitas entre sus objetivos. En 1977 el padre Rutilio Grande muere ametrallado cuando se dirigía a celebrar misa. Grande había animado a los campesinos a crear sindicatos para defender sus derechos y, en un sermón, había declarado que si Jesús reapareciera en El Salvador sería acusado de subversivo, exponiéndose a ser crucificado de nuevo.

Romero viajó a Roma y se entrevistó con Wojtyla, pero solo consiguió toparse con un muro de incomprensión y frialdad. La desafección del papa polaco disipó las vacilaciones del régimen cívico-militar, que ordenó el asesinato del arzobispo

Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, se quedó conmocionado al conocer el asesinato de Rutilio y prohibió al gobierno acudir al funeral, pue sabía que era el responsable último del crimen. Romero, que hasta entonces había sido un cura conservador, cambió de punto de vista y se convirtió en el principal defensor de los derechos humanos en un país devastado por la guerra civil. La burguesía respondió con lemas anticlericales: “Sacerdotes de Belcebú, iros a Moscú”, “Haga patria, mate a un cura”. Alarmado por los crímenes de los escuadrones de la muerte y la Guardia Nacional, que trabajaban conjuntamente, Romero viajó a Roma y se entrevistó con Wojtyla, pero solo consiguió toparse con un muro de incomprensión y frialdad. La desafección del papa polaco disipó las vacilaciones del régimen cívico-militar, que ordenó el asesinato del arzobispo. La actitud de Wojtyla contrasta trágicamente con la de Pablo VI, que protegió activamente a Pedro Casaldáliga en la década de los 70, cuando la dictadura militar pretendió expulsarlo del país o matarlo. Para reforzar su autoridad, Montini nombró obispo a Casaldáliga y exclamó a modo de advertencia: “Quien toca a Pedro, toca a Pablo”. Sin la protección de Juan Pablo II, Romero se convirtió en una figura extremadamente vulnerable. Su asesinato ya solo era una cuestión de tiempo. El 24 de marzo de 1980, una bala de fragmentación destrozó su pecho mientras celebraba la eucaristía. En los barrios de la oligarquía se festejó su asesinato con música, bailes y champán.

Rutilo el Grande y San Romero
Rutilo el Grande y San Romero

El clima de represión obligó a Ellacuría a refugiarse en España, pero en 1989 volvió a El Salvador, sin ignorar que ya se habían elaborado planes para asesinarlo. Desgraciadamente, los peores presagios no tardaron en cumplirse. El 16 de noviembre el batallón Atlácatl asaltó la UCA de noche y asesinó a sangre fría a Ellacuría y a sus compañeros jesuitas Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López. Para no dejar testigos, los militares también cosieron a tiros a Elba Julia Ramos, cocinera, y a su hija Celina, de 16 años. En sus apuntes sobre la masacre, Jon Sobrino, que se libró por estar de viaje, escribió: “Elba y Celina representan a las víctimas totalmente indefensas, cuyo martirio silencioso nos deja sin palabras ante el misterio de la crueldad humana. Los jesuitas murieron por la justicia; Elba y Celina murieron porque estaban allí, en el lugar de los pobres. La sangre de nuestros hermanos y hermanas no clama venganza, sino justicia, verdad y una conversión profunda de nuestra sociedad”.

El 16 de noviembre el batallón Atlácatl asaltó la UCA de noche y asesinó a sangre fría a Ellacuría y a sus compañeros jesuitas Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López. Para no dejar testigos, los militares también cosieron a tiros a Elba Julia Ramos, cocinera, y a su hija Celina, de 16 años

Óscar Romero no fue canonizado hasta 2018. La beatificación de Rutilio Grande se demoró hasta 2022 y el proceso de beatificación y canonización de Ignacio Ellacuría no se inició hasta 2023. Todos estos procedimientos tuvieron lugar durante el pontificado de Francisco. En cambio, Escrivá de Balaguer subió a los altares en 2002 por voluntad de Juan Pablo II. El contraste es escandaloso y nada casual. Wojtyla utilizó la canonización de Balaguer para frenar las reformas de apertura del Concilio Vaticano II y fortalecer su apuesta por una iglesia autoritaria y refractaria a la modernidad. Además, como apuntó Hans Küng, el Opus Dei aportó una gran cantidad de dinero para sanear las finanzas del Vaticano y financiar la campaña de represión contra la Teología de la Liberación.

Óscar Romero no fue canonizado hasta 2018. La beatificación de Rutilio Grande se demoró hasta 2022 y el proceso de beatificación y canonización de Ignacio Ellacuría no se inició hasta 2023. Todos estos procedimientos tuvieron lugar durante el pontificado de Francisco. En cambio, Escrivá de Balaguer subió a los altares en 2002 por voluntad de Juan Pablo II. El contraste es escandaloso y nada casual

Ignacio Ellacuría se alineó con las mayorías empobrecidas y explotadas, pero sin respaldar la vía revolucionaria. Aunque aprovechó la herramientas hermenéuticas del marxismo para criticar el capitalismo, desechó sus alternativas políticas, pues opinaba que no ofrecían soluciones verdaderamente humanas. Al igual que Óscar Romero, Ellacuría abogaba por “una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todos los hombres y mujeres”. Entre 1960 y 1990, se calcula que entre 100 y 150 sacerdotes y religiosos católicos fueron asesinados por escuadrones de la muerte por defender los derechos de los campesinos y los obreros. Si incluimos a monjas, seminaristas y catequistas laicos comprometidos, el total aproximado asciende a varios miles de víctimas, pues se ejerció una persecución sistemática contra las comunidades eclesiales de base, los curas obreros o villeros y los teólogos de la liberación.

Los nombres de Ellacuría y Óscar Romero sigue incomodando a la derecha salvadoreña. Ellacuría apostó por “historizar” los conceptos. La solidaridad debe ser algo concreto, encarnado. El Reino de Dios no es una utopía meramente espiritual, sino un horizonte liberador que empuja hacia un porvenir sin injusticia, miseria ni desigualdad. Para que no haya “ni un muerto más”, como repetía Ellacuría, hay que desmontar las estructuras políticas y sociales que generan pobreza, desesperación y desesperanza. La mesa compartida es la imagen que mejor expresa el mensaje de Cristo. El Evangelio “reclama un modelo de sociedad en el cual todos los hombres, no solo unos pocos, puedan disfrutar de las condiciones mejores para ser más hombres, más felices, más humanos; para que todos los hombres vivan dignamente como hijos del mismo Padre y hermanos entre sí”.

Teología de la Liberación
Teología de la Liberación | RD

La solidaridad con los oprimidos abre la ventana de la trascendencia. El cristianismo “ve en los más necesitados, de una forma u otra, a los redentores de la historia, a los privilegiados del reino de Dios, en oposición a los privilegiados de este mundo”. La misión de la iglesia es que se cumpla la utopía formulada en el Evangelio de Mateo: “Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. ¿Qué queda de la Iglesia que propugnaron Óscar Romero e Ignacio Ellacuría? Muy poco, casi nada. Wojtyla y Ratzinger lograron arrancar de raíz el impulso renovador de las comunidades eclesiales de base y cedieron todo el poder a los movimientos laicos fundamentalistas.

A pesar del aperturismo de Francisco y León XIV, la mayoría de católicos han abrazado un misticismo barato y los postulados políticos más reaccionarios. Todos los que escandalizan porque el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo comentó en su homilía en Torrelavega, Cantabria, que la Asunción de la Virgen debe interpretarse como un símbolo o una alegoría y no como un hecho histórico, no mueven ni una ceja cuando naufraga una patera y se ahogan los hombres, mujeres y niños que intentan llegar a Europa para huir del hambre, la pobreza y la guerra

A pesar del aperturismo de Francisco y León XIV, la mayoría de católicos han abrazado un misticismo barato y los postulados políticos más reaccionarios. Todos los que escandalizan porque el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo comentó en su homilía en Torrelavega, Cantabria, que la Asunción de la Virgen debe interpretarse como un símbolo o una alegoría y no como un hecho histórico, no mueven ni una ceja cuando naufraga una patera y se ahogan los hombres, mujeres y niños que intentan llegar a Europa para huir del hambre, la pobreza y la guerra. Aunque se persignan meticulosamente, no escuchan el Evangelio cuando dice: “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. En cambio, sí se hacen eco de las vergonzosas palabras de Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, calificando de invasión la tragedia de Ceuta. 

Óscar Romero e Ignacio Ellacuría lucharon por una Iglesia pobre para los pobres, solidaria y comprometida. Wojtyla y Ratzinger prefirieron promover el boato, la solemnidad y la búsqueda de la salvación personal, sin comprender que la esencia del cristianismo es la fraternidad, como señala la Primera Epístola a los Corintios: “Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada..”. Aparentemente, Juan Pablo II y Benedicto XVI derrotaron a Ellacuría y Romero, pero la sangre derramada por amor al prójimo siempre es más fructífera que cualquier gesto de autoritarismo. Perder la esperanza no es cristiano. Por eso espero con ilusión que algún día la Iglesia vuelva a ser viento de libertad y no un recinto umbrío donde cada vez se respira con más dificultad.

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