Marta y María: Ser cristiano en el siglo XXI
"En el siglo XXI, el cristiano debe mantenerse activo, trabajar codo con codo con sus semejantes para construir un mundo mejor, como hizo Prevost en Chiclayo o ahora en su gira por África, exigiendo el fin de la guerra y del neocolonialismo"
Durante su gira por África, León XIV ha alzado la voz contra la guerra, el neocolonialismo y la violencia que ejercen las grandes potencias sobre las naciones más frágiles. Hasta ahora, el pontífice había mantenido un perfil bajo en temas políticos y sociales, pero su firmeza contra la Administración Trump, que ha manipulado obscenamente el mensaje cristiano para justificar sus agresiones bélicas y su pretensión de perpetrar un genocidio en Irán, ha roto ese exceso de prudencia que se podía interpretar como falta de compromiso. León XIV ha dejado muy claro que no es neutral en lo esencial: el derecho del ser humano a vivir en paz y con dignidad.
En África ha salido a la luz ese espíritu misionero que fructificó en Chiclayo, donde impulsó la creación de un centro de acogida con alimentos y atención médica para los inmigrantes venezolanos, logró instalar dos plantas de oxígeno para luchar contra el COVID-19 e impulsó varias iniciativas para ayudar a los afectados por las grandes lluvias de la región. Lejos de encerrarse en las dependencias episcopales, Prevost paseaba por calles y plazas y comía en restaurantes populares. Siempre accesible, visitó zonas remotas, cultivó la escucha activa y se nacionalizó peruano para acentuar su cercanía y demostrar que era un “chiclayano de corazón”. En definitiva, fue un pastor en salida, con olor a oveja y querencia por las periferias. Como obispo, combinó la acción social con la responsabilidad institucional. Cuando el papa Francisco disolvió Sodalicio de la Vida Cristiana por los graves abusos cometidos, ordenó la expulsión de varios líderes históricos, creó un fondo de indemnización para las víctimas y trasladó a las diócesis locales la administración de sus colegios y centros de formación. No fue tibio y diplomático, sino contundente y directo.
Sin embargo, León XIV ha comprendido desde los inicios de su pontificado que el modelo de la Iglesia Católica no puede ser exclusivamente la diligencia de Marta, preocupada por el día a día, sino que también debe inspirarse en la perspectiva de María, con la mirada puesta en el mañana. El Dios cristiano no contempla el mundo desde lejos. Se introduce en la historia y actúa como los profetas del Antiguo Testamento, alzando la voz contra los abusos de los ricos y poderosos y la hipocresía de los líderes religiosos, pero su mensaje va más allá. Frente a la injusticia de la muerte, anuncia un Reino que no soporta los estragos del tiempo y el espacio. El sufrimiento de los inocentes simboliza el triunfo del mal radical y alimenta la desesperación, un sentimiento devastador. La desesperación no es solo el malestar que produce la injusticia, sino el temor de que nada pueda reparar las heridas y agravios. Si no hay un mañana, si la historia camina a ciegas y el universo avanza inexorablemente hacia la muerte térmica, no hay ningún motivo para albergar la expectativa de que el bien se impondrá al mal o de que la belleza será algo más que un breve parpadeo.
Desde el punto de vista del materialismo científico, la esperanza parece un concepto absurdo y sin fundamento. Se estima que la Tierra saldrá de la zona de habitabilidad del Sol en aproximadamente 1.500 millones de años, quizás algo menos. Para entonces, el aumento constante de la luminosidad solar evaporará los océanos y la atmósfera, saturada de agua, alcanzará temperaturas extremas. Quizás sobrevivan algunos microorganismos, pero la vida compleja desparecerá totalmente. En cualquier caso, es improbable que la especie humana continúe existiendo en esas fechas. La edad media de una especie ronda el millón de años. Excepcionalmente, algunas puede vivir diez. “La vida comenzó sin el hombre y se extinguirá sin él”, aseguró el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. Si nos atenemos a los datos, esa predicción no es fruto del pesimismo, sino de una espeluznante clarividencia.
Marta y María no son figuras antagónicas, sino complementarias. En el siglo XXI, el cristiano debe mantenerse activo, trabajar codo con codo con sus semejantes para construir un mundo mejor, como hizo Prevost en Chiclayo o ahora en su gira por África, exigiendo el fin de la guerra y del neocolonialismo. Conviene recordar, como ha hecho el papa, que la descolonización no puso fin al saqueo de los recursos de las regiones colonizadas. Multinacionales occidentales y cada vez un número mayor de empresas chinas controlan la explotación del cobre, el cobalto, el coltán, el uranio, el oro, los diamantes y las tierras raras. Rusia utiliza la exportación de armas para conseguir concesiones mineras y, de ese modo, sortear las sanciones internacionales. Solo las elites locales se benefician de este saqueo sistemático. El resto de la población sobrevive a duras penas. En el África subsahariana, la esperanza de vida apenas alcanza los 56 años.
León XIV actualiza el espíritu de Marta al dar voz a los más pobres y desamparados de un continente con una larga historia de expolio y sometimiento. Al mismo tiempo, también mantiene viva la actitud contemplativa de María
León XIV actualiza el espíritu de Marta al dar voz a los más pobres y desamparados de un continente con una larga historia de expolio y sometimiento. Al mismo tiempo, también mantiene viva la actitud contemplativa de María al afirmar que “la muerte no es un final, sino un paso hacia la vida eterna en el amor de Dios”. El papa Francisco, con un estilo más coloquial, afirmaba que la eternidad es “la fiesta de la vida”, “una promesa que no defrauda”. ¿Cómo será esa “fiesta de la vida”? Según Hans Küng, no consistirá en la prolongación de nuestra naturaleza biológica, sino en la entrada en el misterio de Dios. Morir es “caer en las manos de Dios”, un acto de entrega definitivo. Podemos albergar una “esperanza razonable” de preservar nuestra identidad personal en una forma espiritualizada que no podemos imaginar. La eternidad representa la comunión total con Dios y la totalidad de lo real.
Si no hay resurrección, no hay justicia para la víctimas de la historia ni posibilidad de hallar un sentido a la vida. Resucitar es “caer en la luz”, acceder al fundamento último de lo real y gozar de un estado de paz y plenitud que no se puede expresar con conceptos. El infierno es la posibilidad de rechazar el amor de Dios, lo cual implica sucumbir al vacío y la soledad. Como apuntaron Hans Urs von Balthasar y Karl Barth, el infierno quizás está vacío, pues el amor de Dios posee una fuerza a la que no es posible sustraerse. El fin de los tiempos consistirá en la apocatástasis de la que habló Orígenes de Alejandría: todo volverá a ser uno con Dios y la creación se restaurará en su perfección original. Metz matizaba que algunas aberraciones, como Auschwitz, no podían ser redimidas, pero eso no significa que sus artífices ardan en el fuego eterno, sino que tal vez simplemente se sumerjan en el no ser. El destino del mal radical es la disolución total.
¿Puras especulaciones? ¿Simple consuelo para soportar nuestra finitud? ¿Mera evasión de una realidad insoportable? Pienso que no. La existencia de Dios no es un dato empírico. Puede deducirse racionalmente, pero nunca se podrán aportar pruebas empíricas irrefutables. Cualquier esfuerzo en esa dirección está condenado al fracaso, pues exigiría convertir a Dios en un ente, en un objeto del mundo. La fe no es el refugio de los necios, sino una apuesta que conlleva un salto existencial, un pasión que abraza lo aparentemente ilógico para superar la angustia y el nihilismo. La paradoja de la fe es que salva al ser humano del absurdo mediante una pirueta imposible. Esperar contra toda esperanza es la única forma de vencer a la desesperación. Esperar contra toda esperanza no significa desentenderse del aquí y ahora. Lo que hacemos aquí resuena en la eternidad. Hay que seguir trabajando como Marta, pero con la mirada de María, que comprendió que Jesús realmente es el camino, la verdad y la vida.